19 DE DICIEMBRE: EL DÍA EN QUE EL TIEMPO DEJA DE GOBERNARNOS
Existe una mentira colectiva que repetimos todos los años, generalmente entre el 25 de diciembre y el 2 de enero: la de que el cambio verdadero comienza cuando el calendario gira. Como si el paso de un solo dígito —de 2025 a 2026— cargara consigo algún poder mágico de redención, como si la medianoche del 31 fuera un portal ontológico capaz de borrar quién fuimos e inaugurar quién deseamos ser. Esta creencia no es ingenua. Es funcionalmente sofisticada, neurológicamente reforzada y culturalmente indispensable. Llamarla ilusión sería demasiado generoso. Se trata, en realidad, de una estrategia colectiva de fuga —un mecanismo de defensa refinado contra aquello que más nos aterroriza: la continuidad implacable de la existencia.
Porque el tiempo real, aquel que atraviesa nuestro cuerpo sin pedir permiso, no respeta cesuras gregorianas. No pausa para aplausos en la virada. No concede intervalos simbólicos entre capítulos. Simplemente continúa —indiferente a nuestras promesas, a nuestras listas de propósitos, a nuestros rituales colectivos de expiación. Y es precisamente esta continuidad —esta ausencia de bordes nítidos, de puntos finales, de reinicios— lo que nos sumerge en una angustia estructural. No sabemos habitar el flujo puro del tiempo. Necesitamos fragmentarlo, nombrarlo, dividirlo en unidades digeribles. Necesitamos creer que algo terminó para poder creer que algo puede comenzar.
El problema es que esta fragmentación tiene un costo oculto. Cuanto más delegamos la transformación al calendario, más atrofiarmos nuestra capacidad de generar cambio en la inmanencia del cotidiano. Cuanto más esperamos el “próximo año”, más nos convertimos en espectadores pasivos de nuestra propia existencia, tercerizando la autoría de la vida a fechas externas que nunca llegan de verdad. Porque cuando enero finalmente aparece, trayendo consigo la resaca de las promesas grandiosas, descubrimos que nada cambió estructuralmente. Los mismos patrones se repiten. Las mismas microdecisiones inconscientes nos conducen de vuelta a los rieles conocidos. Y entonces, exhaustos por la decepción previsible, hacemos lo que mejor sabemos: posponer nuevamente. “El próximo año será diferente”.
Este texto no es sobre optimismo de fin de año. Es sobre la tiranía del calendario —y sobre cómo recuperar la soberanía sobre el tiempo vivido antes de que llegue enero.
Anestesia cronológica: Cómo tercerizamos el cambio al calendario
La cesura del 31 de diciembre no es solo una costumbre social inofensiva. Es un dispositivo psíquico colectivo que opera como anestesia cronológica: una forma de interrumpir temporalmente la angustia de ser un proyecto inacabado, de cargar pendientes, de acumular decepciones. El cerebro humano, especialmente los circuitos involucrados en la regulación emocional y en la construcción de narrativas autobiográficas, no fue diseñado para tolerar indefinidamente la ausencia de marcas prospectivas. Cuando vivimos en un estado de continuidad pura —sin puntos de llegada visibles, sin momentos simbólicos de “virada”— el sistema nervioso lo interpreta como amenaza difusa. La amígdala se mantiene en alerta crónica. El eje hipotálamo-hipofisario-adrenal libera cortisol de forma persistente. El cuerpo no descansa porque la mente no encuentra bordes donde pueda pausar.
Ahí entra el ritual de la virada del año. Ofrece exactamente lo que el cerebro implora: un borde artificial, un punto de interrupción ficticio, una narrativa de cierre que permite descargar la tensión acumulada. “Este año terminó. El próximo será diferente”. Esta frase, repetida en millones de mentes simultáneamente, funciona como un reset psicológico colectivo. Y funciona —temporalmente. Durante algunos días, tal vez semanas, sentimos un alivio genuino. La esperanza regresa. La motivación resurge. Hacemos listas. Planeamos gimnasios. Prometemos conversaciones difíciles que fueron pospuestas. Creemos, sinceramente, que esta vez será diferente.
Sin embargo, lo que parece esperanza es, en realidad, una forma sofisticada de mala fe temporal. Estamos delegando al calendario la responsabilidad que es estructuralmente nuestra: habitar el presente con autoría, tomar microdecisiones conscientes en cada instante, romper patrones en el exacto momento en que se manifiestan. Al prometer que “en el año nuevo todo cambia”, estamos, paradójicamente, garantizando que nada cambie de hecho. Porque la neuroplasticidad —la capacidad real del cerebro de reorganizar sus conexiones sinápticas— no responde a fechas simbólicas. Responde a la repetición consistente de acciones incongruentes con los patrones antiguos. Y esas acciones necesitan suceder ahora, no en enero.
Existe aún otro aspecto perverso en esta dinámica: el núcleo accumbens, estructura cerebral involucrada en la anticipación de recompensa, libera dopamina no cuando alcanzamos una meta, sino cuando imaginamos alcanzarla. Esto significa que el simple acto de listar propósitos de año nuevo ya activa circuitos de recompensa. Sentimos placer solo por planear el cambio, sin necesitar ejecutarlo. El cerebro recibe su dosis de satisfacción anticipada y, con eso, pierde gran parte de la urgencia de actuar. Nos volvemos adictos a la promesa, no a la práctica. Preferimos la dopamina del “empezaré el lunes” (o del “empezaré en enero”) a la recompensa modesta, pero real, de ejecutar una microacción hoy.
Y así, año tras año, repetimos el mismo ciclo: hacemos promesas grandiosas en diciembre, sentimos el alivio temporal de la esperanza ritualizada, ejecutamos algunos intentos esporádicos en enero, los abandonamos discretamente en febrero, y pasamos los diez meses siguientes cargando la culpa silenciosa de otro año que “no funcionó”. Llegamos a diciembre nuevamente exhaustos, decepcionados, ansiosos —y recurrimos al mismo remedio: prometer que el próximo año será diferente. La cesura del 31 no nos libera. Nos aprisiona en un loop de procrastinación existencial.
El costo de la fragmentación: Cuando vivir en capítulos nos agota
Fragmentar el tiempo en unidades discretas —años, meses, semanas— no es, en sí mismo, un problema. Se vuelve patológico cuando comenzamos a vivir solo a través de estas divisiones artificiales, cuando perdemos la capacidad de habitar el continuo de la existencia sin necesitar nombrarlo, capitularlo, transformarlo en narrativa lineal con principio, medio y fin. Cuanto más dividimos la vida en capítulos estancos, más el cerebro gasta energía intentando coser una historia coherente entre estos fragmentos. Y esa costura nunca se sostiene completamente.
La neurociencia lo llama activación excesiva de la default mode network —la red neural activa cuando no estamos enfocados en tareas externas, responsable de construir narrativas autobiográficas, anticipar futuros posibles y revisar recuerdos pasados. Cuando estamos constantemente intentando “cerrar capítulos” y “abrir nuevos ciclos”, esta red trabaja en modo acelerado, consumiendo recursos cognitivos preciosos. El resultado es paradójico: cuanto más intentamos organizar la vida en bloques temporales bien definidos, más nos sentimos fragmentados, dispersos, agotados. Vivimos entre el arrepentimiento por lo que no se hizo en el “año que pasó” y la ansiedad por lo que necesita hacerse en el “año que viene” —sin jamás lograr estar plenamente aquí, en este instante que es el único que existe de hecho.
Este modo de existencia fragmentado genera lo que llamo la tiranía de la discontinuidad: la creencia ilusoria de que la vida avanza por rupturas, por viradas, por momentos decisivos claramente demarcados. Como si hubiera un “antes” y un “después” nítidos, separados por algún evento mágico (una fecha, una decisión, un logro). Esta creencia nos impide percibir que la transformación real sucede en la acumulación imperceptible de microdecisiones diarias, en la repetición silenciosa de pequeñas acciones incongruentes con patrones antiguos, en la práctica obstinada de presencia que no necesita platea ni fuegos artificiales para validar su existencia.
Cuando tercerizamos el cambio al calendario, cuando esperamos la virada del año para “empezar de nuevo”, estamos esencialmente diciendo: “No soy capaz de transformar mi vida ahora. Necesito que una fecha externa me conceda permiso para eso”. Esta delegación corroe lentamente lo que podríamos llamar musculatura existencial —la capacidad de generar movimiento desde sí mismo, de tomar decisiones conscientes sin depender de marcas externas, de habitar el presente con autoría incluso cuando nada alrededor cambia. Nos volvemos débiles. Dependientes. Esperamos que el calendario nos diga cuándo es hora de vivir.
Y lo más cruel: esta fragmentación nos roba la posibilidad de satisfacción genuina. Porque si la vida siempre está dividida entre “lo que ya pasó” y “lo que aún no llegó”, nunca experimentamos plenamente lo que está sucediendo ahora. Estamos perpetuamente desplazados en el tiempo —recordando o anticipando, arrepintiéndonos o preocupándonos, evaluando o planeando. El cuerpo participa en la cena de Navidad, en los encuentros con amigos, en los viajes de fin de año. Pero la mente está ocupada revisando pendientes o ensayando futuros. Vivimos presentes físicamente, ausentes ontológicamente. Y después nos preguntamos por qué, incluso con tantos “momentos especiales”, sentimos un vacío incomprensible.
Soberanía temporal: El ritual que comienza ahora, no en enero
Existe una alternativa radical a este ciclo de fragmentación y dependencia. No se trata de abolir completamente las marcas temporales —tienen su función reguladora y simbólica. Se trata de desplazar el poder de crear esas marcas: del calendario gregoriano al cuerpo vivido, de las fechas externas a las señales internas de saturación existencial. Se trata de reconquistar la soberanía temporal —la capacidad de decidir, en cualquier instante, que este momento puede ser el punto de virada, que hoy puede ser más transformador que cualquier primero de enero.
La verdadera virada no sucede a la medianoche del 31, rodeada de fuegos y champán. Sucede en el instante silencioso en que decides que el tiempo ya no te debe más coartadas. Que no hay “próximo año”. Que solo existe la continuidad radical de la existencia —y que puedes reautorarla ahora, sin pedir permiso al calendario.
Imagina que hoy, 19 de diciembre, percibes un patrón que ya no sirve más. Puede ser una conversación que pospones hace meses. Puede ser una tensión en el cuerpo que ignoras sistemáticamente. Puede ser una narrativa interna (“nunca soy lo suficientemente bueno”, “siempre termino solo”, “necesito probar mi valor”) que se repite automáticamente sin que cuestiones su validez. Este patrón no desaparecerá mágicamente en enero. Seguirá operando, invisible, conduciendo tus microdecisiones cotidianas, moldeando tus relaciones, limitando tus posibilidades. A menos que interrumpas su cadena sináptica ahora.
¿Qué pasaría si, en lugar de esperar el 31 para hacer una lista de propósitos grandiosos, crearas una marca endógena hoy? Un ritual privado, desencadenado no por fuegos artificiales, sino por la percepción clara de que algo necesita cambiar —y por la disposición de actuar inmediatamente sobre ello. No como promesa. Como práctica. No como evento anual. Como competencia existencial que puede activarse en cualquier momento.
Este desplazamiento transforma radicalmente la relación con el tiempo. Dejas de ser rehén del calendario y pasas a ser autor de tu propia temporalidad. Ya no necesitas esperar enero para recomenzar porque percibes que no hay “recomienzos” —solo hay continuidad, y puedes intervenir en ella en cualquier instante. El ritual de la virada deja de ser una muleta psicológica y se convierte, a lo sumo, en una celebración simbólica de algo que ya vienes practicando diariamente: la reautoría consciente de la existencia.
Esto no es optimismo ingenuo. Es lo opuesto: es el reconocimiento brutal de que nadie vendrá a salvarnos, que ninguna fecha mágica hará el trabajo por nosotros, que la transformación real es incómoda, repetitiva, frecuentemente invisible —y que necesita suceder en la inmanencia del cotidiano, sin platea, sin validación externa, sin post inspirador en Instagram. Es asumir la responsabilidad radical por el propio tiempo. Y esto aterroriza precisamente porque elimina todas las coartadas.
Sin embargo, en esta eliminación de coartadas reside algo profundamente liberador: el descubrimiento de que siempre tuviste el poder de cambiar, y de que este poder no depende de calendarios, rituales colectivos o permisos externos. Depende solo de tu disposición de actuar —ahora.
Protocolo de soberanía temporal:
Identifica la señal de saturación.
No la interpretes. No la justifiques. Siéntela en el cuerpo como evidencia irrefutable de que algo necesita cambiar. Puede ser tensión en los hombros. Puede ser insomnio recurrente. Puede ser irritabilidad desproporcionada. Puede ser fatiga inexplicable. El cuerpo sabe antes que la mente.
Mapea las microdecisiones que sostuvieron el patrón.
Sin autocompasión. Sin narrativas de víctima. Nombrarlas con precisión cruel: fueron elecciones, no destinos. Dijiste sí cuando debías decir no. Evitaste conversaciones necesarias. Priorizaste comodidad inmediata sobre transformación duradera. Repetiste automáticamente lo que no examinaste conscientemente.
Ejecuta la acción incongruente.
Ahora. Solo una. Lo suficientemente pequeña para ser inmediatamente viable. Lo suficientemente grande para romper la cadena sináptica del patrón. No prometas hacerla mañana. No planees para enero. Hazla ahora. Envía el mensaje. Cancela el compromiso que drena tu energía. Dedica diez minutos a aquello para lo que “nunca tienes tiempo”. Una sola acción incongruente ya inicia el recableado neurológico que los propósitos grandiosos nunca alcanzan.
Repite en la continuidad.
Y aquí reside la prueba definitiva de la soberanía temporal —la pregunta que Zaratustra hizo y que pocos tienen coraje de responder con honestidad: Si este día tuviera que retornar, idéntico, infinitamente —si fueras condenado a revivirlo para siempre, con todas tus elecciones, tus hesitaciones, tus posposiciones, tus silencios—, ¿lo aceptarías? No el día idealizado del primero de enero, cargado de promesas y esperanzas aún no probadas. No el día futuro donde finalmente serás quien deseas ser. Este día. Hoy. 19 de diciembre. Exactamente como lo viviste.
Si la respuesta es no —si hay vergüenza, arrepentimiento, o la sensación de que este fue otro día desperdiciado—, entonces aún estás viviendo bajo el yugo de valores muertos. Aún esperas que alguna fecha externa, algún ritual colectivo, alguna virada mágica te redima de aquello que no tuviste coraje de hacer ahora. Aún crees en milagros de calendario.
Porque el sacrilegio supremo ya no es más contra divinidades que ya no habitan el mundo. Es contra la tierra —contra este instante concreto, contra este cuerpo que señala, contra esta vida que pulsa ahora y que insistes en posponer para un “próximo año” que nunca llega verdaderamente. Veneramos las entrañas de lo insondable —los futuros imaginarios, las promesas abstractas, los recomienzos simbólicos, las trascendencias que nunca se concretan— y despreciamos el sentido de la tierra: la inmanencia radical del presente, el único lugar donde la realidad se construye de hecho.
Cuando Zaratustra proclama que “Dios ha muerto”, no está haciendo una afirmación teológica, sino diagnosticando un colapso existencial. En otras palabras, nosotros mismos matamos a Dios en todos los instantes en que dejamos de creer en nosotros, de hacer del tiempo nuestra mejor versión. De atribuir al azar, a lo trascendente, la justificación de nuestra inercia. Falibles e imperfectibles, sí, somos así, y eso no nos condena —nos libera. No por blasfemia, sino por necesidad existencial. Porque mientras creamos que hay algo fuera de nosotros —un calendario sagrado, un momento de virada místico, una cura trascendente— que nos salvará de la responsabilidad de habitar el ahora con autoría, permaneceremos prisioneros de estructuras simbólicas que ya perdieron toda legitimidad. Continuaremos obedeciendo rituales vacíos, esperando que enero traiga aquello que solo nuestras manos pueden construir hoy.
El vacío dejado por la muerte de los valores absolutos no es cómodo. Exige que reconozcamos algo aterrador: no hay milagro. No hay cura venida de fuera. No hay trascendencia que nos absuelva. Hay solo nosotros, aquí, construyendo la realidad en cada microdecisión que tomamos —o dejamos de tomar— en este exacto instante.
La vida que vives no es algo que te sucede. Es algo que construyes —elección por elección, palabra por palabra, acción por acción, silencio por silencio. Y esa construcción no sucede en momentos grandiosos de virada. Sucede en la acumulación imperceptible de instantes aparentemente banales donde decides estar presente o huir, actuar o posponer, habitar o tercerizar.
El único criterio de una vida verdaderamente vivida es este: ¿serías capaz de afirmar, al final del día, que vivirías este exacto día eternamente? No porque fue perfecto. No porque fue fácil. No porque trajo solo placer o éxito. Sino porque fue tuyo —habitado con presencia, elegido con conciencia, construido con autoría. Porque no delegaste tus decisiones al piloto automático. Porque no esperaste que algún dios calendario-dependiente te concediera permiso para vivir. Porque reconociste que la realidad no está dada; se construye ahora, en tus manos, en este instante que es el único que existe de hecho.
La soberanía temporal no se conquista haciendo listas de propósitos en la virada del año. Se conquista pecando contra la ilusión del futuro redentor y afirmando el sentido de la tierra —de este hoy, de este cuerpo, de esta elección que ya no puede posponerse más. Se conquista en el reconocimiento radical de que no hay salvación externa. Hay solo el coraje de construir, ahora, la vida que quisieras haber vivido.
Hoy es 19 de diciembre. Y la pregunta permanece, implacable, inescapable: ¿vivirías este día para siempre? Si la respuesta aún es no, entonces sabes exactamente lo que necesita ser hecho. No hay más dioses que lo harán por ti. No hay calendarios que absolverán tu inercia. Hay solo tú, aquí, ahora, construyendo —o destruyendo— la realidad que llamarás vida. No en enero. Ahora.
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