LA TERAPIA NO TE ABSUELVE
Hay algo profundamente perturbador ocurriendo en las salas de espera de los consultorios contemporáneos. No me refiero a la ansiedad habitual de quien busca ayuda —esa es legítima, y a menudo conmovedora. Hablo de otra cosa: la transformación silenciosa de la búsqueda de desarrollo en un escudo contra la propia vida.
Vivimos un momento curioso de la historia humana. Por primera vez, hablar sobre sufrimiento psíquico dejó de ser tabú. Las personas reconocen sus heridas, nombran sus fantasmas, declaran públicamente sus batallas internas. Eso debería celebrarse. Y se celebra. Pero hay un “pero” que debe decirse, aunque duela: estamos confundiendo autoconocimiento con autoabsolución —ese perdón prematuro que nos eximimos de dar a los demás pero concedemos fácilmente a nosotros mismos.
La cuestión no es si la terapia funciona —funciona, claro. La cuestión es qué estamos haciendo con ella. O mejor: qué no estamos haciendo. Porque existe una diferencia abismal entre alguien que busca comprender sus propias trampas conductuales y alguien que colecciona diagnósticos como escudos para justificar por qué lastima a otros sin culpa.
Observe las conversaciones a su alrededor. ¿Cuántas veces ha escuchado a alguien terminar una discusión con un “eso es tuyo, no mío”? ¿Cuántas personas usan el término “límite saludable” para describir el simple acto de ignorar peticiones legítimas de quienes las rodean? ¿Cuántos dicen estar “en proceso de sanación” mientras dejan un rastro de destrucción emocional por donde pasan?
Hemos creado un lenguaje sofisticado para hablar de nosotros mismos. Proyección. Narcisismo. Gatillo. Regulación emocional. Apego evitativo. Todas estas palabras circulan como moneda corriente en círculos de conversación que antes se limitaban al clima y a las últimas noticias. De repente, todo el mundo se volvió experto en dinámicas relacionales —pero curiosamente, solo cuando se trata de diagnosticar a los demás.
Aquí yace el problema central: la terapia, cuando mal comprendida, se convierte en un dispositivo de exención moral. “Soy así porque mi padre fue ausente.” “Hago esto porque sufrí bullying en la escuela.” “No puedo comprometerme porque tengo un patrón de apego desorganizado.” Todas estas afirmaciones pueden ser verdaderas. Pero ninguna es una carta blanca para continuar causando dolor.
Comprender las raíces del propio comportamiento no equivale a estar dispensado de cambiarlo. Nombrar un patrón destructivo no es lo mismo que trascenderlo. Y aquí está lo que nadie quiere escuchar: a veces, simplemente tomamos malas decisiones. No porque fuimos programados para ello. No porque nuestro trauma nos obliga. Sino porque, en el fondo, es más cómodo culpar al pasado que asumir responsabilidad por el presente.
Y aquí surge una tensión delicada que debemos enfrentar con honestidad brutal: cuando decimos “no toda incomodidad es trauma”, estamos peligrosamente cerca de repetir lo que generaciones enteras hicieron con dolores legítimos —silenciarlos, minimizarlos, enterrarlos bajo capas de “estás exagerando”. ¿Cuántas mujeres oyeron que su agotamiento era capricho? ¿Cuántas personas racializadas fueron instruidas a “no victimizarse”? ¿Cuántos cuerpos disidentes aprendieron que su dolor no merecía nombre?
La línea entre reconocer que no toda incomodidad es patológica e invalidar sufrimientos reales es tenue como una hoja afilada. Caminar sobre ella exige algo que nuestra cultura binaria detesta: matiz. La capacidad de sostener simultáneamente dos verdades aparentemente contradictorias: sí, vivimos en una época que banaliza el diagnóstico y transforma el sufrimiento en identidad; y sí, aún hay incontables dolores que permanecen invisibles, deslegitimados, silenciados.
El problema no es que las personas nombren sus traumas. El problema es cuando esa nominación se vuelve punto final en vez de punto de partida. Cuando se vuelve explicación que dispensa cambio. Cuando se vuelve identidad que prescinde de responsabilidad.
La verdadera transformación cognitiva y conductual —aquella que no se contenta con insights superficiales— exige algo que nuestra época detesta: esfuerzo continuado sin recompensa inmediata. No hay aplicación para esto. No hay técnica rápida. No hay gurú que pueda hacerlo por usted. Es trabajo lento, silencioso, a veces imperceptible. Es mirar a sus propias contradicciones sin romantizarlas. Es aceptar que usted no es solo víctima de su historia —usted también es autor de ella.
Pero eso no vende. No genera seguidores. No cabe en un post motivacional. Entonces, en lugar de eso, cultivamos una cultura de autoindulgencia disfrazada de autocuidado. Priorizamos nuestras necesidades mientras ignoramos que necesidad también es conectar, responder, estar presente para quienes nos rodean. Hablamos de “poner límites” cuando en realidad solo estamos huyendo de la incómoda tarea de negociar diferencias.
Existe un narcisismo velado en la obsesión contemporánea por el bienestar. Se manifiesta en la suposición de que nuestro proceso interno es siempre más importante que el impacto externo de nuestras acciones. Que nuestro viaje justifica los cuerpos que dejamos en el camino. Que estar “trabajando eso en terapia” nos absuelve de la necesidad de reparación inmediata.
Y aquí encontramos otra paradoja incómoda: la presión por la reparación inmediata puede, ella misma, transformarse en violencia. Puede volverse otra forma de exigencia narcisista —la exigencia de que el otro procese su dolor en nuestro tiempo, se transforme según nuestro cronograma, responda a nuestras necesidades de cierre cuando aún está sangrando por dentro.
¿Dónde queda el espacio para el tiempo del otro? ¿Para el hecho de que algunos cambios toman años, no semanas? ¿Para la posibilidad de que alguien esté genuinamente intentando, pero aún no puede? ¿Existe algún margen para el error, para el intento imperfecto, para el movimiento torpe en dirección al cambio?
¿O será que nuestra cultura del performance transformó hasta la reparación emocional en un ítem más de la lista de entregables? ¿Otra exigencia a cumplir bajo pena de cancelación? ¿Otra forma de ejercer poder sobre quien está vulnerable?
La cuestión es espinosa porque ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: existen personas que usan “estoy en proceso” como excusa infinita para nunca cambiar; y existen personas que genuinamente necesitan tiempo para reconstruir patrones de toda una vida. ¿Cómo distinguir? ¿Cómo no ser injusto ni para un lado ni para el otro?
No estoy defendiendo que las personas se sacrifiquen en nombre de los demás. Lejos de ello. Pero hay una diferencia abismal entre cuidar de sí y usar el autocuidado como coartada para el egoísmo. Entre establecer límites saludables y simplemente negarse a ser responsable por las consecuencias de los propios actos. Entre procesar traumas y usarlos como identidad permanente.
La pregunta que nadie hace es esta: si todos estamos tan comprometidos con nuestro desarrollo personal, ¿por qué las relaciones humanas parecen cada vez más frágiles? Si tantas personas están en terapia, ¿por qué la capacidad de convivencia con la diferencia está en baja histórica? ¿Por qué la tolerancia a la frustración mengua mientras los divanes se multiplican?
Tal vez porque estemos confundiendo proceso terapéutico con proyecto de autorrealización. La terapia nunca fue sobre usted convirtiéndose en la “mejor versión de sí mismo” —esa es retórica de mercado, no de transformación genuina. La terapia es sobre usted logrando vivir consigo y con los demás sin destruir todo en el proceso. Es sobre reducir el daño que usted causa, no sobre maximizar su comodidad.
Y aquí entramos en territorio aún más complejo: ¿cómo operacionalizar esto cuando el “otro” no es simplemente diferente, sino estructuralmente opresor? ¿Cómo aplicar esta ética relacional en contextos organizacionales donde la jerarquía no es solo diferencia de perspectiva, sino diferencia de poder? ¿Dónde el “otro” es el jefe que acosa, el sistema que explota, la estructura que enferma?
Pedirle a alguien que “viva con los demás sin destruir todo” suena razonable en una relación entre iguales. Suena perverso cuando el “otro” es quien detenta el poder de despedir, silenciar, castigar. Cuando la “convivencia” exigida es, en realidad, sumisión. Cuando “reducir el daño” significa aceptar ser dañado.
Aquí la terapia individual encuentra su límite estructural. Porque no hay cantidad de autocuidado que resuelva ambientes tóxicos. No hay técnica de regulación emocional que cure explotación sistémica. No hay insight personal que derribe jerarquías abusivas. Y confundir estas dimensiones —individualizar problemas estructurales— es quizás la trampa más peligrosa de la cultura terapéutica contemporánea.
Surge entonces la pregunta conveniente: ¿dónde invertir energía —en comprenderse o en transformar estructuras? Como si fueran caminos excluyentes. Como si existiera alguna versión coherente de cambio que prescindiera de cualquiera de los dos. Pero esta oposición es demasiado cómoda para ser cierta. Le permite dedicarse obsesivamente a descifrar sus patrones internos mientras permanece sorprendentemente pasivo ante sistemas que lo destruyen. O lanzarse a luchas colectivas mientras ignora olímpicamente cómo reproduce, en lo privado, exactamente lo que combate en lo público. No es coincidencia que ambas elecciones lo libren de la parte más difícil. Trabajar solo lo interno lo exime de confrontar poder real. Trabajar solo lo externo lo dispensa de enfrentar sus propias contradicciones. Y en ambos casos, puede sentirse virtuoso, en proceso, evolucionando —mientras la mitad del problema permanece cuidadosamente intacta.
La transformación real no ofrece esa comodidad. Exige que usted reconozca cómo sus dinámicas personales son atravesadas por estructuras más grandes que usted. Y cómo las estructuras opresivas se sustentan también a través de los patrones que usted, individualmente, perpetúa. Son registros diferentes de un mismo proyecto: volverse menos destructivo. Y usted no elige uno u otro. Enfrenta ambos o solo está performando cambio.
El problema surge cuando usamos el lenguaje terapéutico para despolitizar cuestiones estructurales. Cuando transformamos acoso moral en “dinámica tóxica que debo aprender a manejar”. Cuando renombramos explotación como “ambiente desafiante que me hace crecer”. Cuando interiorizamos opresión como “mi responsabilidad de establecer mejores límites”.
Pero comodidad es lo que vendemos. Técnicas de cinco pasos. Fines de semana transformadores. Promesas de liberación emocional que no exigen nada más que el pago. Y en medio de esto, olvidamos que el desarrollo humano auténtico duele. No porque el dolor sea necesario en sí, sino porque crecer implica renunciar a narrativas cómodas sobre quiénes somos. Implica aceptar que tal vez usted no sea solo la sobreviviente resiliente de su historia. Que tal vez también haya sido, en algún momento, la persona que causó la herida. Y que la intención no deshace el daño —solo la reparación lo hace.
Y también implica aceptar la verdad inversa, igualmente incómoda: que tal vez usted no sea solo la villana en la narrativa de alguien. Que a veces, establecer límites genuinos va a lastimar a personas que contaban con usted para sostener un arreglo disfuncional. Que salir de relaciones destructivas va a dejar a alguien herido. Que su crecimiento puede significar el fin de vínculos que solo funcionaban mientras usted permanecía pequeña.
La cultura terapéutica contemporánea creó una trampa sutil: nos enseñó a mirar tanto hacia adentro que olvidamos mirar alrededor. Nos enseñó a validar tanto nuestros sentimientos que dejamos de cuestionar nuestros comportamientos. Nos enseñó que toda incomodidad es señal de que algo está mal —cuando a veces la incomodidad es solo el precio de estar vivo y en relación.
Porque la relación verdadera incomoda. Exige ajustes. Pide que usted considere perspectivas que contradicen la suya. Demanda que usted a veces haga cosas que no tiene ganas de hacer, simplemente porque alguien que valora lo necesita. Y eso no es perder su autenticidad —es descubrir que autenticidad sin empatía es solo egoísmo bien articulado.
Necesitamos tener esta conversación difícil: no todo sufrimiento debe ser patologizado. No toda inadecuación es trauma. No toda diferencia de opinión es agresión. No toda petición de cambio es intento de control. A veces, las personas a nuestro alrededor simplemente están señalando que nuestro comportamiento tiene consecuencias —y eso no es ataque, es información.
Y al mismo tiempo: no toda petición de cambio es legítima. No toda crítica es constructiva. No toda exigencia de ajuste viene de quien está preocupado por nuestro bien. A veces, lo que llaman “feedback” es intento de control. Lo que nombran como “preocupación” es invasión. Lo que venden como “ayudarte a crecer” es mantenerlo pequeño.
Navegar estas aguas exige discernimiento que ningún manual entrega listo. Exige la capacidad de distinguir entre responsabilidad genuina y culpa manipulada. Entre transformación real y performance de cambio. Entre amor que desafía y abuso que destruye.
El desarrollo cognitivo conductual genuino no es sobre usted sentirse siempre bien consigo mismo. Es sobre usted desarrollar la capacidad de existir en la complejidad —la suya y la de los otros. Es sobre construir estructuras internas que permitan navegar terrenos emocionales difíciles sin necesidad de destruir puentes o quemar personas.
Y eso no se aprende en retiros de fin de semana. No se compra en cursos en línea. No se conquista con afirmaciones positivas. Se construye día a día, en la fricción de lo real, en la vergüenza de percibir que estaba equivocado, en la humildad de pedir disculpas, en la incomodidad de cambiar patrones arraigados.
Entonces sí, haga terapia. Busque ayuda. Nombre sus heridas. Comprenda sus dinámicas. Pero no se detenga ahí. No transforme autoconocimiento en autoindulgencia. No use comprensión como excusa. No confunda proceso interno con licencia para descuidar las consecuencias externas de sus elecciones.
Y también: no acepte que lo convenzan de que todo su dolor es fabricado. Que todo su sufrimiento es exageración. Que toda su necesidad de cambio en el ambiente es inadecuación suya. Hay diferencia entre responsabilidad y culpabilización. Entre autocrítica sana y autodestrucción disfrazada de crecimiento.
Porque al final, la pregunta que importa no es “¿por qué soy así?” —es “¿qué voy a hacer al respecto?”. Y esa segunda pregunta, ningún terapeuta puede responderla por usted. Exige algo que nuestra cultura del bienestar individual olvidó: responsabilidad. No como carga, sino como poder. El poder de elegir, en cada momento, si va a usar su historia como explicación o como excusa.
La verdadera salud mental no está en nunca lastimar a nadie —eso es imposible. Está en reconocer cuando lastimamos, entender por qué lastimamos, y hacer el trabajo arduo de cambiar. No para ser perfecto. Sino para ser un poco menos destructivo. Un poco más capaz de convivencia. Un poco más humano.
Y también está en reconocer cuando fuimos lastimados injustamente. En nombrar abuso sin transformarlo en identidad. En salir de lugares que nos enferman sin necesidad de esperar hasta volvernos mártires. En elegir relaciones que nos desafían sin destruirnos.
Y eso, sí, vale cada minuto del proceso. Cada contradicción no resuelta. Cada pregunta sin respuesta fácil. Cada verdad que lo incomoda tanto como a mí me incomoda escribirla.
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A TERAPIA NÃO TE ABSOLVE
THERAPY DOES NOT ABSOLVE YOU
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