CUANDO TU ALMA RENUNCIA ANTES QUE TÚ
Hoy escribo este texto para quien ya ha sentido que deja pedazos de sí en la puerta de la oficina. Es denso. Es necesario. Por eso mismo comienzo provocando una reflexión en la que quiero que me acompañes. Mira si tiene sentido para ti:
¿No es cierto que existen dos experiencias con el poder de atravesarnos con la misma intensidad abrumadora: mirar al cielo nocturno y sentir la inmensidad del cosmos, y mirar dentro de nosotros mismos y reconocer allí una brújula moral que no depende de aprobación externa para existir? La primera nos hace sentir infinitamente pequeños, perdidos en un punto microscópico de un universo que no cabe en nuestra comprensión. La segunda nos hace sentir infinitamente grandes, portadores de una capacidad de elección y discernimiento que trasciende cualquier sistema, cualquier jerarquía, cualquier estructura.
Lo que pocos perciben es que vivimos cotidianamente esa misma tensión. No solo cuando contemplamos estrellas o enfrentamos dilemas éticos grandiosos, sino todos los días, dentro de oficinas, en salas de reunión, en conversaciones rápidas de pasillo, en decisiones aparentemente banales que tomamos o que nos son impuestas. Cada entorno organizacional es, en esencia, un campo de fuerzas entre estas dos infinitudes: la vastedad de los sistemas, estructuras y jerarquías que nos hacen sentir insignificantes — y la vastedad de la conciencia individual, que nunca deja de susurrar que hay algo más grande en juego que los objetivos trimestrales.
La tragedia contemporánea de las organizaciones no está en sus hojas de cálculo mal calibradas o en sus procesos burocráticos. Está en algo mucho más profundo y doloroso: en el olvido sistemático de que cada colaborador es, simultáneamente, un punto insignificante en el engranaje corporativo *y* un universo moral completo, dotado de valores, propósitos y una capacidad innata de discernir entre lo que expande y lo que comprime la vida. Cuando los liderazgos olvidan esto — o peor, cuando nunca lo supieron —, no solo están gestionando mal los recursos humanos. Están aniquilando constelaciones enteras de potencial humano.
LA GEOMETRÍA INVERTIDA DEL PODER
Hay una inversión peligrosa que ocurre en muchas estructuras organizativas: se confunde posición jerárquica con amplitud de conciencia. Se asume, casi automáticamente, que quien ocupa cargos de liderazgo lleva también una capacidad ampliada para comprender la complejidad humana, para sostener decisiones que afectan no solo resultados, sino existencias. La realidad, sin embargo, nos muestra algo bien diferente. No toda persona que lidera conquistó esa posición por madurez emocional, sabiduría relacional o profundidad ética. Muchas llegaron allí por competencia técnica, por capacidad de entrega de resultados, por habilidad política — cualidades importantes, sin duda, pero que no garantizan absolutamente nada cuando se trata de cultivar ambientes donde los seres humanos puedan florecer.
El gestor que conduce reuniones interminables no porque haya una complejidad real que navegar, sino porque necesita sentirse en control de algo que internamente se le escapa, está ejerciendo no liderazgo, sino una forma sutil de violencia temporal. Cada minuto innecesario allí no es solo tiempo perdido — es energía vital siendo drenada, creatividad siendo sofocada, la sensación creciente de que ese espacio no honra la inteligencia de quienes están presentes. Y cuando esto se repite, semana tras semana, mes tras mes, algo se rompe. No de forma explosiva, sino por erosión. La motivación genuína da lugar al cumplimiento protocolar. El brillo en los ojos da lugar al agotamiento resignado.
Piensa en aquel colaborador que entró vibrante, lleno de ideas, listo para contribuir con algo más grande que él mismo. Poco a poco, percibió que sus contribuciones eran sistemáticamente ignoradas, que sus preguntas eran vistas como desafíos inconvenientes, que su energía era tolerada solo cuando perfectamente alineada con una visión que él no ayudó a construir. ¿Qué le sucede a este colaborador? No desaparece físicamente, claro. Sigue allí, cumpliendo plazos, entregando demandas. Pero algo esencial en él se apaga. Aquella chispa que lo conectaba a un propósito mayor, aquella sensación de que su trabajo importaba más allá de las métricas, aquella vitalidad que lo hacía despertar con ganas de construir algo relevante — todo eso se disuelve lentamente, reemplazado por una especie de anestesia funcional.
“No el todo / sino el corte / la agudeza / del cristal” — Orides Fontela
El liderazgo, cuando se ejerce con conciencia, es un corte preciso. No opera en la superficie de las apariencias, sino en la agudeza de percibir que cada decisión, cada palabra, cada postura comunica un mensaje sobre el valor que tienen esas vidas dentro de aquella estructura. Y cuando ese corte se hace sin conciencia, sin presencia, sin respeto por la complejidad humana que está frente a nosotros, el resultado es predecible: fragmentación, desconexión, vaciamiento.
EL DESGASTE INVISIBLE
Existe una forma de agotamiento que no aparece en certificados médicos, que no se resuelve con vacaciones o con programas de bienestar corporativo mal calibrados. Es la fatiga existencial — aquella que ocurre cuando pasamos horas, días, años de nuestra vida en ambientes que drenan no nuestra energía física, sino nuestro sentido de propósito. Cuando despertamos y percibimos que vamos a dedicar las próximas ocho, diez, doce horas de nuestro día a algo que no resuena con lo que consideramos valioso, que no dialoga con nuestra brújula moral interna, que no nos hace sentir que estamos contribuyendo a algo que trasciende nuestra propia supervivencia material.
No es pereza. No es falta de compromiso. Es el cuerpo y la mente señalando que hay una disonancia profunda entre quienes somos y lo que somos forzados a representar diariamente. Es el alma pidiendo paso, diciendo que hay vida más allá de las entregas, que hay dignidad más allá de la productividad, que hay sentido más allá de los resultados financieros. Pero en muchas organizaciones, esta voz es sistemáticamente silenciada. No por maldad intencional, sino por una especie de ceguera colectiva — la incapacidad de ver que estamos lidiando no con recursos, sino con personas que cargan universos enteros dentro de sí.
Observa a aquel equipo que comenzó el año con entusiasmo, planeando proyectos audaces, dispuestos a ir más allá de lo esperado. Tres meses después, algo cambió. La energía ya no es la misma. Las reuniones se han convertido en espacios de silencio estratégico, donde nadie se arriesga a proponer nada fuera del guion establecido. Las conversaciones de pasillo, que antes estaban repletas de ideas y posibilidades, ahora giran en torno a quejas contenidas, a la cuenta regresiva para el fin de semana, a planes de salida que aún no se han verbalizado, pero que ya habitan en los pensamientos de casi todos.
¿Qué pasó? Nada espectacular. Ningún evento traumático aislado. Solo la repetición sistemática de pequeñas compresiones: la idea brillante que fue descartada sin consideración real, la contribución que fue apropiada por quien tiene más voz, la sensación creciente de que no importa cuánto te dediques, la estructura ya decidió quién importa y quién es apenas una pieza de repuesto. Estas microviolencias cotidianas se acumulan, formando una capa espesa de desilusión que ningún happy hour temático o programa de incentivo superficial logra disolver.
“Ríndete, como yo me rendí. Sumérgete en lo que no conoces como yo me sumergí. No te preocupes por entender, vivir sobrepasa cualquier entendimiento.” — Clarice Lispector
Vivir dentro de las organizaciones debería ser también un sumergirse — no en lo desconocido caótico, sino en la posibilidad de encontrar allí un espacio donde podamos ser íntegros, donde nuestra complejidad sea vista como riqueza y no como un problema a administrar. Pero esto exige liderazgos que también se rindan, que se sumerjan en la comprensión de que gestionar personas no es aplicar fórmulas preparadas, sino navegar la singularidad de cada trayectoria, de cada historia, de cada mundo moral que se presenta ante nosotros.
ENTRE EL CIELO ESTRELLADO Y LA OFICINA GRIS
Si has llegado hasta aquí, es muy posible que ya hayas entendido que cada uno de nosotros carga dentro de sí una especie de código ético fundamental, una percepción intuitiva sobre lo que es correcto y lo que es violación, sobre lo que expande la vida y lo que la comprime. No necesitamos manuales de filosofía para saber cuándo estamos siendo tratados con dignidad o cuándo estamos siendo reducidos a meros instrumentos para alcanzar objetivos ajenos. Este saber es anterior a cualquier teoría, anterior a cualquier entrenamiento corporativo. Es parte constitutiva de lo que significa ser humano.
El problema es que, en muchos entornos organizacionales, esta dimensión moral es tratada como irrelevante. Lo que importa es si entregas, si produces, si te adaptas a lo que ya está establecido. Si en el proceso necesitas silenciar tus convicciones, si necesitas representar una versión editada de ti mismo, si necesitas reprimir cuestionamientos legítimos sobre prácticas que te parecen éticamente dudosas — bueno, eso se ve simplemente como “madurez profesional”, como “capacidad de adaptación al entorno corporativo”.
Pero hay un costo. Siempre hay un costo. Cuando pasamos horas significativas de nuestras vidas en contextos que exigen que dejemos nuestra integridad moral fuera, algo en nosotros comienza a resquebrajarse. No de forma dramática, sino de forma insidiosa. Miramos al espejo y ya no reconocemos completamente quién está ahí. Conversamos con personas que amamos y percibimos que estamos repitiendo discursos que no son nuestros, defendiendo prácticas que, en el fondo, nos incomodan. La disonancia cognitiva entre lo que valoramos y lo que estamos obligados a representar cotidianamente no es solo incómoda — es enfermante.
Y no se trata de ingenuidad, de creer que toda organización debe ser un espacio de realización espiritual plena. Se trata de algo mucho más básico: del reconocimiento de que las personas no son máquinas, que tenemos límites no solo físicos, sino existenciales, que quizás hasta podamos realizar tareas que no nos inspiran, pero no indefinidamente, no sin un costo que eventualmente se manifiesta en ansiedad, depresión, enfermedades psicosomáticas, relaciones erosionadas, vidas vividas en piloto automático.
Piensa en aquel momento — quizás ya lo has vivido — en que estás en una presentación corporativa, escuchando a alguien hablar sobre “valores organizacionales” mientras sabes, por experiencia directa, que esas palabras bonitas no se traducen en prácticas reales. Integridad, respeto, colaboración — todo ahí, impreso en diapositivas coloridas, mientras que en el día a día eres testigo de comportamientos que contradicen cada una de esas palabras. ¿Qué haces con esta percepción? Muchos eligen el camino del cinismo protector: “Así son las cosas, no sirve esperar algo diferente, es solo un trabajo”. Pero el cinismo, aunque proteja temporalmente, también entumece. Nos desconecta no solo de la organización, sino de una parte de nosotros mismos que aún cree que es posible hacerlo diferente.
EL LIDERAZGO COMO RESPONSABILIDAD CÓSMICA
Cuando alguien asume una posición de liderazgo, asume también — aunque no lo perciba — una responsabilidad que va mucho más allá de garantizar que se cumplan las metas o que los procesos funcionen. Asume la responsabilidad sobre trayectorias humanas, sobre salud mental, sobre la calidad de vida de personas que pasarán más tiempo bajo su influencia que con sus propias familias. Esto no es una exageración. Es simplemente la matemática de la vida contemporánea: dedicamos más horas de vigilia al trabajo que a cualquier otra actividad. Si ese tiempo es vivido bajo liderazgos que comprimen, que sofocan, que drenan, el impacto de esto no se limita al entorno corporativo. Se desborda hacia las relaciones, la salud, la capacidad de encontrar alegría en las cosas simples.
Liderar conscientemente significa, ante todo, reconocer que cada persona frente a ti es portadora de esa misma doble infinitud: la insignificancia de ser apenas un punto en una estructura gigantesca y la grandeza de llevar dentro un universo moral completo, con valores, sueños, miedos, esperanzas. Significa entender que tus decisiones no afectan solo hojas de cálculo, sino existencias. Que cuando desestimas la contribución de alguien sin siquiera explicar por qué, no solo estás siendo eficiente — estás comunicando que esa persona no importa lo suficiente para merecer tu atención. Y ese mensaje, repetido a lo largo del tiempo, se internaliza, se transforma en creencia, en autoimagen rebajada, en potencial no realizado.
La diferencia entre ambientes donde las personas florecen y ambientes donde las personas apenas sobreviven no está, primordialmente, en beneficios materiales o en oficinas bien decoradas. Está en la presencia o ausencia de algo más sutil y más determinante: la percepción de que allí, en ese espacio, tu humanidad es reconocida. Que puedes equivocarte sin ser descartado. Que puedes cuestionar sin ser visto como un problema. Que puedes contribuir sin tener que representar una versión editada y aceptable de ti mismo. Que hay espacio para tu singularidad, para tu complejidad, para aquello que llevas de único y que ninguna otra persona puede ofrecer de la misma manera.
“El correr de la vida lo enreda todo. La vida es así: calienta y enfría, aprieta y de ahí afloja, sosiega y después desinquieta. Lo que ella quiere de nosotros es coraje.” — Guimarães Rosa
Coraje. De eso se trata, al final. Coraje para liderar de forma diferente, para no repetir los mismos patrones nocivos que tú mismo pudiste haber sufrido cuando estabas en posiciones subordinadas. Coraje para reconocer que no lo sabes todo, que necesitas de la inteligencia colectiva del equipo, que el liderazgo no es control, sino cultivo. Coraje para crear espacios donde las personas puedan ser íntegras, donde la vulnerabilidad no sea debilidad, donde el cuestionamiento no sea una amenaza. Coraje para admitir cuando tus decisiones afectaron negativamente a alguien, para corregir el rumbo, para pedir disculpas cuando sea necesario.
Pero el coraje también se exige a los liderados. Coraje para no aceptar pasivamente contextos que violan tu dignidad. Coraje para nombrar lo que está mal, aunque genere incomodidad. Coraje para buscar espacios donde tu contribución sea valorada, donde tu presencia marque la diferencia, donde no necesites dejar pedazos de ti fuera para poder funcionar. Porque aceptar indefinidamente ser tratado como una pieza reemplazable no es madurez — es autodestrucción en cámara lenta.
Para finalizar,
Volvamos, entonces, al punto de partida: el cielo estrellado sobre nosotros y la ley moral dentro de nosotros. Esta tensión entre vastedad externa y vastedad interna no es solo una reflexión filosófica abstracta. Es la síntesis perfecta de lo que vivimos todos los días en nuestras relaciones laborales. Somos, al mismo tiempo, infinitamente pequeños — un número de identificación en un sistema, un número en una nómina, alguien que puede ser reemplazado si no entrega lo esperado — e infinitamente grandes — portadores de una capacidad de elección moral, de discernimiento ético, de percepción sobre lo que dignifica y lo que degrada la vida.
La pregunta que queda no es si reconoces esta tensión. Todos, en algún nivel, la reconocemos. La pregunta es: ¿qué haces con este reconocimiento? Si lideras, ¿estás expandiendo o comprimiendo el universo moral de las personas que trabajan contigo? ¿Tus decisiones crean espacios de respiración o de asfixia? ¿Ves allí, frente a ti, seres humanos completos o apenas recursos a optimizar? Si eres liderado, ¿estás permitiendo que tu vastedad interna sea sistemáticamente ignorada o estás buscando contextos donde pueda manifestarse?
Porque al final, lo que define la calidad de una organización no son sus procesos, sus tecnologías o sus resultados financieros. Es algo mucho más simple y mucho más profundo: la forma en que trata la dimensión moral de las personas que la componen. Si reconoce que allí, en esos pasillos, en esas salas, en esas pantallas de computador, hay universos enteros pulsando, esperando ser vistos, escuchados, respetados. O si sigue operando como si las personas fueran apenas engranajes intercambiables, condenados a girar hasta desgastarse y ser reemplazados por otros igualmente desechables.
La elección siempre ha sido nuestra. En cada decisión, en cada interacción, en cada momento en que podemos elegir entre expandir o comprimir la vida que pulsa a nuestro alrededor. Entre honrar la doble infinitud que habita en cada persona o fingir que no existe. Entre construir espacios dignos de seres humanos complejos o perpetuar estructuras que nos reducen a sombras funcionales de nosotros mismos.
El cielo estrellado continuará sobre nosotros, indiferente a nuestras elecciones. Pero la ley moral dentro de nosotros no nos dejará en paz hasta que no hagamos algo con esta conciencia que nos atraviesa. Y tal vez ese sea, al fin y al cabo, el único llamado que importa: vivir a la altura de la vastedad que cargamos, no solo en discursos, sino en prácticas cotidianas que honren la complejidad, la singularidad y la dignidad innegociable de cada existencia humana.
#desarrollohumano #liderazgoconsciente #gestióndepersonas #culturaorganizacional #propósito #concienciaorganizacional #relacioneshumanas #transformaciónorganizacional #liderazgohumanizado #éticaempresarial #marcellodesouza #marcellodesouzaoficial #coachingevoce
________________________________________
¿Quieres profundizar más en esta reflexión?
Visita mi blog y descubre cientos de artículos sobre desarrollo cognitivo conductual humano y organizacional, relaciones humanas sanas y evolutivas, y caminos para construir ambientes donde las personas puedan florecer sin dejar pedazos de sí en el camino.
👉 www.marcellodesouza.com.br
WHEN YOUR SOUL QUITS BEFORE YOU DO
Você pode gostar
CUANDO LAS METAS IMPOSIBLES PONEN A LA LIDERAZGO A PRUEBA
9 de maio de 2025
LA COMUNICACIÓN NO VIOLENTA – EL ARTE DE CONVIVIR
17 de janeiro de 2024