MIS REFLEXIONES Y ARTÍCULOS EN ESPAÑOL

EL RÍO CAMBIA. TÚ CAMBIAS. ¿POR QUÉ TU VIDA ACTÚA COMO SI NADA CAMBIARA?

Existe una paradoja silenciosa operando en el centro de tu existencia: tú crees vivir el mismo día repetidamente, cuando en realidad nunca has pisado dos veces el mismo momento. La ilusión de continuidad seduce tu percepción, haciéndote suponer que mañana será apenas una versión levemente modificada de hoy. Sin embargo, con cada respiración, atraviesas un territorio absolutamente virgen de la experiencia humana — e ignoras esa revolución silenciosa sucediendo en tus células, tus pensamientos, tus relaciones.
El agua que fluye entre tus dedos en este segundo exacto no es la misma que fluyó hace un instante. Tus células se renuevan, tus sinapsis se reconfiguran, los acuerdos invisibles que sustentan tus relaciones se renegocian con cada intercambio de miradas. Tú no eres quien eras cuando comenzaste a leer este párrafo. Y aún así, insistes en comportarte como si habitaras una identidad fija, navegando un mundo estable, sosteniendo vínculos inmutables. Esta contradicción entre lo que eres y lo que imaginas ser define gran parte de tu sufrimiento.
La mente humana ha desarrollado una capacidad asombrosa para crear narrativas de permanencia sobre una realidad fundamentalmente fluida. Nombras las cosas, las personas, las situaciones — y luego olvidas que el nombre no es la cosa nombrada. Llamas a alguien pareja, colega, amigo, y presumes que esa palabra captura algo sólido, cuando ella apenas marca un instante de configuración relacional que ya se está transformando mientras pronuncias la designación. El territorio cambia constantemente; el mapa mental envejece en el cajón de la consciencia.
Observa tu carrera profesional bajo esta lente. La organización que te contrató ya no existe — sus procesos evolucionaron, sus liderazgos se alternaron, sus objetivos estratégicos se recalibraron. Firmaste un contrato con una entidad que desapareció semanas después, sustituida por otra configuración corporativa que mantiene el mismo nombre en la puerta. Y tú también te transformaste: tus competencias se expandieron o atrofiaron, tus valores se refinaron o corrompieron, tus ambiciones maduraron o marchitaron. Dos entidades completamente distintas fingen mantener un acuerdo establecido en el pasado por versiones de ustedes que ya no habitan el presente.
La resistencia al flujo nace de esta nostalgia ontológica — quieres ser reconocido como la misma persona, quieres que tus relaciones permanezcan inalteradas, anhelas estabilidad en un universo que solo conoce movimiento. Pero esta búsqueda no solamente fracasa; te aleja de la única experiencia disponible: este momento irrepetible que sacrificas intentando reconstituir lo que ya se disolvió o anticipar lo que aún no existe.
Piensa en los términos afectivos que marcaron tu trayectoria. No perdiste a la persona que amabas — perdiste la versión de ella que existía en el momento de la ruptura, que ya era diferente de la del inicio de la relación, que nunca más será accesible porque aquel instante se evaporó. El duelo no es por la persona, sino por la imposibilidad de revisitar aquella configuración específica de afecto, contexto y presencia. Lloras no por quien se fue, sino por tu propia incapacidad de aceptar que jamás podrías retener algo que nunca estuvo fijo.
La misma dinámica impregna tus frustraciones corporativas. El ascenso que no recibiste, el reconocimiento que no llegó, el proyecto que fracasó — todo eso pertenece a una versión de la organización, del mercado, de ti mismo que ya se disolvió completamente. Cargas resentimientos sobre fantasmas, nutres expectativas basadas en realidades extintas, planeas futuros usando mapas de territorios que desaparecieron. Tu energía vital se escurre por este agujero temporal donde insistes en habitar todos los tiempos, excepto el presente.
La liberación de esta prisión autoimpuesta no exige un esfuerzo extraordinario — requiere apenas la honestidad radical de reconocer lo que ya está sucediendo. No necesitas aprender a aceptar el cambio; necesitas dejar de fingir que no está ocurriendo. La transformación no es un evento futuro para el cual prepararse, sino el tejido básico de la realidad que experimentas cada microsegundo. Resistir a esto es tan fútil como intentar impedir que tus células se renueven o que tu corazón lata.
Cuando esta comprensión penetra no solo tu intelecto, sino tu forma de habitar el mundo, algo fundamental se reorganiza. Dejas de exigir que las personas permanezcan iguales para justificar tu permanencia a su lado. Dejas de esperar que la organización honre promesas hechas por estructuras de poder que ya no existen. Abandonas la ficción de que necesitas ser consistente con decisiones tomadas por una versión tuya que operaba con informaciones, valores y circunstancias completamente diferentes.
Esta postura no implica pasividad o ausencia de compromiso. Por el contrario: libera una responsabilidad mucho más profunda — la de responder auténticamente a cada momento conforme se presenta, no conforme te gustaría que se presentara. Puedes hacer acuerdos, planear, comprometerte — pero sin la ilusión de que esos acuerdos congelan la realidad. Son gestos poéticos de intención en un campo de posibilidades que se reconfigura continuamente.
Profesionalmente, esto se traduce en una agilidad existencial que trasciende metodologías y marcos de trabajo. Dejas de defender posiciones porque en el pasado tuvieron sentido. Abandonas proyectos que absorbieron años de tu vida cuando el contexto que los justificaba se evaporó. Reformulas tu autoimagen profesional no como una traición a tu historial, sino como fidelidad al movimiento que siempre ha estado operando bajo la superficie de tus certificaciones y títulos.
En los vínculos afectivos, esta lucidez disuelve la mayoría de los conflictos que surgen de la expectativa frustrada de permanencia. Dejas de exigir que el otro sea quien era cuando se conocieron. Dejas de culparte por no sentir hoy lo que sentías hace tres años. Comprendes que el amor no es un sentimiento estático para preservar, sino una danza que se reinventa con cada encuentro — o que termina cuando los bailarines pierden el ritmo común, sin que eso invalide la belleza de lo vivido mientras duró.
La mayor revolución personal ocurre cuando finalmente entiendes que no hay una identidad esencial que proteger o desarrollar. Eres un proceso, no una cosa. Un verbo, no un sustantivo. Una actividad continua de configuración y reconfiguración que solo se interrumpe con el último suspiro. Intentar fijarte en una definición es como intentar sostener agua con las manos abiertas — el esfuerzo no solo fracasa, sino que te impide experimentar plenamente la sensación de fluir entre tus dedos.
Mira las crisis que atraviesas — personales, profesionales, relacionales. No son anomalías que interrumpen tu vida normal; son la vida revelándose tal como es. El error no está en las crisis, sino en tu expectativa de que la existencia debería ser otra cosa además de este reacomodo perpetuo de formas, funciones y significados. Sufres no por los cambios, sino por tu negativa a reconocer que el cambio es todo lo que existe.
Esta comprensión no ofrece consuelo barato ni soluciones mágicas. Simplemente te devuelve a la realidad tal como opera — implacablemente presente, irrevocablemente nueva, absolutamente generosa en su oferta infinita de recomienzos. Cada instante es una página en blanco donde puedes escribir una respuesta diferente, no porque elijas deliberadamente transformarte, sino porque la transformación es lo que eres cuando dejas de resistirte a lo que siempre ha estado sucediendo.
El agua del río sigue su curso, indiferente a tus conceptos sobre permanencia. Puedes pasar el resto de tu vida intentando capturarla en una fotografía mental, o puedes sumergirte en ella con la totalidad de tu ser presente — sabiendo que esta inmersión, este momento, esta configuración específica de ti encontrando la corriente jamás se repetirá. La elección no es entre cambiar o permanecer; es entre negar conscientemente o habitar plenamente el movimiento que te constituye.
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