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DESAPRENDER — EL PRECIO DE SABER DEMASIADO

Reskilling no se trata de cursos — se trata de quién estás dispuesto a dejar de ser. Descubre por qué la crisis de aprendizaje comienza dentro de ti. – Por Marcello de Souza
Piensa en alguien que conoces —un colega, un gestor, tal vez tú mismo— que domina con maestría todo lo que tuvo sentido en los últimos diez años. Conoce los procesos de memoria, sabe exactamente cómo funcionan las cosas, tiene respuestas listas para la mayoría de las preguntas. Y, aun así, en los últimos tiempos, algo es diferente. Las respuestas correctas llegan un poco tarde. Las decisiones que antes parecían obvias ahora requieren más esfuerzo. El entorno cambió, y el repertorio —impecable como es— parece haberse quedado algunos pasos atrás.
No es incompetencia. Es algo más sutil y más difícil de nombrar.
Es el momento en que el mapa que construiste a lo largo de los años comienza a describir un territorio que ya no existe de la misma forma. Y la pregunta que nadie hace en voz alta —porque es demasiado incómoda— es esta: ¿cuándo fue la última vez que realmente aprendiste algo que te incomodó? ¿Que te hizo cuestionar lo que creías saber?
Si la respuesta tardó en llegar, este texto es para ti.
La identidad que se niega a ser provisoria
A medida que acumulamos competencias a lo largo de la vida profesional, tendemos a fusionar nuestra identidad con nuestro repertorio técnico. Dejamos de ser personas que saben hacer ciertas cosas y nos convertimos en la propia cosa que sabemos hacer.
El ingeniero no es alguien que domina la ingeniería —él es un ingeniero. La gestora financiera no ejerce gestión financiera —ella es una gestora financiera. La profesión deja de ser un rol que se ocupa y se convierte en una piel que se lleva. Y las pieles, como sabemos, no se cambian sin resistencia.
Ahí reside la trampa. Cuando el entorno cambia y exige una nueva piel, lo que está en juego no es solo aprender una nueva herramienta o metodología. Lo que está en juego es la estabilidad de una identidad construida a lo largo de años. El cerebro humano, con toda su sofisticación, es extraordinariamente eficiente para proteger aquello que interpreta como siendo nosotros mismos.
La pregunta que realmente importa, por lo tanto, no es: “¿Qué habilidades necesito desarrollar?”. Es esta: “¿Qué estoy dispuesto a desaprender —y quién estoy dispuesto a dejar de ser— para seguir siendo relevante?”. La diferencia entre las dos preguntas no es semántica. Es la diferencia entre un curso de actualización y una transformación real.
El paradoja del especialista
Los profesionales más amenazados por las transformaciones en curso no son los principiantes. Son los especialistas —aquellos que pasaron décadas refinando una pericia particular y que, por eso mismo, desarrollaron una relación de dependencia emocional con ella.
El principiante aprende sin peso porque aún no tiene nada que perder. El especialista aprende cargando el peso de todo lo que conquistó. Cada nuevo aprendizaje puede parecer, inconscientemente, una amenaza a lo que ya sabe —como si admitir que algo cambió fuera admitir que el tiempo invertido fue en vano.
No lo fue. Pero el cerebro no siempre opera con esa claridad.
La competencia adquirida a lo largo de la vida produce una especie de confort cognitivo —una facilidad para operar dentro de ciertos patrones que se vuelve tan natural como respirar. Cuando ese confort es amenazado, la respuesta instintiva no es curiosidad. Es defensa.
Esa defensa rara vez aparece como rechazo explícito. Se manifiesta de formas más sutiles: en la desvalorización de lo nuevo (“esto es moda”), en la sobrevaloración del pasado (“el modo antiguo funcionaba”), en la procrastinación del aprendizaje (“haré ese curso el trimestre que viene”), o en la delegación de la responsabilidad (“la empresa debería ofrecer capacitación”). Todas son estrategias inconscientes de preservación identitaria. Y todas, al mismo tiempo que protegen el ego a corto plazo, aceleran la obsolescencia a largo plazo.
Lo que las organizaciones erran —y lo que tú puedes hacer al respecto
Hay una narrativa dominante en el mundo corporativo que trata la requalificación como un problema esencialmente logístico: faltan cursos, plataformas, horas dedicadas al entrenamiento, presupuesto. Esa narrativa no está equivocada —está incompleta.
El obstáculo central no es la ausencia de contenido. Es la ausencia de un entorno que tolere la incompetencia temporal que todo aprendizaje genuino exige. Un profesional que sabe que será evaluado exclusivamente por lo que ya produce no va a arriesgarse a parecer ignorante ante un tema nuevo —incluso si ese tema es exactamente lo que necesitaría dominar para crecer. Va a fingir que entiende. Va a completar los módulos sin completar la transformación.
Si tú lideras personas, esto tiene implicación directa: la forma en que reaccionas cuando alguien se equivoca durante un proceso de aprendizaje define, más que cualquier programa de capacitación, si tu equipo se arriesgará o no a aprender de verdad. Celebrar el intento —incluso cuando el resultado aún es imperfecto— no es concesión. Es gestión inteligente de un activo estratégico.
Y si eres el profesional en transición, la pregunta práctica es esta: ¿en qué contextos de tu rutina te has autorizado a aparecer como aprendiz? No como especialista consultado, no como referencia a ser preservada —sino como alguien que genuinamente aún está construyendo algo. Si esa respuesta es difícil, el problema no está en los cursos disponibles. Está en el permiso que aún no te has dado.
Desaprender no es olvidar —es separar el fundamento del método
Existe una diferencia estructural entre aprender algo nuevo y desaprender algo antiguo. Aprender es añadir. Lo que ya sabes permanece —y a su lado instalas un repertorio nuevo. Desaprender es más quirúrgico: es revisar premisas que orientaron tus decisiones por años, sin descartar todo lo que vino junto con ellas.
La clave está en distinguir lo que es fundamento de lo que es método. Los fundamentos —la capacidad de construir relaciones de confianza, de pensar de forma sistémica, de navegar la complejidad emocional de las situaciones humanas— rara vez quedan obsoletos. Los métodos están en permanente transformación. Confundir los dos es lo que hace que el desaprendizaje sea tan amenazador: parece que te están pidiendo descartar todo, cuando en realidad te están invitando a renovar solo una capa.
Piensa en un gestor con veinte años de experiencia en liderazgo de equipos presenciales que ahora necesita liderar equipos distribuidos y asincrónicos. Lo que necesita desaprender no es liderazgo —es la suposición de que la presencia física y el control visual son condiciones para la confianza. El fundamento (crear contextos de alto desempeño) permanece. El método necesita ser reescrito.
Eso es desaprender con inteligencia: no una demolición, sino una reforma selectiva. No una crisis de identidad, sino una actualización de firmware —manteniendo lo que fue duramente conquistado y liberando lo que se volvió peso muerto.
El aprendiz permanente —una postura, no un perfil
Piensa en alguien que conoces que aprendió de verdad a lo largo de la vida. No alguien que acumuló diplomas —sino alguien que genuinamente se transformó. Que piensa diferente hoy de lo que pensaba hace diez años. Que mira los problemas con una perspectiva que va más allá de lo obvio.
Lo que distingue a esa persona no es la cantidad de cursos que hizo. Es la calidad de la relación que tiene con su propia ignorancia. Hace preguntas que otros evitan. Entra en conversaciones sin saber dónde van a terminar. Lee fuera de su área. Se permite ser principiante en cosas nuevas sin sentir que eso compromete lo que ya construyó.
Ese perfil —el aprendiz permanente— no es un rasgo de personalidad fijo. Es una postura cultivada deliberadamente. Y puede ser cultivada en cualquier momento de la vida profesional, independientemente de la edad o del cargo. Lo que la bloquea, casi siempre, es la creencia de que aprender fue una fase que quedó atrás. Que existe un estadio de suficiencia a partir del cual lo que ya sabes es suficiente para el resto de la trayectoria.
Esa creencia es el mayor riesgo profesional del siglo en que vivimos. No la falta de habilidades técnicas. No la automatización. La creencia de que ya se llegó.
El nuevo valor profesional —y lo que exige de ti ahora
Durante décadas, el valor de un profesional estaba directamente ligado a la acumulación de conocimiento especializado. Quien sabía más, valía más. El tiempo de experiencia funcionaba como una garantía razonable de competencia.
Ese modelo entró en colapso —no porque el conocimiento especializado haya perdido valor, sino porque la velocidad de obsolescencia de ese conocimiento volvió insuficiente cualquier acumulación estática. Lo que pasa a tener valor creciente no es lo que sabes hoy, sino tu capacidad de construir lo que necesitarás saber mañana.
Eso cambia lo que las organizaciones necesitan contratar. Cambia lo que los profesionales necesitan desarrollar. Y cambia, fundamentalmente, la relación que cada persona necesita tener con su propio aprendizaje.
El profesional que prosperará en las próximas décadas no es el que acumuló más. Es el que se reconfigura con agilidad sin perder de vista quién es. Que navega el intervalo entre lo que ya fue y lo que aún está deviniendo —sin paralizarse y sin disolverse.
Concretamente, eso significa: mapear, con honestidad, cuáles de tus certezas profesionales son fundamentos que resisten el tiempo y cuáles son métodos que ya cumplieron su ciclo. Significa tener al menos un área de aprendizaje activa —algo que aún estás construyendo, no solo consolidando. Significa exponer tus ideas a perspectivas que las desafíen, en vez de solo confirmarlas.
Y significa, sobre todo, tratar la incomodidad del no saber no como señal de alarma, sino como señal de crecimiento. Porque el profesional que dejó de incomodarse dejó de crecer —incluso si aún no lo ha percibido.
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Marcello de Souza | Coaching & Tú marcellodesouza.com.br © Todos los derechos reservados

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