MIS REFLEXIONES Y ARTÍCULOS EN ESPAÑOL

CUANDO LA GRANDEZA TOCA A TU PUERTA

Tienes visión, inteligencia y potencia — pero algo aún frena tu paso. Entiende por qué crecer exige, ante todo, aprender a conversar honestamente con quien realmente eres. Por Marcello de Souza
“¿Seré suficiente para esto?”
Si ya te reconociste en esta pregunta — no como personaje secundario de una historia que le sucede a otros, sino como protagonista que extraña su propio protagonismo — este texto es para ti.
No para convencerte de que eres capaz. Ya sabes que lo eres. El problema nunca fue falta de capacidad. El problema es más sutil, más antiguo y, por eso mismo, más poderoso: es la distancia entre lo que logras vislumbrar adelante y la confianza de tener derecho a llegar allí.
Una nota antes de continuar: este texto no fue escrito para ser consumido rápidamente. Fue escrito para ser habitado. Lee con calma. Si algo incomoda, no pases por encima — anótalo. La incomodidad que sientas ante algún pasaje es, muy probablemente, el punto más valioso de toda la lectura.
La Ilusión de Conocerse a Sí Mismo
Hay una creencia con la que convivimos tan íntimamente que raramente la reconocemos como creencia: la de que nos conocemos. Pasamos años dentro de nosotros mismos — pensando, sintiendo, reaccionando, planeando — y, sin embargo, cuando alguien pregunta quiénes somos en verdad, lo que respondemos es la versión. La narrativa que aprendimos a contar para dar coherencia a una existencia que, sin ella, parecería demasiado fragmentada para soportar.
Esta narrativa no es mentira. Pero tampoco es la historia completa.
Existe una capa en ti que no aparece en las conversaciones inteligentes que conduces, en los proyectos brillantes que concibes, en los análisis precisos que haces del mundo a tu alrededor. Esta capa opera antes de todo eso. Determina lo que crees merecer, lo que consideras seguro desear, lo que interpretas como señal de que debes avanzar — o retroceder.
Y esta capa fue construida mucho antes de que tuvieras madurez para cuestionarla.
Aprendiste cosas que nunca fueron enseñadas en el aula. Aprendiste en el silencio de quien debía haber dicho algo y no dijo. En la mirada de quien te evaluó antes de conocerte. En la expectativa que posó sobre tus hombros demasiado pronto, demasiado pesada, sin que nadie preguntara si querías cargarla. Aprendiste qué significa ocupar espacio — si está permitido, si es peligroso, si es necesario primero probar que el espacio fue merecido.
Todo esto quedó grabado. No como memoria que se accede conscientemente, sino como estructura. Como el filtro invisible a través del cual interpretas lo que el mundo dice de ti — y lo que permites decirte a ti mismo.
Pasé años trabajando con personas que el mundo ve como brillantes — y que, en particular, me confesaban siempre el mismo patrón: visión clara, pie en el freno. Solo después de ver esto cientos de veces, en contextos completamente diferentes, logré nombrar lo que opera por debajo. No es falta de capacidad. Es una estructura interna que aún no recibió la información de que el contexto cambió.
Lo Que Frena a Quien Podría Volar
Hay un patrón que aparece con una regularidad perturbadora en personas de alta inteligencia y gran potencial: cuanto más amplia la visión que cargan, mayor la distancia que sienten entre lo que vislumbran y lo que creen merecer realizar.
No es síndrome del impostor en el sentido simplificado que el término ganó en las redes sociales. Es algo más estructural. Es el resultado de un sistema interno que aprendió, en algún punto de la formación, que brillar demasiado puede costar algo — aprobación, pertenencia, afecto, seguridad. Y entonces ese sistema, con una lealtad que conmueve y al mismo tiempo aprisiona, comienza a gestionar el brillo. A modular la potencia. A crear razones sofisticadas para no dar el paso entero.
El resultado es una persona que tiene ideas extraordinarias — y gasta energía preciosa organizando y reorganizando esas ideas sin nunca elegir una e ir hasta el final. Que ve con claridad adónde quiere llegar y, en el momento exacto en que el camino se abre, encuentra algo — una duda, un timing “equivocado”, una nueva posibilidad que parece más adecuada — que justifica esperar un poco más.
Esto tiene rostro. Tiene contextos. Reconoce el tuyo:
— La investigadora que sabe exactamente qué problema quiere resolver — y sigue revisando el protocolo en lugar de someterlo.
— El profesional que tiene la visión de negocio más clara de la sala — y pasa meses refinando el plan de negocios sin nunca marcar la primera reunión con un inversionista.
— La especialista que podría liderar el proyecto — y voluntariamente sugiere un colega menos preparado, convencida de que “aún no es el momento”.
— El creador que tiene la obra lista en la cabeza desde hace años — y encuentra siempre una razón técnica, estética o logística para no lanzarla.
Patrones diferentes, misma arquitectura interna. Esto no es debilidad. Es protección. Una protección que tuvo sentido en otro tiempo, para una versión de ti que la necesitaba. El problema es que esa protección no recibió la información de que el contexto cambió. De que hoy tienes recursos que no tenías antes. De que el riesgo de no ir es, ahora, mucho mayor que el riesgo de ir y errar.
La Seguridad No Viene Antes — Viene Durante
Existe una inversión fundamental en la forma como la mayoría de nosotros entendemos la autoconfianza: creemos que necesitamos sentirnos seguros para actuar. Esperamos que la seguridad aparezca como condición previa — como si hubiera un estado interno de preparación que, una vez alcanzado, liberaría el movimiento.
Pero la seguridad genuina — la que sostiene y no oscila al primer viento contrario — no es condición previa. Es resultado. Se construye en el contacto con la propia competencia siendo ejercida. En el momento en que actúas a pesar de la incertidumbre y descubres que puedes lidiar con lo que venga. En la experiencia repetida de traicionarte menos y apoyarte más.
Esto significa que el camino hacia una autoestima más sólida no pasa por convencerte de que eres lo suficientemente bueno antes de actuar. Pasa por actuar — y dejar que la acción te devuelva la evidencia de lo que ya eres.
Cada vez que eliges avanzar a pesar de la incomodidad, reescribes — en un nivel mucho más profundo que el racional — la narrativa sobre lo que es posible para ti. No porque el miedo desapareció. Sino porque descubriste que eres más grande que él.
La autoestima que dura no se construye con afirmaciones. Se construye con historias reales que viviste y que prueban, a la parte más antigua y más escéptica de ti mismo, que eres capaz de confiar en ti.
La Mente Que Desborda y el Arte de Elegir
Existe un tipo de inteligencia que es, simultáneamente, un don extraordinario y un desafío específico: la mente que genera más de lo que logra ejecutar. Que ve conexiones donde otros no ven. Que transita entre áreas con una naturalidad que impresiona — y que, por eso mismo, tiene dificultad de fijarse en una dirección con la profundidad que la realización exige.
No es falta de foco. Es exceso de visión.
Y el exceso de visión, sin una estructura interna que lo organice, transforma en dispersión. En proyectos a medias. En energía gastada en la belleza de la idea y no en la disciplina de la ejecución. En una sensación constante de estar siempre comenzando — y nunca llegando.
Definir prioridades, para este tipo de mente, no es cuestión de agenda o de método. Es cuestión existencial. Es la pregunta: entre todo lo que veo, todo lo que puedo, todo lo que me interesa — ¿qué elijo ser? Porque elegir una cosa significa, al menos temporalmente, no elegir todas las demás. Y para quien construyó la identidad en torno a la idea de ser “alguien que puede todo”, esta elección puede parecer una pérdida antes de ser reconocida como liberación.
Pero hay algo que la dispersión nunca entregará y que la profundidad entrega: la satisfacción de haber llegado. De haber construido algo con tu nombre que va más allá de la idea — que tiene cuerpo, impacto, permanencia.
No necesitas abandonar la amplitud de tu visión. Necesitas aprender a ponerla al servicio de una dirección. Y cuando esa dirección es elegida con consciencia — no por presión, no por expectativa ajena, sino porque resuena con quien genuinamente eres — ella no limita. Amplifica.
El Sueño Grande y la Paciencia que Nadie Enseña
Hay algo que ciertas personas cargan que la mayoría a su alrededor simplemente no logra ver con la misma nitidez: una visión técnica específica. No una vaga voluntad de “hacer algo importante”. Una visión precisa — con método, con propósito definido, con un problema real que resolver para quien aún no fue debidamente atendido.
Esta visión tiene formas diferentes en personas diferentes:
— El investigador en biotecnología que vislumbra la lacuna terapéutica que nadie en el campo está mirando — porque las financiaciones siguen lo ya establecido, no lo que aún necesita ser construido.
— La ingeniera que ve la solución técnica para un problema urbano que afecta a millones — y percibe que nadie la está desarrollando porque el público afectado no tiene poder de compra suficiente para atraer al mercado.
— El científico que quiere usar el rigor de la investigación para resolver lo que la industria ignoró por décadas — porque ese público nunca fue tratado como prioridad por los laboratorios.
— El profesional de salud que quiere construir un protocolo basado en evidencias para una condición que la medicina aún trata con imprecisión — porque los estudios disponibles no incluyeron a las poblaciones que más lo necesitan.
Este tipo de visión no es común. Y exactamente por no ser común, no encuentra atajo. Exige formación. Exige método. Exige disposición de atravesar un proceso largo sin perder la claridad del porqué.
Y es aquí donde aparece el desafío que nadie nombró con suficiente franqueza: la relación con el tiempo del propio desarrollo.
Vivimos en una cultura que celebra la velocidad como virtud. Que confunde urgencia con relevancia. Que trata el proceso como una etapa inconveniente antes del resultado. Y personas de alta capacidad sufren esto de forma más intensa — porque la distancia entre lo que logran vislumbrar y lo que logran realizar en el presente es, muchas veces, frustrante al punto de parecer fracaso cuando en verdad es solo cronología.
No estás atrasado. Estás en proceso. Y proceso, cuando es honrado con paciencia real — no la paciencia pasiva de quien espera, sino la paciencia activa de quien construye paso a paso sin exigir que el resultado aparezca antes de tiempo — es el único camino para llegar adonde quieres llegar con solidez suficiente para sostener lo que vas a construir.
El árbol que crece demasiado rápido tiene raíces rasas. Lo que estás construyendo exige raíces profundas. Y profundidad tiene su propio tiempo — que no es lento. Es preciso.
Aprender a Conversar Consigo Mismo
Todo lo dicho hasta aquí converge en una única habilidad — la más subestimada y la más transformadora que existe: la capacidad de mantener un diálogo honesto, continuo y compasivo contigo mismo.
No el monólogo de quien se exige. No la voz crítica que evalúa cada paso y encuentra lo que faltó. No la voz entusiasta que infla antes de la acción y se desinfla en la primera dificultad. Un diálogo real. Con curiosidad. Con disposición de escuchar lo que opera por debajo de la superficie — los miedos que no tienen nombre, las creencias que nunca fueron cuestionadas, los patrones que se repiten con una fidelidad que merece ser investigada en lugar de combatida.
Esta conversa no sucede en un día. No es una sesión de introspección. Es una práctica que se profundiza con el tiempo — y que transforma, de forma gradual e irreversible, la calidad de la relación que tienes con tu propia vida.
Cuando esta conversa comienza de verdad, algo cambia que no tiene vuelta atrás. Dejas de ser gobernado por el pasado sin percibirlo. Dejas de esperar que la seguridad aparezca antes de actuar. Dejas de dispersar energía en todas las direcciones al mismo tiempo. Pasas a elegir con más claridad, a avanzar con más consistencia, a tratarte con la misma generosidad que ofreces a quien amas.
No necesitas reinventarte. Necesitas encontrarte — con honestidad suficiente para reconocer lo que te frena, y con coraje suficiente para decidir que eso no define lo que puedes ser.
El mundo necesita lo que tienes para ofrecer. No la versión contenida. La versión entera.
Y esa versión ya existe en ti. Siempre existió. Solo está esperando que dejes de dudar de ella.
Una Pregunta para Llevar
Si pudieras decir una cosa — solo una — a la versión de ti que existía antes de todo lo que viviste hasta aquí, ¿qué dirías?
No respondas rápido. Deja que la pregunta pose. Escribe la respuesta en algún lugar — un cuaderno, una nota en el celular, cualquier lugar. Lo que venga primero generalmente es lo que más importa.
Y si este texto tocó algo que aún no logras nombrar completamente — no lo guardes solo para ti. Deja un comentario con la frase que no pudiste pasar por encima. La respuesta que escribas revela más sobre dónde estás que cualquier test de autoconocimiento.
Porque crecer comienza, casi siempre, por la capacidad de nombrar lo que aún no fue dicho.
Sobre el Autor
Marcello de Souza es especialista en desarrollo cognitivo conductual, con actuación junto a líderes y profesionales en empresas globales. Su trabajo integra neurociencia, psicología social y conductual y filosofía para promover cambios reales, estructurados y duraderos — tanto en el desarrollo personal como en las relaciones y los contextos organizacionales.
En el blog marcellodesouza.com.br encontrarás cientos de textos que profundizan exactamente este territorio: el espacio entre quien fuiste, quien crees ser y quien puede conscientemente llegar a ser. Accede y continúa este viaje — el más importante que existe.
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