ARTIGOS (DE MINHA AUTORIA)

¿POR QUÉ NADIE SE SIENTE IMPOSTOR EN EL LUGAR DONDE SIEMPRE ESTUVO?

Por Marcello de Souza

Hay algo que le pasa a quien se muda y de lo que casi nadie habla. Las primeras semanas, al final de un día largo, te subís al auto, prendés la radio, repasás la reunión que no terminó bien, la cuenta que quedó para mañana, el mensaje que todavía tenés que contestar. Cuando te das cuenta, estás doblando en la esquina de la calle vieja. El cuerpo te llevó hasta ahí sin pedir permiso. La mano puso el guiño en el lugar de siempre, el pie aflojó el acelerador antes del lomo de burro que ya ni ves, y durante un segundo entero te quedaste parado frente a un portón que ya no abre con tu llave.

Nadie le dice fraude a eso. Nadie estaciona ahí y concluye que a lo mejor no se merece la casa nueva. Uno se ríe, medio incómodo, pega la vuelta y sigue.

Ahora cambiá la calle por la sala de reuniones.

El ascenso salió hace dos meses. O el cambio de área, después de años insistiendo. O el emprendimiento propio, por fin abierto. O esa invitación que llegó antes de lo que parecía razonable. Y un martes cualquiera alguien te pide tu opinión. No por cortesía: te la pide porque la necesita. Algo en vos pone el guiño hacia la dirección vieja. Un frío en el estómago, una voz baja, casi amable, avisándote que esto no es tuyo, que en algún momento se van a dar cuenta, que el portón va a rechazar la llave.

Esta vez nadie se ríe.

Esta vez la cosa tiene otro nombre: sentirse un fraude.

*

¿En qué momento empezamos a tratar el atraso del cuerpo como prueba de culpa?

Pienso mucho en esto. Porque esa sensación tiene un rasgo que casi nunca aparece cuando se habla de ella: rara vez visita a quien se quedó quieto. Alguien que lleva quince años en la misma silla, haciendo el mismo trabajo de la misma manera, puede sentir aburrimiento, amargura, un cansancio que no se va con vacaciones. Impostor, difícilmente. No hay ninguna distancia entre el lugar donde esa persona está y el lugar donde se imagina. La dirección de afuera y la dirección de adentro coinciden, y donde no hay distancia no hay extrañeza.

La sensación vive en otro lado. Vive en el borde. En el primer mes del puesto nuevo, con el primer cliente grande, la primera vez que alguien firma con su propio nombre lo que antes solo hacía para otros. Llega junto con el movimiento, casi como una consecuencia de él. Y eso corre la pregunta de lugar. En vez de “¿qué me pasa a mí?”, queda otra, mucho más interesante: “¿de dónde es que me fui?”.

Lo que sentimos como mentira puede ser apenas un desfasaje de velocidades. La vida de afuera se mudó a un ritmo; la imagen de adentro se va mudando a otro, más lento, arrastrando cajas, olvidándose cosas en el fondo del placard, volviendo a buscar un abrigo que quedó colgado detrás de la puerta. El cerebro no percibe el mundo desde cero: lo anticipa a partir del territorio que ya tiene, y eso incluye la imagen que guarda de sí. Durante un tiempo, y nadie sabe decir cuánto, hay dos direcciones. Una es donde vivís de verdad. La otra es adonde el piloto automático todavía te lleva al final del día.

*

Lo curioso es que, para los demás, la mudanza terminó hace rato.

La credencial es nueva. La firma del mail cambió de cargo. Tu nombre aparece en otro casillero del organigrama, la gente te busca por temas que antes iban a otro escritorio, y nadie, absolutamente nadie, se pregunta si deberías estar ahí. Para el mundo, la dirección se actualizó el primer día. Llegan las cartas, el portero te saluda por el nombre, el vecino te hace señas desde el garaje.

El único registro desactualizado es el tuyo.

Habría algo casi cómico en esto, si no doliera tanto. La persona gasta una energía enorme tratando de esconderles a los demás un fraude que nadie está buscando. Ensaya la respuesta antes de la reunión, prepara justificaciones para una pregunta que nadie va a hacer, relee el mail por cuarta vez para que no se escape ningún indicio de que no pertenece. Vigila una puerta que nadie intenta abrir. Y mientras vigila, deja de hacer justo lo que el lugar nuevo le pide: ocupar el espacio, arriesgar una idea todavía sin terminar, decir “no sé, lo voy a averiguar” sin sentir que acaba de confesar un crimen.

*

Sería deshonesto quedarse acá.

Si fuera solo un atraso, alcanzaría con esperar. Con las semanas, el cuerpo aprende la calle nueva, la mano se olvida del guiño equivocado, y listo. Pero hay gente que espera años y el atraso no se va. Recibe elogios, cumple objetivos, la eligen para el proyecto que todos se disputaban, y la sensación sigue ahí, intacta, como si nada de eso hubiera pasado. Ninguna prueba parece llegar a destino.

Algo, en el medio del camino, está impidiendo que la mudanza termine.

Me gusta imaginar un pequeño estudio contable funcionando del lado de adentro. Todos los días llegan recibos. El comentario de un compañero después de la presentación, el cliente que volvió por recomendación, el informe que nadie tuvo que corregir, el problema que resolviste mientras los demás seguían discutiendo de quién era la culpa. Cada uno de esos papeles certifica que la mudanza ocurrió. Deberían ir a la carpeta. Deberían sumar.

El contador, en cambio, trabaja con reglas propias. Y son de una precisión impresionante.

Si el resultado llegó después de una semana durmiendo poco, revisando todo tres veces, el recibo va al cajón del esfuerzo: salió bien porque te mataste, y quien necesita matarse para que algo salga bien no es capaz de verdad. Si el resultado llegó después de patear las cosas para adelante y una madrugada a las corridas, va al cajón de la suerte: salió bien porque llegaste a tiempo, y la próxima no vas a llegar. Si el elogio vino de alguien que te quiere, no vale, es cariño. Si vino de alguien lejano, tampoco vale, esa persona no te conoce de cerca. Si el logro fue fácil, no cuenta porque fue fácil. Si fue difícil, cuenta todavía menos, porque deja en evidencia cuánto tuviste que transpirar.

Fijate que no queda ningún cajón con la etiqueta “competencia”. No está vacío. Ni siquiera existe en el mueble.

De ahí nace algo que parece absurdo visto desde afuera y tiene todo el sentido visto desde adentro: cuanto más logra la persona, más pesado se vuelve. Cada recibo roto se convierte en recordatorio de que había algo para romper. El papel picado se acumula en el piso del estudio, y la persona mira esa pila y concluye que tiene algo que esconder. Pruebas no faltan. Falta alguien dentro del estudio autorizado a sumarlas.

Y hay un costo que casi nadie anota en los libros. Quien no logra registrar su propio valor empieza a pagarlo en horas. Llega más temprano, se va más tarde, se ofrece para lo que nadie quiere, contesta mensajes el domingo, acepta el tercer pedido de la semana sin preguntar el plazo. Cada entrega, que debería funcionar como prueba, se asienta como cuota de una deuda. Y una deuda con este acreedor no se salda nunca. Los intereses corren por dentro.

*

¿Cuántos recibos rompiste esta semana?

Vale la pena contarlos, con algo de honestidad. El mensaje de agradecimiento que leíste, te hizo sonreír y enseguida archivaste pensando que cualquiera habría hecho lo mismo. La reunión en la que dijiste algo que le cambió el rumbo a la conversación, y de vuelta a casa solo podías acordarte de la palabra que te salió torcida. La persona que te preguntó cómo habías llegado a esa solución, y le contestaste “ah, fue medio de casualidad”, cuando no fue casualidad para nada, fue hecho de años de cosas vistas, vividas, equivocadas y corregidas.

Nadie necesita creerse increíble. Sería cambiar un contador deshonesto por otro, igual de lejos de la realidad. La cuestión es otra: hay una diferencia enorme entre humildad y miopía. La humildad ve el tamaño real de las cosas y elige no hacer ruido con ellas. La miopía directamente no ve, y al borrón le dice modestia.

*

Hay algo en esta historia que suele pasarse por encima.

Ese contador no llegó al puesto por maldad. En algún momento, sus reglas tuvieron sentido. Puede haber existido una casa donde destacarse salía caro, donde llamar la atención traía exigencias, comparaciones, miradas que pesaban en la cena. O una escuela, un grupo, una familia en la que la modestia era el precio de la entrada. O simplemente era más seguro llegar antes que la crítica, porque quien ya desconfía de sí nunca es tomado por sorpresa por nadie.

En esas condiciones, romper recibos era protección. Guardar pruebas del propio valor era arriesgado, y el estudio aprendió a trabajar con el cajón bajo llave. Funcionó. Probablemente ahorró mucho dolor.

Y dejó un efecto secundario que casi nadie nota. Quien aprendió temprano a desconfiar de sí suele escuchar más. Pregunta antes de afirmar, chequea antes de decidir, presta atención a lo que dice el otro porque no parte de la idea de que ya sabe. Lo veo seguido dentro de las empresas: las personas que se consideran menos preparadas muchas veces son justo a las que sus compañeros más buscan para pensar juntos. La duda no tiene que irse. Solo tiene que levantarse de la silla de quien decide.

El problema no es que el contador exista. Es que siga aplicando el reglamento de una dirección donde ya no vivís. Sigue calibrado para aquella casa, aquella calle, aquella edad. Cada vez que llega un recibo nuevo, consulta un manual escrito para otra vida y resuelve según él, con toda la lealtad de quien cree que todavía está protegiendo a alguien.

Pelearte con él no sirve. Vi a mucha gente intentarlo, gritando por dentro “basta”, “sí sos capaz”, “te lo merecés”, y la pelea solo hace más ruido dentro del mismo estudio. El contador parece tomar los gritos como confirmación: si hay que gritar tanto para convencerse, es porque en el fondo nadie se lo cree.

Lo que funciona es más callado. Reconocer que esas reglas protegieron a alguien que de verdad necesitó protección. Agradecerle, incluso. Y después, con calma y con la firmeza de quien hace el cambio de domicilio en el registro, avisarle que el manual cambió y que de ahora en adelante los recibos van a la carpeta.

*

¿Y si la pregunta estuvo mal desde el principio?

Todo lo que hace el contador gira alrededor de una sola cuestión: ¿me merecí llegar hasta acá? Se hace con total sinceridad. Nadie la formula por vanidad. Uno la formula porque quiere ser justo, porque quiere estar seguro de no haberle ocupado el lugar a nadie, de no haber engañado a quien confió. Pero esa pregunta carga un defecto que la vuelve imposible de responder. Mira hacia atrás, y quien la juzga es justamente el contador que rompe las pruebas. Se puede pasar la vida entera juntando documentos para una causa que nunca va a tener sentencia.

Existe otra pregunta. No borra la primera, apenas la saca del centro de la sala. En vez de “¿me merecí estar acá?”, dice: “¿qué hago a partir de acá?”.

La diferencia parece mínima. No lo es. La primera pide legitimidad, y la legitimidad es algo que alguien tiene que otorgar; te quedás esperando la autorización de un tribunal sin fecha para reunirse. La segunda pide dirección, y la dirección no depende del sello de nadie. Alcanza con elegirla. La primera no termina nunca. La segunda tiene un próximo paso, y el próximo paso entra en un martes cualquiera.

No tiene que ser grande. Puede ser levantar la mano en la reunión antes de tener la frase perfecta. Puede ser anotar, en algún rincón del celular, los recibos de la semana, solo para ver qué pasa cuando alguien por fin deja de picarlos. Puede ser responder a un elogio con un gracias entero, sin el “no, nada que ver” que suele venir colgado atrás, como una etiqueta de devolución.

Volvé a quien se acaba de mudar. Nadie aprende el camino nuevo discutiendo si se merecía la casa. Se aprende haciendo el recorrido. Una vez, pasándose de la esquina. Otra, acordándose en el último segundo. Otra más, agarrando un atajo que descubrió de casualidad. Hasta la noche en que llegás, sacás la llave del bolsillo y te das cuenta de que ni pensaste en el trayecto: el cuerpo simplemente fue. La mudanza termina en las manos y en los pies mucho antes de terminar en la cabeza.

Con el lugar nuevo en la vida pasa algo parecido. La sensación de pertenecer rara vez llega antes de la acción. Llega después, como sedimento de muchos gestos repetidos en el territorio recién ocupado. Quien espera sentir que se lo merece para recién ahí actuar como alguien que está ahí va a esperar mucho, a veces la vida entera. Quien actúa como alguien que está ahí, con el nudo en el estómago y todo, va notando de a poco que la dirección de adentro empezó a acompañar a la de afuera.

*

Sospecho que la sensación no se va del todo. Sinceramente, creo que vuelve. Vuelve con la próxima mudanza, la próxima invitación, la próxima vez que la vida vaya más rápido que la imagen que guardás de vos. Eso no es un fracaso. Es lo que le pasa a quien sigue moviéndose. Solo que, cada vez que vuelve, encuentra a otra persona: alguien que ya reconoce ese frío de lejos, que sabe de dónde viene, y que justamente por eso no tiene que obedecerlo con el mismo apuro de antes. Quien nunca más sienta que está en el lugar equivocado probablemente dejó de cambiar de lugar.

Lo que cambia es qué hacés con ella cuando aparece. Podés recibirla como sentencia, y entonces decreta: no deberías estar acá. O podés recibirla como ese instante en el auto, cuando la mano ya está poniendo el guiño hacia la calle vieja, y te das cuenta, sonreís medio incómodo, y seguís derecho.

Nadie necesita estar seguro de que se merece la casa nueva para dormir en ella esta noche.

Mañana, en algún momento, alguien te va a pedir tu opinión. Va a llegar algún recibo. Chiquito, tal vez. Un mensaje, un gracias, un problema que solo vos resolviste.

Fijate qué hace el contador con él.

Y fijate, después, hacia dónde está doblando tu auto.

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