MIS REFLEXIONES Y ARTÍCULOS EN ESPAÑOL

NO ESTÁS PARADO. ESTÁS CAYENDO DESPACITO, TODO EL TIEMPO.

Parate derecho. Juntá los pies, los brazos al costado del cuerpo, cerrá los ojos. No te muevas.

No vas a poder.

Algo adentro tuyo, un centímetro por vez, va a empezar a corregir. Un músculo acá, otro allá, una inclinación casi invisible hacia la izquierda que se tira sola hacia la derecha antes de que te des cuenta de que te habías ido. Nadie te enseñó esto. Nadie te entrenó. Y, sin embargo, es el trabajo más constante que hace tu cuerpo, todos los días, desde mucho antes de que aprendieras la palabra para nombrarlo.

Quería arrancar por acá porque casi todo lo que aprendí sobre las personas, sobre los equipos, sobre las relaciones que duran y las que se rompen, lo aprendí mirando justamente esto: lo que se mantiene parado sin que parezca que está haciendo ningún esfuerzo.

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Hay una mentira linda que nos contamos, y es esta: que la estabilidad es un lugar al que se llega. Que existe un punto donde, una vez ahí, uno se queda quieto. Matrimonio estable. Carrera estable. Emocionalmente estable. La palabra promete descanso, piso firme, que en algún momento el trabajo se termina.

No se termina nunca.

Lo que existe no es la estabilidad como sustantivo. Es la estabilidad como verbo: una sucesión ininterrumpida de ajustes chiquitos que nadie ve, porque cuando funcionan son invisibles, y sólo aparecen, con toda su violencia, en el momento en que fallan. Nadie aplaude a un gerente que pasó el trimestre entero sin desmoronarse. Aplauden el crecimiento, los números, la foto del resultado. El trabajo de no caerse está tan bien hecho que se vuelve transparente. Y lo transparente, nos olvidamos de que existe. Hasta que duele.

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Hace casi tres décadas que trabajo con gente que, de afuera, parece estar parada con una facilidad sospechosa. El director que nunca titubea en una reunión. La madre que se las arregla con todo sin parecer agotada nunca. La pareja que, para los amigos, “nunca pelea”. Y lo que descubro, sesión tras sesión, año tras año, es siempre lo mismo: atrás de esa firmeza hay un sistema de correcciones tan rápido, tan constante, que la persona ya ni se da cuenta de que lo está corrigiendo. Le dice “mi personalidad”. Le dice “así soy yo”. Recién cuando el sistema falla —el despido, la traición, el diagnóstico, la hija que se va de casa— descubre que lo que llamaba “yo” era, en realidad, un equilibrio en movimiento. Y un equilibrio en movimiento se puede romper.

Cuando se rompe, duele de una manera específica. No duele como una pérdida cualquiera. Duele como cuando alguien te saca el piso de abajo de los pies, literal: ese segundo de vértigo, el estómago que sube, el mundo que gira sin haber girado. Porque no fue una sola cosa la que esa persona perdió. Fue todo el sistema de correcciones invisibles que sostenía la sensación de estar parada.

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Un día, caminando por la calle, vi a un tipo tropezarse en la vereda. No se cayó. El cuerpo hizo, en menos de medio segundo, una secuencia de ajustes tan rápida que de lejos parecía hasta elegante: el brazo se abrió, el torso giró, la pierna avanzó un paso más largo de lo normal para recuperar el centro. Siguió caminando como si no hubiera pasado nada. Sólo el que miró de cerca vio el susto en la cara.

Me quedé pensando: ¿cuántas veces por día hacemos exactamente eso, emocionalmente, sin que nadie se dé cuenta? Alguien dice una frase que corta, y adentro algo tambalea, pero afuera la cara aguanta, la voz aguanta, la reunión sigue. Un ajuste invisible, un paso más largo, un brazo que se abre para el lado correcto. Y seguimos caminando como si nada.

Sólo que, a diferencia del cuerpo, que tiene un sistema entrenado por millones de años para esto, no siempre sabemos cuál es el ajuste correcto. A veces el brazo se abre para el lado equivocado. A veces el paso más largo llega demasiado tarde. Y la caída, cuando llega, no es física: es una caída de sentido, de identidad, de todo lo que la persona creía saber de sí misma.

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Hay una frase que escucho con una frecuencia que ya debería haber dejado de sorprenderme, y no lo hace: “ya no sé quién soy”. Viene de gente de cuarenta, cincuenta, sesenta años. Gente que construyó carrera, casa, familia, reputación. Y que, de golpe, en un divorcio, un despido, una enfermedad, siente que el piso desaparece.

Lo que esa gente descubre, sin querer, es que la identidad nunca fue una cosa sólida guardada adentro. Era un equilibrio dinámico entre roles, entre relaciones, entre pequeñas confirmaciones diarias: el buen día del portero, el cargo en la credencial, el lugar en la mesa del domingo. Sacale una de esas patas de una vez y el resto, solo, no aguanta el peso. Es como sacarle una pata a una silla: la silla no estaba parada por una pata, estaba parada por la relación entre las cuatro. Nadie se da cuenta hasta que falta una.

Y acá está la parte que nadie cuenta: la persona que “se reconstruye” después de una caída así no vuelve a ser la de antes. Aprende, generalmente por primera vez en la vida, a sentir el mecanismo de equilibrio funcionando. Empieza a percibir los ajustes en tiempo real, en vez de percibirlos sólo cuando fallan. Y eso, raramente, le da más seguridad que la vieja sensación de “estar bien” —porque ahora sabe dónde está el mecanismo, y no sólo el resultado.

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Algo que aprendí mirando equipos, no sólo personas: las organizaciones hacen exactamente lo mismo que los cuerpos. Un equipo que “nunca tiene conflicto” no es un equipo equilibrado. Es un equipo que aprendió a hacer ajustes tan silenciosos, tantas concesiones chiquitas, tantos “dejalo ahí, no vale la pena discutirlo ahora”, que el conflicto nunca llega a aparecer en la superficie. Pero no desapareció. Se fue absorbiendo, de a poco, hasta que un día —generalmente en el peor momento posible, generalmente en una entrega crítica, generalmente delante del cliente— todo el sistema de correcciones silenciosas llega al límite y se cae de una.

A los líderes les encanta medir clima, compromiso, satisfacción. Números redondos, fáciles de poner en una diapositiva. Pero casi nadie mide la frecuencia de los ajustes invisibles: cuántas veces por semana alguien se tragó un desacuerdo para no “hacer quilombo”. Cuántas veces se guardó una idea mejor porque el que habló primero tenía más cargo. Eso no aparece en ninguna encuesta de clima. Aparece seis meses después, como una renuncia que todos juran que “salió de la nada”.

No salió de la nada. Salió de un sistema de equilibrio que trabajó en silencio hasta que no dio más.

*

Vuelvo al cuerpo, porque todavía tiene algo para enseñarme.

Hay un mecanismo raro que hace que tus ojos se queden fijos en un punto aunque muevas la cabeza. Probá: mirá algo fijo en la habitación y movés la cabeza despacio de un lado a otro. La imagen sigue nítida. Ahora, quedate con la cabeza quieta y tratá de mover sólo los ojos a la misma velocidad: todo se emborrona. El sistema que compensa el movimiento de la cabeza es automático, más rápido que cualquier pensamiento, y existe justamente para esto: para que el mundo no se convierta en una cámara temblando mientras cruzás la calle, corrés atrás de un colectivo, bailás en una fiesta.

¿Sabés quién tiene ese mismo tipo de compensación emocional? La gente que llamamos “centrada”. No son personas sin temblor interno. Son personas cuyo temblor interno no se filtra para afuera, porque hay un mecanismo compensatorio entrenado, silencioso, que mantiene la “mirada” —los valores, el sentido de sí mismas, lo que consideran innegociable— fija, aunque la cabeza, es decir, la circunstancia, sacuda con violencia.

¿Y cómo se entrena eso? No es fuerza de voluntad, que es la respuesta cómoda que da todo el mundo. Es repetición consciente: parar, sentir el temblor, elegir dónde mantener la mirada fija, sentirlo de nuevo, elegir de nuevo. Nadie nace con ese reflejo listo para las situaciones de la vida adulta; nace listo para la cabeza que se sacude, y tiene que construir, casi de cero, la versión que funciona cuando lo que tambalea es la reputación, o la plata, o un diagnóstico médico, o el silencio del otro lado de la cama.

*

Una pregunta que hago, y que casi nadie responde a la primera: ¿cuál es tu punto fijo? No el valor lindo que dirías en una entrevista de trabajo. El punto real, ese al que tus ojos vuelven a buscar sin que vos decidas buscarlo, justo cuando todo lo demás empieza a temblar.

Hay gente cuyo punto fijo es su propia imagen. Tiembla la circunstancia, los ojos van atrás de la aprobación ajena, y ahí sí, todo se emborrona, porque un punto fijo que se mueve junto con la circunstancia no sirve de nada: es como querer fijar la mirada en algo que también está temblando.

Hay gente cuyo punto fijo es otra persona. Y funciona, hasta que esa persona se va, o se muere, o simplemente se equivoca, porque las personas, a diferencia de un punto en la pared, se mueven solas.

Y hay una minoría, chiquita, que encontró como punto fijo algo que no depende de la aprobación, ni de otra persona, ni de un resultado. Generalmente es algo tan simple que suena hasta anticlimático cuando la persona lo dice en voz alta. “No me miento a mí mismo, aunque duela.” “Trato al que no me puede dar nada igual que al que sí puede.” Frases chiquitas. Pero son el tipo de punto fijo que no se despega de la pared cuando el piso tiembla, porque nunca estuvo en la pared: estaba adentro.

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Quiero decir algo sobre la caída, porque la palabra asusta más de lo que debería.

El cuerpo nunca elimina el riesgo de caerse. Lo único que hace es cambiar la caída obvia, la caída fea, por una sucesión infinita de micro-caídas corregidas en tiempo real. Estás, técnicamente, cayendo todo el tiempo, sólo que caés tan despacio, en tantas direcciones alternadas, que el resultado final es quedarte parado. Quedarte parado no es lo opuesto de caerse. Es una forma disciplinada de caerse sin parar, que nunca termina de tocar el suelo.

Creo que pasa lo mismo con casi todo lo que llamamos estable en la vida adulta. El matrimonio que dura no es el matrimonio sin crisis. Es el matrimonio donde las pequeñas caídas de sentido, de deseo, de paciencia, se corrigen antes de convertirse en una caída grande —y a veces se corrigen demasiado tarde, y ahí viene el golpe de verdad, y las dos personas se miran sin entender cómo llegaron ahí, porque nunca notaron ninguna de las cien micro-caídas anteriores.

*

Una vez volaba, turbulencia fuerte, de esas que hacen que gente que nunca reza empiece a rezar bajito. Miré alrededor. Media cabina agarrada al apoyabrazos, ojos cerrados, respiración corta. Y, en el pasillo, una azafata caminando —despacio, pero caminando— sirviendo agua como si el piso no se estuviera moviendo debajo de ella.

No era coraje. Era entrenamiento. Su cuerpo había, con los años, recalibrado qué cuenta como piso inestable y qué cuenta como piso normal. La turbulencia que para mí era catástrofe, para ella era un martes cualquiera. Y ahí se me ocurrió algo incómodo: gran parte de lo que llamamos “una persona fuerte” no es alguien que sienta menos miedo. Es alguien cuyo sistema de referencia sobre qué es una amenaza real fue recalibrado por la repetición, por la exposición, por todos los pasillos que tuvo que caminar sirviendo agua mientras el avión se sacudía.

Eso cambia la pregunta que solemos hacer sobre la gente que “aguanta todo”. No es “cómo hace para no sentirlo”. Es “cuánta turbulencia ya voló sin que nadie de afuera notara el esfuerzo”. Y la respuesta, casi siempre, es: mucha más de la que parece justo.

*

Hay otra escena, más silenciosa, que me pasó a mí, y no la iba a contar, pero el texto la pidió.

Hace unos años, en una etapa difícil, me di cuenta de que estaba haciendo, todo el día, un tipo de ajuste que nunca había notado antes: sonreír un poco antes de la hora de sonreír, decir que sí un poco antes de estar realmente de acuerdo, adelantar la respuesta que el otro esperaba para no tener que sostener la incomodidad de una respuesta verdadera. Todo un equilibrio entrenado, eficiente, dedicado a que nadie notara que, por dentro, algo temblaba sin parar.

Funcionó por bastante tiempo. Hasta el día en que descubrí el precio: me había vuelto tan bueno compensando el desequilibrio interno que casi me olvido de que existía. Y fue recién cuando paré —literalmente cancelé la agenda de un día entero, me quedé en silencio, solo— que sentí el temblor que venía siendo compensado hacía meses. Fue incómodo de la manera en que sólo es incómodo aquello que evitaste sentir durante demasiado tiempo.

Lo que aprendí con eso, y que hoy devuelvo en casi todas las sesiones, es esto: el objetivo nunca fue no temblar nunca. Es percibir el temblor lo bastante temprano como para elegir el ajuste, en vez de dejar que el ajuste se vuelva un hábito escondido, décadas de compensación automática disfrazada de personalidad.

Hay una parte de esto que me costó más entender, y hoy pienso que importa más que la primera.

Quedarse parado no siempre es la respuesta correcta.

Existe un tipo de equilibrio que nace de adentro hacia afuera: una elección consciente sobre qué vale la pena sostener, y por qué. Y existe otro, mucho más común, que nace de afuera hacia adentro: una habilidad aprendida para que nunca se caiga nada, cueste lo que cueste. De lejos, los dos parecen exactamente lo mismo. Alguien que aprendió a compensar todo, a tragarse la incomodidad, a sonreír antes de tiempo, a sostener solo la casa, el matrimonio, el equipo, su propio dolor, puede pasar la vida entera siendo elogiado por su estabilidad, cuando en realidad está gastando una energía enorme para que no se caiga algo que, hace mucho, ya debería haberse caído.

Nadie pregunta esto lo suficiente: ¿ese equilibrio que sostenés con tanta competencia todavía sirve para algo, o ya se volvió sólo un hábito de no dejar caer nada?

No todo lo que sigue parado merece seguir parado.

*

Quiero cerrar contando un día cualquiera. Fila de banco, de esas que nadie aguanta. Un señor grande adelante mío, unos ochenta años, con un bastón que más cargaba que usaba de apoyo. La fila avanzaba despacio, él dio un paso más largo para que no le sacaran el lugar, y se tambaleó. Por un segundo pensé que se caía.

No se cayó. El bastón tocó el piso en el momento justo, el brazo libre se abrió, el cuerpo encontró una diagonal imposible de prever y volvió al eje. Miró alrededor, medio avergonzado, se acomodó el saco, siguió en la fila como si no hubiera pasado nada.

Me quedé mirándolo el resto del tiempo que esperé mi turno. Pensando que ese cuerpo, con ochenta años de uso, con un bastón que casi ni servía, todavía sabía hacer, en una décima de segundo, algo que mucha gente de treinta y cinco años nunca aprendió: sentir que el desequilibrio venía, no negar que estaba ahí, y responder con el ajuste correcto antes de que se convirtiera en caída.

Él no pensó nada de esto. Sólo se quedó parado.

Y quizás lo más difícil nunca fue aprender a hacer eso. Quizás sea aprender, después de décadas haciéndolo tan bien, a reconocer el día exacto en que quedarse parado dejó de ser la respuesta correcta.

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Marcello de Souza | Coaching & Você

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