MIS REFLEXIONES Y ARTÍCULOS EN ESPAÑOL

ESO QUE LLAMÁS DESTINO PUEDE SER SOLO UN HÁBITO CON NOMBRE ELEGANTE

Hay una pregunta que aparece siempre igual, en el consultorio, en la mesa de un bar, en mensajes escritos de madrugada cuando ya no queda nadie despierto para interrumpir la sinceridad. “¿Qué quiero realmente para mi futuro?” Llega como si fuera fácil. Como si bastara cerrar los ojos, respirar hondo, y la respuesta apareciera lista, envuelta con moño.

No aparece.

Y no es porque falte claridad. Es porque sobran capas.

Naciste en un lugar que no elegiste. Una casa, una ciudad, una forma familiar de manejar el silencio en la mesa, una manera de que el dolor fuera visto o directamente ignorado. Eso no es biografía, es cimiento. Y el cimiento no se ve, porque vive abajo, sosteniendo todo lo demás sin pedirle permiso a nadie.

Ahí aprendiste, sin darte cuenta, qué era seguro decir y qué convenía guardarte. Aprendiste que llorar en público tenía un costo, o no tenía ninguno. Aprendiste que discutirle al viejo era rebeldía o era salud, según la casa donde te tocó caer, sin elegir aterrizaje ni horario. Nadie te sentó con calma a explicarte nada de esto. Lo absorbiste antes de tener palabras para decir que no.

Y ahí está el error más viejo de todos: creer que esas primeras capas sos vos. No lo son. Son la materia prima con la que te presentaron a la vida. Lo que hacés con esa materia prima después, eso sí sos vos.

Fijate cómo habla la gente de su propio comportamiento. “Yo soy así.” “Siempre fui explosivo.” “Nunca pude decirle que no a nadie.” Frases dichas con el mismo tono con que describís el color de tus ojos, como si fuera un rasgo fijo, grabado en piedra.

Pero el comportamiento no es el color de ojos. El comportamiento es un camino. Y un camino, por definición, tiene bifurcaciones.

Levantás la voz cuando te contradicen porque, en algún momento lejano, levantar la voz funcionó. Trajo silencio, trajo obediencia, trajo alivio de una tensión que parecía más grande que vos. El cuerpo aprendió el atajo y lo guardó en un lugar que la razón visita poco. Años después la situación cambió por completo, pero el atajo sigue disparando solo, como una alarma que nadie se acuerda cómo apagar.

El comportamiento repetido no es personalidad. Es una solución vieja aplicada a un problema nuevo.

Hay quien le dice zona segura a esto de preferir siempre el mismo camino conocido. Llamalo como quieras. Lo que hay, en realidad, es economía. Al cerebro le da fiaca recalcular. Prefiere usar la ruta que ya demostró llevar a algún lado, aunque ese lugar te esté saliendo carísimo.

La pregunta correcta nunca es “por qué insisto en quedarme donde estoy”. La pregunta que duele, y que por eso mismo funciona, es otra: ¿qué cuenta estoy pagando hoy por seguir usando una respuesta que resolvía un problema que ya ni existe?

Y hay una segunda pregunta que casi nadie se hace, y sin la cual la primera queda coja: ¿qué estoy ganando, ahora mismo, con seguir pagando esa cuenta? Porque el hábito no se sostiene solo por vagancia. Devuelve algo a cambio: un lugar conocido para volver cuando el día fue demasiado, una certeza de quién sos cuando todo lo demás es incierto, una manera de no tener que negociar con nadie lo que ya sabés hacer con los ojos cerrados. Nadie cambia un hábito caro por las suyas hasta que no nombra, con honestidad, qué recibe a cambio de mantenerlo.

Después vienen las habilidades. Y ahí la trampa es sutil, casi elegante, de esas que solo notás mirando para atrás.

Sos bueno en algo. Buenísimo, incluso. Y el mundo te lo reconoce: elogio, sueldo, ese orgullo en la voz de quien te presenta en una reunión como “la persona que resuelve todo”. El problema empieza cuando la habilidad se convierte en jaula. Cuando seguís haciendo lo mismo, año tras año, no porque todavía te haga sentido para la persona en la que te estás convirtiendo, sino porque ahí brillás, ahí te aplauden, ahí nadie se anima a cuestionarte.

Hay gente encerrada en una carrera entera porque es demasiado competente para irse y demasiado insegura para admitir que competencia nunca fue lo mismo que vocación.

Ser bueno en algo nunca fue garantía de que eso todavía sirva a tu propósito. A veces es al revés: cuanto mejor te ponés en una dirección equivocada, más difícil se vuelve admitir el desvío, y más difícil todavía decírselo a otro.

Las creencias son la capa más traicionera porque casi nunca se presentan como creencia. Se presentan disfrazadas de verdad.

“La plata no cae del cielo.” “El que confía de más, se decepciona.” “La familia no se elige, se aguanta.” Frases así circulan hace generaciones, dichas con tono de sabiduría heredada, cuando en realidad la mayoría de las veces son solo una cicatriz vieja que aprendió a hablar en forma de refrán para sonar más respetable.

Una creencia nunca nace de la observación neutral del mundo. Nace de una experiencia puntual, casi siempre dolorosa, que después se generalizó para protegerte de sentir eso mismo otra vez. Funciona como blindaje. El problema del blindaje es que no distingue amenaza de oportunidad: bloquea cualquier cosa que se parezca, aunque sea de lejos, a lo que una vez dolió.

Entonces rechazás una propuesta buena porque, en el fondo, “a gente como yo no le pasan estas cosas”. Rechazás un amor disponible porque “el que se entrega de más, termina perdiendo, siempre fue así”. La creencia no da lugar a discusión. Actúa primero, y recién después inventa la justificación que suena razonable.

Y el blindaje también paga algo a cambio, por eso cuesta tanto soltarlo. Rechazar la propuesta buena te ahorra el riesgo de intentar y fallar frente a otros. Rechazar el amor disponible te ahorra el riesgo de exponerte de nuevo. La creencia más limitante suele ser, al mismo tiempo, el seguro más barato contra un dolor que ya conocés de memoria. Nadie cancela una póliza sin antes admitir, para sí mismo, contra qué lo estaba protegiendo.

Tal vez la capa más graciosa, si es que se puede reír de esto sin sentirse expuesto, sea la imagen que proyectás para afuera.

Todo el mundo cultiva una versión de sí mismo para circular por ahí. Es normal, nadie se salva. El problema empieza cuando esa versión se vuelve personaje fijo, cuando sostener la fachada te consume más energía que la vida que se supone que esa fachada representa.

Seguramente conocés a alguien así. Se pasa la vida entera sosteniendo la imagen de “tengo todo bajo control”, sin dejar nunca que nadie vea la grieta debajo del barniz. Sostener esa fachada da trabajo. Un trabajo invisible, agotador, que no entra en ningún currículum, pero que se lleva una parte enorme de la energía que podrías usar para vivir de verdad, en vez de solo aparentarlo.

La pregunta que incomoda acá es directa: ¿cuánto de tu rutina existe para que vos vivas, y cuánto existe solo para mantener la certeza ajena de que todo está bien?

Y están los vínculos. Esta es la capa que más se resiste a ser revisada, porque cuestionarla parece traición, aunque no lo sea.

Sostener un vínculo por inercia, por miedo a lastimar, por una culpa vieja de la que ya nadie recuerda el origen, no es lealtad. Es acumulación. Y la acumulación, tarde o temprano, cobra con intereses.

Cargás relaciones que ya no tienen sentido por el mismo motivo que guardás muebles rotos: porque un día sirvieron, porque tienen historia, porque soltar se siente como ingratitud con alguien que fue importante. Pero el vínculo no es pieza de museo para conservar intacta. El vínculo vivo se transforma, se actualiza, se cuestiona sin derrumbarse por eso. El vínculo que solo sobrevive porque nadie tiene el coraje de cerrarlo, ya murió. Solo que todavía no tuvo un entierro como corresponde.

Hay una capa que casi nunca entra en esta cuenta y debería ir primero: el cuerpo.

Antes de cualquier creencia, antes de cualquier discurso lindo sobre quién sos, el cuerpo ya decidió buena parte de la respuesta. El hombro que se te sube solo cuando suena el teléfono con el nombre del jefe. La garganta que se aprieta antes de que puedas siquiera explicar por qué. El insomnio que aparece tres noches antes de una decisión importante, como si el organismo ya supiera algo que la mente todavía está negociando consigo misma.

Gente muy inteligente pasa años tratando de resolver en el papel lo que el cuerpo viene gritando hace rato. Hace planes, hace listas, se anota en cursos de fin de semana, e ignora el síntoma más obvio: el cuerpo negándose a seguir sosteniendo una vida que ya no coincide con la persona en la que se convirtió. El cuerpo no miente. Lo que pasa es que no habla el idioma que aprendimos a tomar en serio.

Y hay una última capa, casi invisible, que atraviesa a todas las demás sin pedir permiso: el tiempo que estás dispuesto a esperar antes de actuar.

Hay quien pospone cualquier decisión hace diez años y le dice prudencia. Hay quien cambia de rumbo cada seis meses y le dice coraje. Ninguna de las dos cosas, sola, resuelve nada. La pregunta no es si hay que esperar o actuar rápido. La pregunta es: ese plazo que te estás dando, ¿sirve para madurar la decisión, o solo sirve para estirar la incomodidad de tener que decidir?

Un plazo se convierte en excusa el día que deja de tener fecha. Se convierte en sabiduría cuando tiene una función clara y un final marcado.

En las relaciones esto pesa de un modo particular, porque ahí es donde las capas de uno se encuentran con las capas del otro, y todo se vuelve más visible, o más confuso, según el coraje disponible ese día.

¿Alguna vez discutiste con alguien por algo que, visto desde afuera, era demasiado chico como para justificar tanta reacción? Probablemente no era por eso. Era una creencia vieja siendo tocada, una imagen sintiéndose amenazada, un vínculo antiguo pidiendo algo que la discusión ni siquiera sabía nombrar. La gente rara vez pelea por lo que dice que está peleando. Pelea por una capa que quedó expuesta sin avisar.

Una relación sana no es la que nunca expone ninguna capa. Es la que permite exponerla sin que eso se convierta en guerra.

Necesito ser honesto con algo antes de seguir, porque fingir lo contrario sería mentir disfrazado de inspiración: no todas las capas pesan igual para todo el mundo, y hacer como si pesaran igual es una forma elegante de mentir.

Hay gente auditando sus creencias mientras todavía está decidiendo si paga el alquiler o la luz este mes. Para esa persona, “revisar el vínculo que ya no sirve” puede significar perder el único trabajo que sostiene la casa, y “cambiar de rumbo” puede no ser coraje, puede ser un lujo que directamente no tiene disponible ni en la cuenta bancaria ni en la agenda. El ambiente, en ese caso, no es solo cimiento psicológico. Es pared de verdad, con dirección, con sueldo, con una puerta que no se abre para cualquiera.

Eso no invalida la auditoría. Solo le cambia el precio. Para quien tiene margen, la capa más difícil suele ser la interna: la creencia, la imagen, el miedo disfrazado de prudencia. Para quien no tiene margen ninguno, la capa más difícil a veces es la más concreta, y ninguna pregunta linda mueve eso de un día para el otro. Lo que sí cambia, incluso sin margen para grandes decisiones, es la lucidez sobre qué capa es elección y qué capa es cerco. Una cosa es cargar un peso porque la vida todavía no ofreció otra salida. Otra, bien distinta, es cargar el mismo peso por costumbre, décadas después de que la salida ya apareció y vos decidiste no verla.

Juntá todo esto: el ambiente que te formó, el comportamiento que se hizo hábito, la habilidad que se hizo jaula, la creencia que se hizo blindaje, la imagen que se hizo fachada, el vínculo que se hizo obligación disfrazada de cariño, y tenés una persona entera funcionando en piloto automático, convencida de que elige cuando, la mayor parte del tiempo, solo está repitiendo con total convicción.

Repetir no es neutral. Repetir tiene costo. Y el costo más alto de todos es confundir repetición con destino, como si lo que siempre fue tuviera que seguir siendo solo porque ya duró bastante.

Ahora, lo que debería coser todo esto junto es algo que casi nadie nombra bien: el eje.

Hay quien confunde eje con meta. No es lo mismo, aunque parezcan mellizas a primera vista. La meta es el próximo cargo, el próximo contrato, el próximo logro que se puede postear con una linda descripción. El eje es lo que hace que esos logros conversen entre sí, o que no conversen nada.

Sin eje, cada victoria es una isla sola en medio del océano. Llegás, festejás tres días, y después sentís ese vacío raro que nadie te avisa que aparece justo después del éxito, como resaca de una fiesta buena. Con eje, cada victoria se convierte en capítulo de una historia que tiene sentido, aunque todavía no sepas explicarla en voz alta.

Y acá está el punto que suele incomodar a quien prefiere un plan de acción rápido antes que una pregunta molesta: antes de cualquier meta nueva, el trabajo más urgente es auditar las capas. Preguntarse, sin anestesia, qué de todo eso todavía sirve a la persona que querés ser, y qué es solo hábito viejo disfrazado de identidad nueva, tratando de pasar sin que nadie lo note.

Esto exige un tipo de atención que la mayoría evita, porque la atención de verdad duele un poco. No la atención de quien escucha esperando su turno para responder. La atención de quien escucha para ver de verdad, incluyéndose a sí mismo, incluyendo las partes que preferiría no encontrarse.

Mirar hacia adentro sin anestesia no es meditación de aplicación, no es retiro de fin de semana, no es frase linda colgada en la pared. Es sentarse con la incomodidad de darte cuenta de que buena parte de lo que llamás “yo” lo armó otra persona, en otro momento, resolviendo un problema que a lo mejor ya ni existe fuera de tu cabeza.

Dentro de las empresas esto se vuelve todavía más visible, y más difícil de nombrar, porque hay cargo, hay meta trimestral, hay reunión de resultados atravesando justo la pausa que hacía falta para pensar. Ejecutivos enteros construyen carreras sólidas sobre una habilidad que los aprisiona, sostienen una imagen de fortaleza que nadie cuestiona porque cuestionar da trabajo y mueve la jerarquía, mantienen vínculos profesionales solo porque romperlos parecería debilidad en una cultura que trata cualquier señal de duda como fracaso.

El líder que finge tener todo resuelto está pagando, con intereses compuestos, una fachada cada vez más cara de sostener. Y quienes trabajan al lado lo sienten antes de poder explicarlo con palabras, porque la gente percibe la incoherencia mucho antes de saber nombrarla con precisión.

Todo un equipo aprende, por ósmosis, qué se puede decir en esa sala y qué no. No porque alguien lo haya escrito en un cartel de cultura organizacional colgado en el pasillo. Porque el liderazgo demostró, una y otra vez, qué capa estaba permitida mostrar y cuál tenía que quedarse escondida detrás de la sonrisa profesional de siempre. La cultura no es lo que está escrito en la pared. Es el patrón de capas que el liderazgo autoriza, muchas veces sin darse cuenta de que está autorizando algo.

Podés seguir llamando a todo esto personalidad fija, “así soy yo, siempre fui así”. Va a seguir funcionando, del mismo modo torpe en que funcionó hasta ahora, sin pedirte nada nuevo.

podés hacerte la pregunta que de verdad incomoda, sabiendo que le cuesta distinto a cada uno: ¿cuáles de estas capas elegí de verdad, con el margen que tenía disponible, y cuáles solo heredé sin haber tenido nunca una oportunidad real de decir que no?

La respuesta no llega rápido. Tal vez ni siquiera necesite llegar ahora, hoy, en esta lectura.

Pero la pregunta, esa, ya no se va más.


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