MIS REFLEXIONES Y ARTÍCULOS EN ESPAÑOL

¿QUÉ PASA CON LO QUE NUNCA TERMINA?

Sobre el valor de la finitud en una época que abolió los finales

Agarraste el celular para ver la hora. Cuarenta minutos después, seguís ahí, el pulgar empujando la pantalla hacia arriba como quien rema en un lago sin orilla. No pasó nada grave. Nadie te sacó nada. Y aun así queda ese gusto raro de haberte ido de un lugar sin haber estado nunca en él.

¿Cuándo fue la última vez que algo terminó de verdad en tu vida?

No hablo de las grandes rupturas, el despido, el duelo, la mudanza a otra ciudad. Hablo de las pequeñeces. Un capítulo que se terminó y dejó el living en silencio, sin la cuenta regresiva empujándote el siguiente. Una charla que se cerró con un chau, y no con dos tildes azules colgando en el aire. Un disco que llegó al final del lado B y obligó a alguien a levantarse del sillón, cruzar el cuarto y decidir si quería más. Una jornada de trabajo que tenía puerta de salida.

Fijate cuánto tarda en aparecer la respuesta.

*

Hace años que escucho, en empresas, en el consultorio, en mesas de bar, la misma queja vestida con ropas distintas. Falta tiempo. Falta foco. Falta energía. Todo el mundo corriendo detrás de un recurso que parece evaporarse entre los dedos. Y yo fui, durante mucho tiempo, cómplice de ese diagnóstico. Ayudé a gente a ordenar agendas, a cortar distracciones, a priorizar. Funcionaba un poco. Después, volvía todo.

Hasta que empecé a desconfiar de la pregunta.

Yo pienso, hoy, que no nos falta tiempo. Nos falta final. Perdimos el borde de las cosas. Y sin borde, nada tiene forma. Un dibujo solo existe porque en algún lugar la línea se detiene. Un río solo corre porque tiene márgenes; sacale las márgenes y no queda libre, se vuelve bañado. El agua sigue ahí, toda, abundante, y ya no lleva nada a ningún lado.

Así está viviendo mucha gente. Con toda el agua del mundo. Estancada.

*

Hay una ironía cruel en el espíritu de esta época, y merece que la miremos con calma. Nunca hablamos tanto de escasez y nunca vivimos tan rodeados de cosas que no se terminan. El feed no termina. La serie engancha la temporada siguiente antes de que suban los créditos. La bandeja de entrada se renueva mientras respondés. El almacenamiento en la nube es prácticamente infinito, y por eso nadie borra una sola foto; tenemos miles de imágenes de un único atardecer y ningún recuerdo de él. La reunión termina, y la conversación sigue en el grupo. La jornada termina, y la notebook se viene con vos a la mesa de la cocina.

Al mismo tiempo, todo grita urgencia. “La oferta termina en 09:59.” “Quedan solo 3 unidades.” “Última oportunidad.” Recargás la página y el reloj arranca de cero, cínico, sin la menor vergüenza.

¿Ves la combinación? Nos metieron en un régimen donde lo infinito y la alarma conviven. Nada termina, y todo se está terminando. La vida real perdió el punto final, mientras el mercado aprendió a fabricar finales truchos para vendernos la sensación que nos sacó.

Quizás por eso nos sentimos tan cansados sin haber hecho tanto. El cuerpo no sabe distinguir muy bien la urgencia fabricada de la verdadera. Solo registra que la sirena no se apaga.

*

Hay una diferencia que casi nadie hace, y que a mí me cambió todo. Escasez y finitud no son lo mismo.

La escasez es una presión. Viene de afuera, aprieta, nos hace querer lo que quizás ni queremos. Es la lógica de la última porción de pizza en la caja, que nadie deseaba hasta darse cuenta de que era la última. Es la persona que recién empezó a interesar cuando dejó de contestar rápido. La escasez funciona, y funciona muy bien. Ilumina el objeto, distorsiona su tamaño, acelera el pulso. El que trabaja en ventas lo sabe. El que se enamoró de alguien no disponible, también.

La finitud es otra cosa. No aprieta; dibuja. No dice “apurate, se acaba”. Dice, en voz baja, “esto tiene un tamaño”. Y es ese tamaño el que permite que algo se vea entero.

Hay algo que me parece decisivo acá: la escasez nos hace querer más. La finitud nos permite tener lo suficiente.

Cuando confundimos las dos, pasa un desastre silencioso. Empezamos a tratar la propia vida como una oferta relámpago. “Aprovechá cada momento.” “Viví intensamente.” “El tiempo no vuelve.” Y allá vamos, convirtiendo el fin de semana en una maratón, las vacaciones en una lista de pendientes, la cena con amigos en una sesión de fotos para demostrar que estuvimos. Escuchamos que la vida es breve y respondemos con más velocidad, como quien descubre que el puente es angosto y decide cruzarlo corriendo.

El apuro nunca fue una forma de honrar lo que se termina. Es una forma de no sentir que se termina.

*

Me acuerdo de una ejecutiva, la voy a llamar Helena, que llegó a una sesión diciendo que ya no lograba sentir placer en nada de lo que concluía. Entregaba proyectos enormes, cerraba contratos, recibía elogios. Y nada aterrizaba. Le pregunté qué hacía el día siguiente a una gran entrega. Se rió. “¿El día siguiente? Esa misma tarde ya estoy en el próximo.”

No había intervalo. No había un gesto, un almuerzo, una pausa que dijera “esto terminó”. El proyecto no se terminaba; simplemente era reemplazado. Y algo que es reemplazado, en vez de concluido, no llega a existir del todo dentro nuestro. Queda como esos archivos descargados a medias, ocupando espacio, imposibles de abrir.

Sospecho que buena parte del agotamiento que veo en las organizaciones nace justo ahí. No del exceso de trabajo, aunque exista. De la ausencia de cierre. La mente humana necesita un último capítulo para guardar el libro en el estante. Sin él, el libro queda abierto sobre la mesa, y después otro, y otro, hasta que la mesa entera desaparece debajo de historias sin desenlace, y la persona ya no sabe ni por dónde empezar a ordenar.

Equipos que nunca celebran una entrega porque la próxima sprint ya arrancó. Líderes orgullosos de estar siempre disponibles que no se dan cuenta de que, al abolir su propio fin de jornada, abolieron también el del equipo. Metas trimestrales que se vuelven mensuales, después semanales, hasta que el calendario entero se convierte en un único día largo, sin noche.

La noche, dicho sea de paso, es un invento generoso. Dice que algo terminó, aunque nada se haya resuelto.

*

Lo que nadie dice es que tenemos una razón bien íntima para escaparle a los finales.

El final obliga a mirar la forma de lo vivido. Y a veces la forma es chica.

Mientras la relación no termina, puede ser cualquier cosa. Puede ser la gran historia, la que todavía se va a acomodar, la que está “dándose un tiempo”. Mientras el proyecto no cierra, todavía puede ser el proyecto de tu vida. Mientras la carrera no tiene un hito de cierre, todavía se puede creer que el mejor capítulo está a la vuelta de la esquina. Lo infinito es cómodo porque posterga el juicio. Nadie tiene que decir “fue esto”. Nadie tiene que enfrentar el tamaño real de sus propias elecciones.

Creo que por eso tanta gente prefiere desaparecer antes que terminar. Desaparecer es un final sin forma. No tiene frase de despedida, no tiene mirada, no tiene la incomodidad de decirlo en voz alta. La charla simplemente se enfría, como un café olvidado en la mesa. Y el que queda del otro lado pasa semanas con una puerta golpeando con el viento, sin saber si cerrarla o esperar.

Un adiós duele. Su falta duele más tiempo.

¿Y si desafiáramos este hábito y empezáramos a terminar las cosas con la misma dignidad con que las empezamos? Un proyecto cerrado con una conversación sobre lo que fue. Una amistad que se alejó, reconocida con un mensaje honesto en vez de un silencio cobarde. Una jornada de trabajo que termina con el gesto físico de cerrar la computadora y dejarla en otro ambiente. Cosas chiquitas, casi ridículas. Y cada una le devuelve a la vida un poco de contorno.

*

Hay un momento, en general cerca de los cuarenta, a veces antes, a veces mucho después, en que uno se da cuenta de algo que ninguna charla motivacional se anima a decir. No va a ser todo.

No va a vivir en todos los países que imaginó. No va a aprender piano, ni japonés, no va a escribir ese libro, ni abrir ese restaurante, quizás ni llegue a releer los clásicos que prometió releer. La lista de vidas posibles, que en la juventud parecía infinita, empieza a achicarse. Y eso suele llegar como una crisis.

Yo lo veo de otra manera. Ese es el momento en que la vida por fin tiene cara.

Mientras todo es posible, nada es tuyo. Sos una especie de vidriera de alternativas, linda y vacía. Cuando aceptás que muchas puertas no se van a abrir, las pocas que quedan dejan de ser opciones y pasan a ser elecciones. Y elegir es siempre, en alguna medida, enterrar las vidas que no se van a vivir. Hay duelo en eso. Hay también una libertad que solo conoce quien atravesó ese duelo: la de dejar de compararse con todas las versiones imaginarias de uno mismo y empezar a habitar la única que existe.

La madurez, sospecho, no es tener más. Es conocer el tamaño del propio patio y cuidarlo como si fuera el mundo. Porque lo es.

*

Vuelvo a la mesa de los domingos de mi infancia. Torta de harina de maíz, café colado en filtro de tela, la familia entera hablando al mismo tiempo. Nadie sacaba fotos. No había forma de guardar ese olor, ese bochinche, la voz de mi abuela quejándose del azúcar. Y justamente porque no había forma de guardarlo, estábamos ahí. Enteros. Con la boca llena y los ojos atentos.

Hoy podemos guardar casi todo. Y quizás ese sea el problema. Cuando sabemos que podemos volver a verlo, dejamos de verlo. La cámara del celular se volvió una especie de promesa de eternidad que nos habilita a no estar presentes. Filmamos el recital entero y lo miramos por la pantallita, a un metro del escenario. Grabamos el primer paso de nuestro hijo y nos perdemos su cara en el instante del paso, porque estábamos ocupados encuadrando.

Intentar volver permanente lo que es pasajero no salva la cosa. Mata la experiencia de ella.

Nadie tiene que tirar el celular al río. La cuestión es más sutil. Lo fugaz pide un tipo específico de atención, una atención que solo aparece cuando aceptamos que no habrá segunda oportunidad. La luz del final de la tarde en la pared del living dura unos siete minutos. El que intenta fotografiarla casi siempre la pierde. El que se queda mirando, callado, la lleva consigo el resto de la vida, aunque no sepa describirla.

*

Quizás lo más lindo de los límites es que nos devuelven la escala humana.

Un cuerpo que se cansa. Un día que oscurece. Una charla que tiene que terminar porque el otro tiene que ir a buscar a los chicos al colegio. Un verano que se vuelve otoño sin pedir permiso. Durante mucho tiempo tratamos esas fronteras como fallas de diseño, cosas a superar con más tecnología, más productividad, más estímulo. Construimos un mundo que funciona las veinticuatro horas, donde siempre se puede comprar, responder, mirar, trabajar, consumir. Y descubrimos, un poco tarde, que la gente no funciona así.

La gente necesita punto final para entender la frase.

Esto vale para quien lidera, y vale de una forma que pocas empresas captaron. Una cultura organizacional sana no es la que saca todos los límites; es la que dibuja buenos límites. Reuniones con hora de cierre que de verdad cierran. Proyectos con ceremonia de cierre, no solo de lanzamiento. Espacio para que alguien diga “esto no lo vamos a hacer”, y que esa renuncia sea tratada como lucidez y no como debilidad. Un equipo que aprende a cerrar ciclos aprende, de paso, a percibir lo que construyó. Y el que percibe lo que construyó vuelve al próximo desafío con suelo bajo los pies, y no con un agujero de vacío que hay que tapar con la próxima meta.

El líder que entiende esto deja de vender urgencia. Pasa a ofrecer forma.

*

Solo que acá hay un riesgo, y es seductor.

Hablar de la belleza de los límites puede volverse una estética de consumo más. La taza rajada vendida a precio de antigüedad. El minimalismo de catálogo, con tres objetos carísimos en un cuarto blanco. La melancolía fotogénica de las hojas secas en la vereda, posteada con filtro sepia. Convertir la finitud en estilo es una manera elegante de seguir escapándole. Porque el final de verdad no es lindo todo el tiempo. A veces es solo triste. A veces es injusto, llega demasiado pronto, se lleva a quien no debía irse.

La pérdida no pide romance. Pide ser reconocida.

La belleza que ofrecen los límites no es la del adorno. Es la de la nitidez. La de ver algo con contorno, entero, con principio, medio y final, y poder decir: esto existió, y yo estaba acá. Esa belleza a veces viene con dolor. Y el dolor, en esos casos, es la prueba de que hubo algo lo bastante real como para doler.

Lo que nunca duele es lo infinito. Solo cansa.

*

Me quedo pensando en cuántas cosas, en este preciso momento, están pasando por última vez en tu vida sin que lo sepas.

La última vez que alguien te va a llamar por ese apodo de la infancia. La última charla larga con un amigo antes de que la vida los desparrame por ciudades distintas. El último verano en que tus viejos todavía van a tener ganas de ir a la playa. El último proyecto con ese equipo que, sin que nadie lo note, ya se está desarmando. No hay aviso. La vida rara vez anuncia sus finales. Solo los deja suceder, y nos enteramos después, mirando para atrás.

No se puede vivir en estado de alerta por eso. Sería insoportable. Tampoco se puede hacer de cuenta que no es así.

Entre la desesperación y la negación existe un tercer lugar, más difícil de habitar, y es donde me gustaría estar más seguido. Es el lugar de quien sabe que las cosas terminan y, por saberlo, deja de apurarse. Mira con más calma. Dice lo que hay que decir ahora, porque no confía tanto en el después. Deja que las charlas terminen cuando terminan. Cierra las puertas que hay que cerrar, con la mano, sin dar portazos. Y acepta que el propio día tenga una hora en que ya fue suficiente.

*

Esta noche, cuando el trabajo haya terminado, o cuando vos decidas que terminó, probá algo simple. Cerrá la notebook. No la dejes suspendida, con la lucecita titilando en el costado. Apagala. Dejá el celular en otro ambiente media hora. No para meditar, no para ser productivo en el descanso, no para cumplir una tarea más de bienestar. Solo para sentir cómo es cuando algo termina.

Va a haber una extrañeza al principio. Un vacío que parece ansiedad. La mano buscando el aparato en el bolsillo. Quedate ahí igual.

La pantalla se apaga.

Y el living, que estuvo ahí todo el tiempo, aparece.

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