MIS REFLEXIONES Y ARTÍCULOS EN ESPAÑOL

SÍNTOMAS A HONRAR, VERDADES A ENFRENTAR

Existe una arquitectura invisible que gobierna el modo en que habitamos el tiempo. No se trata de gestión del tiempo, productividad o equilibrio; esos son apenas síntomas de una cuestión mucho más profunda y raramente investigada. Se trata del modo en que construimos puentes entre el ahora y lo que aún no existe, entre la experiencia vivida y la experiencia imaginada, entre el ser que somos y el ser que tememos llegar a ser. Y es en esa construcción, en ese espacio intermedio entre lo real y lo posible, donde se revelan tres modos distintos de colapso: la preocupación, la ansiedad y el estrés.

Pocos comprenden que estos no son solamente estados emocionales o respuestas fisiológicas catalogables. Son formas de estar-en-el-mundo, estrategias existenciales, arquitecturas cognitivas que determinan no solo cómo nos sentimos, sino fundamentalmente cómo nos relacionamos con la propia posibilidad de futuro. Y, más sorprendente aún: son fenómenos profundamente relacionales que se propagan en los sistemas humanos como virus silenciosos, contaminando organizaciones enteras, vínculos afectivos y estructuras familiares.

La preocupación es el primer movimiento de esa danza con lo inexistente. Nace de una percepción legítima: hay algo por delante que exige atención, cuidado, anticipación. Es la mente reconociendo que el presente lleva en sí semillas de futuros posibles y que algunas de esas semillas necesitan ser cultivadas o impedidas de germinar. Hasta aquí, nada extraordinario. El ser humano siempre ha sido esa criatura extraña capaz de vivir simultáneamente en múltiples temporalidades, proyectándose más allá del instante.

Y es justamente aquí donde la preocupación revela algo fascinante sobre nuestra arquitectura relacional: siempre está dirigida a alguien. Nos preocupamos por alguien, para alguien, delante de alguien. Incluso cuando el objeto parece individual —una decisión laboral, una cuestión de salud, un proyecto personal— siempre opera en las sombras una dimensión relacional. Preocuparse es una forma de decir: «Yo me importo a mí mismo porque importo a los otros; hay algo en mí que necesita ser preservado o transformado para que ciertos vínculos, ciertas posibilidades de conexión, sigan siendo viables».

Y es justamente aquí donde reside el primer gran equívoco sobre la preocupación. La tratamos como fenómeno interno, privado, individual. Olvidamos que toda preocupación es también una declaración sobre el mundo que habitamos junto a otros, sobre las expectativas que estructuran nuestros vínculos, sobre los contratos invisibles que nos mantienen atados. Cuando alguien se preocupa en exceso, rara vez se trata solo de «pensamientos negativos»: casi siempre es síntoma de una ecología relacional tóxica en la que la preservación del yo depende de la anticipación obsesiva de demandas, aprobaciones y validaciones externas.

En las organizaciones esto se manifiesta de forma aún más perversa. La cultura de la preocupación excesiva no es accidente: es diseño. Es el modo en que sistemas deshumanizados garantizan que los individuos permanezcan hipervigilantes, anticipando amenazas sin cesar, escaneando el horizonte en busca de señales de peligro y performando cuidado y dedicación mediante la exhibición visible de inquietud. «Estoy preocupado por este proyecto» se convierte en código para «Estoy comprometido, soy confiable, merezco estar aquí». La preocupación se transforma en moneda de cambio, en performance de pertenencia.

He aquí que algo ocurre cuando esa arquitectura comienza a colapsar. Cuando la preocupación pierde su objeto claro, su anclaje en lo real, su capacidad de resolverse en acción. Es en ese momento cuando se transmuta en ansiedad, y entramos en un territorio mucho más sombrío y mucho menos comprendido.

La ansiedad no es simplemente preocupación intensificada. Es una ruptura ontológica, una fractura en la relación entre el sujeto y el tiempo. Si la preocupación es un puente entre presente y futuro, la ansiedad es la experiencia de quedar suspendido en el vacío de ese puente, sin suelo bajo los pies, sin horizonte visible. El futuro deja de ser posibilidad y pasa a ser amenaza difusa, omnipresente, irrepetible. Ya no es «algo malo puede suceder»; es «todo está a punto de derrumbarse y no sé qué, ni cuándo, ni cómo».

Lo que hace a la ansiedad particularmente devastadora es su naturaleza autorreferencial. Se alimenta de sí misma, crea realidades paralelas, fabrica evidencias de su propia necesidad. La persona ansiosa no solo se preocupa por futuros posibles: habita esos futuros como si ya fueran reales, experimenta el sufrimiento anticipado como sufrimiento presente y luego sufre también por estar sufriendo, generando capas infinitas de angustia sobre angustia.

He aquí lo que casi nunca se discute sobre la ansiedad: también es una forma ilusoria de control. Un intento desesperado de colonizar el futuro mediante el pensamiento, de volver lo incierto mínimamente previsible mediante la simulación mental exhaustiva de escenarios. «Si pienso en todas las posibilidades malas, si me preparo para todos los desastres imaginables, tal vez logre evitarlos o al menos no me pillen desprevenido». Es una lógica mágica, un intento de negociar con lo imprevisible mediante la anticipación obsesiva.

Y aquí reside una verdad incómoda: sociedades enteras pueden funcionar bajo este régimen ansioso. Organizaciones donde nadie sabe exactamente qué se espera de ellos, pero todos saben que el fracaso es inadmisible. Familias donde el amor está condicionado al rendimiento, pero las reglas de ese rendimiento nunca se explicitan. Relaciones donde la seguridad depende de leer correctamente señales ambiguas, de anticipar necesidades no verbalizadas, del esfuerzo constante por no decepcionar expectativas que jamás fueron comunicadas con claridad.

La ansiedad siempre es síntoma de sistemas opacos: reglas que existen pero no son transparentes, consecuencias graves pero impredecibles, pertenencia siempre en negociación pero con criterios ocultos. No es casualidad que las tasas de ansiedad exploten en sociedades hipercompetitivas, en organizaciones con culturas tóxicas, en vínculos donde la autenticidad fue sacrificada para mantener una imagen.

Y luego está el estrés: el más incomprendido de los tres. Generalmente tratado como simple respuesta fisiológica, como si se redujera a hormonas y sistema nervioso reaccionando a demandas externas. Pero el estrés es mucho más. Es el cuerpo diciendo lo que la mente aún no logró formular. Es la experiencia visceral de estar atrapado en situaciones insostenibles donde todas las salidas están bloqueadas, donde la acción se volvió imposible, pero la huida también.

El estrés no trata del exceso de demandas: trata de la imposibilidad de respuesta adecuada. Puedes tener una agenda repleta y sentirte energizado, productivo, incluso feliz. Pero si estás atrapado en un contexto donde lo que te exigen contradice lo que eres, donde cada acción traiciona una parte esencial de ti mismo, donde debes fragmentarte para sobrevivir: ahí hay estrés. No por el volumen, sino por la incoherencia. No por la cantidad, sino por la violencia existencial de estar permanentemente en contradicción consigo mismo.

Y aquí llegamos al núcleo de la cuestión que nadie osa formular: el estrés crónico no es falla individual. Es diagnóstico sistémico. Es el cuerpo haciendo visible lo que las estructuras sociales, organizacionales y relacionales intentan mantener invisible: la insostenibilidad de ciertos modos de vida, la violencia de ciertas expectativas, la deshumanización de ciertos arreglos.

Cuando un ejecutivo desarrolla hipertensión no porque trabaje mucho, sino porque debe performar valores que desprecia en una cultura que viola todo lo que él cree: eso es estrés como síntoma de incoherencia existencial. Cuando una madre colapsa no porque tenga hijos, sino porque debe sostener sola una estructura que debería ser colectiva mientras performa gratitud por «poder tenerlo todo»: eso es estrés como denuncia de un sistema que miente sobre sí mismo.

Lo que rara vez se comprende es que estos tres estados forman un continuum, una progresión, una arquitectura de deterioro. Empezamos con preocupaciones legítimas que, en contextos relacionales y organizacionales disfuncionales, no encuentran resolución. Esas preocupaciones no resueltas se acumulan, se amplifican por sistemas opacos y demandas contradictorias, y se transmutan en ansiedad: el futuro deja de ser navegable y se vuelve amenaza difusa. Y cuando la ansiedad se instala, cuando habitamos permanentemente ese estado de alerta sin objeto, el cuerpo colapsa: estrés crónico, falla de los sistemas adaptativos, agotamiento de los recursos internos.

La pregunta que realmente debería quitarnos el sueño es: ¿por qué normalizamos esta progresión? ¿Por qué construimos vidas, organizaciones y sociedades enteras estructuradas sobre esta arquitectura de colapso? ¿Por qué tratamos como «gestión personal» algo que en realidad es cuestión de diseño sistémico?

La respuesta es incómoda: porque los sistemas disfuncionales dependen de individuos crónicamente preocupados, ansiosos y estresados. Personas en ese estado son más controlables, más productivas a corto plazo, más dispuestas a aceptar lo inaceptable, menos capaces de cuestionar, organizarse colectivamente o imaginar alternativas. La preocupación constante mantiene el foco en sobrevivir, no en prosperar. La ansiedad fragmenta, aísla, paraliza. El estrés agota cualquier energía que pudiera dirigirse a la transformación.

Las organizaciones tóxicas no crean estas condiciones por accidente: las crean por diseño, aunque sea inconsciente. Empleados preocupados trabajan más horas. Empleados ansiosos no reclaman. Empleados estresados no tienen energía para buscar alternativas. Es una forma perversa de control disfrazada de «alta performance», «excelencia» y «compromiso».

¿Y en las relaciones íntimas? Los vínculos estructurados sobre esta tríada tampoco son accidentes. Son frecuentemente reproducciones de patrones aprendidos, herencias intergeneracionales de formas disfuncionales de amar. Relaciones donde uno debe estar constantemente preocupado por el humor del otro, ansioso por la estabilidad del vínculo, estresado por la imposibilidad de ser auténtico sin arriesgar el abandono. Eso no es amor: es aprisionamiento emocional disfrazado de intimidad.

Entonces, ¿qué hacer? La respuesta habitual sería: técnicas de regulación, mindfulness, terapia, ejercicio. Y sí, todo eso puede ayudar. Pero sería de una ingenuidad brutal creer que problemas estructurales se resuelven con ajustes individuales. Sería como tratar una epidemia medicando personas y dejando intacta el agua contaminada que todos beben.

La verdadera transformación exige algo mucho más radical: rediseñar los sistemas que producen estas condiciones. Crear organizaciones donde la transparencia reemplace la opacidad, donde las expectativas sean explícitas y negociables, donde el error forme parte del proceso y no sea sentencia de muerte. Construir vínculos donde la autenticidad sea posible, donde las necesidades puedan expresarse sin castigo, donde el conflicto sea visto como oportunidad de crecimiento conjunto y no como amenaza al vínculo.

Exige desarrollar una alfabetización emocional y sistémica que nos permita distinguir cuándo la preocupación sirve propósitos genuinos y cuándo está siendo instrumentalizada por sistemas disfuncionales. Reconocer cuándo la ansiedad es propia y cuándo estamos absorbiendo la ansiedad colectiva de ambientes tóxicos. Comprender cuándo el estrés es señal de que necesitamos cambiar algo en nosotros y cuándo es denuncia de que el contexto en que estamos es insostenible.

Pero tal vez lo más importante sea cultivar la valentía de nombrar lo que está ocurriendo. Dejar de individualizar problemas sistémicos. Rechazar la narrativa de que «no sabemos lidiar con la presión» cuando la verdad es que la presión es absurda. Abandonar la idea de que necesitamos ser más resilientes cuando la verdad es que necesitamos estructuras menos violentas.

Porque al final, la preocupación, la ansiedad y el estrés no son solo experiencias personales: son también diagnósticos relacionales y organizacionales. Son formas a través de las cuales el cuerpo y la mente denuncian la insostenibilidad de ciertos arreglos, la violencia de ciertas expectativas, la deshumanización de ciertas culturas.

Y tal vez sea hora de empezar a escuchar esas denuncias no como síntomas a suprimir, sino como verdades a honrar. No como fallas individuales a corregir, sino como evidencias de que necesitamos urgentemente rediseñar las formas en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos unos con otros.

Porque la arquitectura invisible del colapso solo permanece invisible mientras aceptamos no mirarla. En el momento en que decidimos ver —realmente ver— lo que está ocurriendo, todo cambia. Y el cambio verdadero siempre comienza con la valiente negativa a aceptar como normal lo que, en verdad, es insoportable.

**Nota del autor**
Hace algún tiempo leí el excelente artículo de Simone Cunha “ntenda melhor a diferença entre preocupação, ansiedade e estresse” La distinción clínica que presenta es precisa, didáctica y extremadamente útil. Y fue exactamente por eso que me dejó profundamente inquieto. Porque sentí que había un territorio mucho más vasto por explorar —no más allá de la clínica, sino por debajo de ella: en las relaciones, en los sistemas, en la propia forma en que habitamos el tiempo y al otro. Este texto nace de esa inquietud fecunda. No pretende corregir ni sustituir el artículo original, sino abrir otra puerta —una puerta que la claridad inicial de Simone me dio coraje para empujar. Gracias, Simone, por encender la luz. Aquí está lo que vi cuando entré en la habitación siguiente.

Referencia: «Entenda melhor a diferença entre preocupação, ansiedade e estresse» – Simone Cunha (UOL VivaBem, 2020)
Enlace: https://www.uol.com.br/vivabem/noticias/redacao/2020/09/08/entenda-melhor-a-diferenca-entre-preocupacao-ansiedade-e-estresse.htm

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