LA ILUSIÓN DEL “NUNCA MÁS”: POR QUÉ PROMETEMOS TRANSFORMACIONES QUE SABEMOS QUE NO LLEGARÁN
“Nunca más”. En las próximas 48 horas, millones repetirán esta mentira honesta. A sí mismos, con fervor, a las tres de la mañana en alguna madrugada de crisis. O bajo los fuegos artificiales de mañana por la noche, cuando la rotación de la Tierra supuestamente les concederá poderes mágicos de transformación instantánea. Dicha con la convicción de quien acaba de tocar fondo y juró, esta vez con toda certeza, que subiría a la superficie transformado. La expresión lleva consigo una violencia temporal curiosa: no solo niega el futuro, sino que intenta borrar retroactivamente el pasado, como si el simple acto de prometer pudiera reescribir la historia neuronal que nos trajo hasta aquí.
Existe una especie peculiar de amnesia que nos acomete en determinados momentos de la vida. No la clínicamente documentada, con sus lesiones cerebrales y neurotransmisores en desequilibrio, sino algo más insidioso: la amnesia selectiva del autoengaño. Se manifiesta especialmente cuando nos enfrentamos a fracasos repetidos, cuando despertamos de resacas morales consecutivas o cuando el calendario nos regala esas fechas convencionalmente establecidas como hitos de reinicio.
Lo que raramente preguntamos, en medio de este teatro de buenas intenciones, es: ¿por qué creemos tan fácilmente en esta narrativa? ¿Por qué nos seducimos con la fantasía de que una decisión, por más visceral que sea, posee el poder alquímico de transmutar años de condicionamiento en un instante de clarividencia?
La respuesta comienza en un lugar incómodo: nuestra relación patológica con la linealidad. Fuimos educados en una cosmología donde todo tiene principio, medio y fin: historias con sus giros predecibles, carreras con sus escalones ascendentes, vidas con sus capítulos bien delimitados. Esta estructura narrativa, tan reconfortante como ilusoria, nos condiciona a creer que la transformación funciona de la misma manera: se identifica el problema, se toma la decisión, se ejecuta el cambio. Como si la existencia humana fuera un proyecto gestionable a través de metas SMART y hojas de seguimiento.
Lo que esta cosmovisión lineal ignora de manera alienante es la naturaleza fundamentalmente recursiva de la conciencia humana. No nos movemos a través de la vida como trenes sobre rieles, siguiendo una ruta predeterminada hacia un destino final. Operamos en capas superpuestas de memoria, impulso, reflexión y reacción: sistemas que se influyen mutuamente en bucles de complejidad creciente. Cuando prometemos “nunca más”, estamos esencialmente intentando imponer una solución lineal sobre un problema sistémico.
Considera por un momento la mecánica interna de este “nunca más”. Emerge, casi invariablemente, de un estado emocional agudo: vergüenza, culpa, miedo, arrepentimiento. Estos estados poseen una característica neurobiológica específica: secuestran temporalmente nuestros sistemas de evaluación racional. Bajo su influencia, experimentamos una especie de claridad distorsionada, donde todo parece cristalino y simple. El problema está identificado. La solución es obvia. La fuerza de voluntad, en este momento de dolor, parece inquebrantable.
Ocurre que la fuerza de voluntad no es un recurso estable: es un estado transitorio, altamente dependiente del contexto emocional y la disponibilidad cognitiva. Aquello que parece una resolución de acero durante una crisis existencial a las tres de la mañana se vuelve notablemente frágil cuando se confronta con los mismos desencadenantes ambientales, relacionales e internos que siempre han estado allí. El contexto no ha cambiado. Los patrones relacionales no se han alterado. Las estructuras que sostenían el comportamiento anterior permanecen intactas. Lo único que cambió fue nuestra relación emocional temporal con las consecuencias.
Y aquí reside el primer gran engaño: confundir intensidad emocional con profundidad de transformación. Asumimos que porque sentimos algo profundamente, porque el dolor fue real y la promesa sincera, entonces el cambio será proporcional. Invertimos completamente la lógica de la transformación. El cambio duradero no nace de momentos dramáticos de claridad emocional: se construye a través de la reorganización gradual y consciente de patrones de respuesta que se establecieron a lo largo de años, décadas, quizás toda una vida.
Hay aún una capa más profunda y menos examinada en esta ilusión: el niño que habita al adulto y que nunca dejó de buscar, con los medios que tenía, formas de sobrevivir emocionalmente. Muchos de los comportamientos que intentamos abolir con un “nunca más” fueron, en origen, soluciones infantiles brillantes para problemas insolubles en esa época: estrategias que permitieron mantener el apego, evitar el abandono, regular el pánico o la angustia ante cuidadores impredecibles o entornos hostiles.
La memoria implícita —aquella que no se narra, sino que se reescenifica— guarda esas soluciones como rutas neurales preferenciales. Cuando el adulto, en crisis, promete “nunca más”, está intentando acallar una parte de sí que aún cree que ese comportamiento es la única forma de no desmoronarse. La promesa no falla solo por falta de fuerza de voluntad; falla porque ignora que el comportamiento no es mero hábito, sino un diálogo no resuelto con el pasado. El cambio duradero exige, por tanto, no solo reorganización de sistemas actuales, sino una escucha activa de ese niño: no para regresarlo, sino para ofrecerle, ahora, con recursos adultos, respuestas más adaptadas a las necesidades originales de seguridad, reconocimiento y autonomía.
Piensa en esto: el niño que aprendimos a ser no desaparece; se encapsula en patrones de respuesta que se vuelven automáticos. Cuando prometemos “nunca más”, frecuentemente estamos hablando con (y contra) ese niño que, en algún momento, asoció ciertos comportamientos con seguridad, pertenencia o alivio de la angustia. El alcohol, el tabaco, el sedentarismo, la comida compulsiva, la procrastinación, la ira explosiva: muchos de estos patrones tienen raíces en estrategias de regulación emocional que funcionaron (o parecieron funcionar) cuando éramos pequeños y el mundo era demasiado grande para procesar.
Las experiencias tempranas moldean de forma duradera los circuitos límbicos y prefrontales: el sistema de recompensa dopaminérgico, el eje de respuesta al estrés, las redes de memoria implícita. Cuando el adulto dice “nunca más”, está intentando imponer un veto racional sobre memorias procedimentales y emocionales que operan por debajo del umbral de la conciencia verbal. Es como intentar borrar un archivo del sistema operativo con un comando de usuario común: el sistema simplemente lo recrea a partir de copias de seguridad profundas.
El niño no es un “estadio superado”; es una presencia continua que exige integración, no exorcismo. El “nunca más” es, muchas veces, un rechazo violento de esa parte de nosotros que aún carga la vulnerabilidad original. Rechazamos el comportamiento, pero en realidad estamos rechazando la necesidad no atendida que el comportamiento intentaba (y aún intenta) satisfacer.
Esta dimensión no suaviza la crítica: al contrario, la hace más incisiva. Revela que la fantasía de la transformación instantánea es también una fantasía de orfandad: el deseo de convertirnos en adultos “limpios”, sin el equipaje incómodo de la infancia. La evolución real exige lo opuesto: un diálogo compasivo y riguroso con ese niño, no para mimarlo, sino para actualizar sus estrategias obsoletas a la luz de la capacidad adulta de elección consciente.
Cuando alguien dice “nunca más voy a beber”, rara vez está realizando un análisis sobrio de los sistemas de refuerzo que convirtieron el alcohol en mecanismo de regulación emocional. No está mapeando las redes sociales que normalizan y celebran el consumo. No está desarrollando alternativas concretas para lidiar con la ansiedad, el aburrimiento, la inadecuación social. Está, simplemente, intentando usar la fuerza bruta de la determinación momentánea para sobreponerse a una arquitectura comportamental intrincadamente construida —y, más profundamente aún, intentando silenciar una voz infantil que descubrió, hace décadas, que el entumecimiento químico era la única forma disponible de soportar emociones insoportables.
Hay algo profundamente humano en este intento —y algo igualmente trágico. Porque esta estrategia no falla por falta de sinceridad. Falla porque opera bajo una comprensión fundamentalmente equivocada sobre cómo los seres humanos realmente cambian. El cambio no es evento; es proceso. No es decisión; es sistema. No es fuerza de voluntad; es reorganización estructural de cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo —incluyendo, especialmente, las partes de nosotros que quedaron congeladas en momentos de vulnerabilidad extrema.
La seducción del “nunca más” también revela algo sobre nuestra relación con la temporalidad. Usamos el tiempo como si fuera un recurso externo, algo que existe independiente de nosotros, que puede ser demarcado y controlado a través de calendarios y aniversarios. Esperamos que los cambios de año, los cumpleaños, los lunes o el primer día del mes posean algún poder mágico intrínseco —como si la rotación de la Tierra alrededor del Sol tuviera alguna influencia sobre nuestra arquitectura neural.
Esta superstición temporal sirve a un propósito psicológico específico: externaliza la responsabilidad. Si la transformación está vinculada a una fecha, entonces el fracaso anterior no fue realmente nuestro —fue del timing inadecuado. “No era el momento adecuado”. “Este año será diferente”. Creamos una narrativa donde somos simultáneamente protagonistas heroicos (que toman decisiones valientes) y víctimas de circunstancias temporales (que solo esperan el momento propicio). Es una posición existencial curiosamente cómoda: permite sentimiento de agencia sin exigir responsabilidad verdadera.
¿Qué haría del “nunca más” algo más que autoengaño ritualístico? Transformarlo de decreto emocional en investigación sistemática. En lugar de “nunca más haré X”, preguntar: “¿qué sistemas internos y externos sostienen X? ¿Cómo se construyeron esos sistemas? ¿Qué función cumple realmente X en la economía de mi existencia? ¿Qué necesidad infantil no resuelta este comportamiento aún intenta atender? ¿Qué alternativas estructurales existen que honren esa necesidad de forma más adaptada?”
Este cambio de enfoque es radical porque desplaza el foco de la supresión a la comprensión. Ya no intentamos abolir un comportamiento mediante fuerza de voluntad; investigamos la arqueología emocional que lo hace necesario, atractivo o inevitable. Y esta investigación no puede realizarse en un momento dramático de crisis —requiere aquello que la crisis precisamente impide: distanciamiento, curiosidad, paciencia analítica y disposición para encontrar al niño aterrorizado que aún cree que su supervivencia depende de ese patrón específico.
Considera lo que realmente ocurre cuando alguien cambia de forma sostenible. No hay, generalmente, un momento dramático de giro. Hay, en cambio, una serie de microajustes aparentemente insignificantes que, con el tiempo, reorganizan completamente el sistema. La persona no “decide” dejar de beber y nunca más toca el alcohol. Comienza a notar los patrones. Identifica desencadenantes específicos. Desarrolla estrategias alternativas para estados emocionales particulares. Modifica entornos. Reconstruye redes sociales. Y, crucialmente, establece un diálogo compasivo con la parte de sí que aún asocia el alcohol con seguridad emocional —no para condescender con esa parte, sino para ofrecerle algo mejor. Cada elemento, aislado, parece trivial. Colectivamente, a lo largo de meses y años, constituyen transformación verdadera.
Esta narrativa, sin embargo, no nos seduce. Le falta drama suficiente. No alimenta nuestra necesidad de redención instantánea. Queremos la escena de la película donde el protagonista tiene su epifanía y, a partir de allí, todo cambia. La vida real, inconvenientemente, funciona más como edición meticulosa que como revelación súbita.
Hay también una dimensión moral curiosa en esta dinámica. El “nunca más” frecuentemente funciona como forma de autopunición disfrazada de compromiso. Es como si, al prometer con suficiente severidad, pudiéramos expiar los pecados anteriores. La promesa se convierte en ritual de purificación —importa menos si se cumplirá; importa que se hizo con suficiente gravedad. Satisfacemos nuestra necesidad de sentir que estamos haciendo algo respecto al problema, aunque ese “algo” sea solo teatro performativo para una audiencia interna.
Esta dimensión moral también explica por qué nos castigamos tan severamente cuando inevitablemente fallamos. El fracaso no es solo comportamental —es moral. No solo “hice X de nuevo”; es “soy alguien que no puede mantener su palabra, que no tiene control, que está condenado a repetir patrones”. Transformamos el lapsus comportamental en veredicto existencial. Y de ese veredicto, naturalmente, surge la necesidad de otro “nunca más”, reiniciando el ciclo.
¿Qué rompe este ciclo? Abandonar completamente la lógica del “nunca más” en favor de algo radicalmente diferente: aceptación de que la transformación humana es, por naturaleza, no lineal, frecuentemente contradictoria y siempre más compleja que cualquier narrativa simplificada podría capturar. Aceptación de que cargamos dentro de nosotros versiones anteriores de quienes fuimos —versiones que no pueden ser suprimidas mediante decreto, solo integradas mediante comprensión.
Esto no significa resignación ni pasividad. Significa reconocer que el cambio real requiere algo mucho más difícil que promesas dramáticas: requiere construcción paciente de nuevos sistemas de respuesta, reorganización gradual de patrones establecidos y aceptación de que habrá, inevitablemente, idas y venidas. Significa cambiar la fantasía de transformación instantánea por la realidad de evolución gradual. Significa desarrollar la valentía de mirar al niño asustado que aún vive en nosotros y decirle: “Te veo. Entiendo por qué hiciste lo que hiciste. Y ahora vamos a encontrar formas mejores, juntos”.
Significa también desarrollar una relación radicalmente diferente con el fracaso. En lugar de evento catastrófico que prueba nuestra inadecuación, el fracaso se convierte en dato —información sobre cómo funciona el sistema actual, qué aún no ha sido suficientemente abordado, dónde las estructuras de soporte aún son frágiles, qué necesidad antigua aún no ha sido adecuadamente reconocida. Cada lapsus contiene información valiosa, siempre que estemos dispuestos a examinarlo con curiosidad en lugar de juicio.
Existe una valentía peculiar en este enfoque que raramente reconocemos. Es mucho más fácil hacer promesas dramáticas que realizar el trabajo silencioso, incremental y frecuentemente frustrante de cambiar realmente. Las promesas nos hacen sentir bien de inmediato —ofrecen la ilusión de transformación sin exigir su realidad. El trabajo real de cambio, por otro lado, es frecuentemente incómodo, lento y carente de momentos cinematográficos de revelación.
Tal vez el verdadero “nunca más” debería ser: nunca más creeré que la transformación es un evento único, que puede ser decretado mediante fuerza de voluntad en un momento dramático. Nunca más confundiré intensidad emocional con profundidad de cambio. Nunca más esperaré que fechas en el calendario hagan por mí el trabajo que solo la investigación paciente y la reorganización estructural pueden realizar. Nunca más intentaré acallar al niño que vive en mí en lugar de escucharlo.
Sin embargo, incluso este “nunca más” sería, irónicamente, solo otra promesa. Porque la tentación del decreto dramático, de la transformación instantánea, de la redención mediante fuerza de voluntad, está profundamente arraigada en cómo fuimos condicionados a pensar sobre el cambio, sobre el tiempo, sobre quiénes somos y quiénes podríamos ser.
La cuestión, por tanto, no es si haremos promesas de cambio en esta víspera de año nuevo —las haremos, porque somos humanos y la esperanza es tanto nuestra gracia como nuestra maldición. La cuestión es si tendremos la valentía intelectual de reconocer esas promesas por lo que realmente son: síntomas de dolor, gestos de esperanza, intentos comprensibles pero fundamentalmente inadecuados de lidiar con la complejidad recursiva de la conciencia humana.
La transformación verdadera no comienza con “nunca más”. Comienza cuando abandonamos la seducción del drama en favor de la paciencia de la construcción. Cuando cambiamos la fantasía de redención instantánea por la realidad de evolución gradual. Cuando desarrollamos suficiente valentía para mirar al niño asustado que aún vive en nosotros y decirle: “Te veo. Entiendo por qué hiciste lo que hiciste. Y ahora vamos a encontrar formas mejores, juntos”.
No a través de decretos emocionales hechos en momentos de crisis. Sino a través de investigación paciente, reorganización estructural y aceptación de que el cambio real es frecuentemente tan poco interesante como efectivo. Es trabajo silencioso, incremental, carente de momentos cinematográficos —pero es el único que reconstruye, de hecho, la arquitectura de lo que somos.
El “nunca más” continuará existiendo. La diferencia está en reconocerlo como punto de partida para una investigación real, no como destino final de transformación imaginaria.
Y tal vez sea esto lo que estas líneas intentan decir:
Nunca Más
Entre los fragmentos del ayer,
el niño aún susurra.
No lo calles, no lo ignores —
él guarda las llaves de tu mañana.
Cada gesto de cuidado,
cada mirada que escucha,
no es redención instantánea,
sino arquitectura de libertad.
Y así, paso a paso,
la vida se reconstruye —
no en promesas de acero,
sino en la paciencia del abrazo
que nos damos a nosotros mismos.
(Marcello de Souza)
La víspera de año nuevo no carga magia. Pero carga posibilidad —no de transformación instantánea, sino de comenzar, por primera vez, a construir sistemas reales de cambio. No prometiendo “nunca más”. Sino preguntando, con curiosidad genuina: “¿Qué sostiene esto? ¿Y qué puedo hacer, gradualmente, para reorganizar esta estructura?”
La respuesta no vendrá en una noche. Pero vendrá, si tienes suficiente paciencia para construirla.
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