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CUANDO LA COMPETENCIA PROFESIONAL SE TRANSFORMA EN PRISIÓN IDENTITARIA

Existe un fenómeno silencioso en las salas de decisión corporativa, en los procesos de selección de alto nivel, en los consejos ejecutivos dispersos por el mundo. No se trata de escasez de talento —todo lo contrario. Enfrentamos una generación de profesionales técnicamente impecables, estratégicamente afilados, numéricamente precisos. Y precisamente por eso, profundamente vulnerables.
La vulnerabilidad no surge de la falta de habilidades. Emerge del exceso de algo que confundimos con madurez profesional: el encapsulamiento performativo del yo. Esa estructura invisible que erigimos a lo largo de los años, capa sobre capa, hasta que las fronteras se disuelven —ya no distinguimos dónde termina la versión optimizada para el entorno corporativo y dónde comienza lo que realmente late dentro de nosotros.
Observe cualquier proceso de selección para posiciones de liderazgo. Los candidatos dominan narrativas de logros con precisión casi mecánica: métricas memorizadas, casos estructurados como guiones infalibles, respuestas calibradas para cada pregunta anticipada. El problema no reside en el contenido. Reside en la creciente incapacidad de acceder a capas más profundas de sí mismos.
Hay un abismo entre estar preparado y estar encapsulado. La preparación permite respuestas fluidas. El encapsulamiento impide revelaciones auténticas. En contextos de complejidad creciente, imprevisibilidad constante y demanda de confianza real, la capacidad de revelarse ha emergido como la competencia más estratégica —y la más escasa.
El mercado nos ha condicionado a priorizar respuestas. La cultura organizacional nos ha entrenado para erradicar hesitaciones. Las redes profesionales nos han moldeado para convertir contratiempos en lecciones empaquetadas para exhibición pública. Hemos desarrollado un lenguaje tan refinado que hemos perdido contacto con expresiones que escapan al estándar aceptado.
Entonces llega una pregunta aparentemente simple —algo fuera del guion previsible. Una pregunta que no demanda repertorio técnico, método o logros. Exige solo presencia: habitar el momento como quien realmente se es, sin defensas ensayadas, sin filtros acumulados.
En un proceso reciente que acompañé con un cliente, involucrando gerentes y alta dirección en varios encuentros, observé casi en tiempo real uno de los ruidos centrales de esa cultura organizacional. El CEO, ampliamente admirado por su excelencia operativa, fue el único incapaz de responder con franqueza a la cuestión: “¿Qué te mantiene despierto por la noche en relación con este proyecto?”
Su respuesta se desplazó, con maestría, hacia indicadores, proyecciones y estrategias. Impecable en el plano técnico. Ausente en el plano humano.
En ese instante, algo sutil —y decisivamente impactante— se alteró. La confianza relacional del grupo sufrió una erosión discreta, no declarada, pero palpable. Una erosión que no disminuyó el respeto por la capacidad analítica, pero la relegó a un plano secundario, exponiendo una verdad raramente verbalizada en las organizaciones: la competencia genera admiración; la presencia genera conexión profunda.
Estas reacciones a preguntas inesperadas revelan más que cualquier historial profesional: si aún existe acceso a la espontaneidad, a la flexibilidad detrás de la rigidez aparente, o si solo queda un mecanismo refinado de respuestas socialmente válidas.
Lo que vemos no es una falla individual, sino un patrón sistémico. Décadas de normas corporativas nos han convencido de que la duda equivale a debilidad, la incertidumbre a incompetencia, la revelación a exposición innecesaria. Hemos construido trayectorias sobre la idea de que el profesional ejemplar nunca vacila, nunca pausa, nunca expone contradicciones.
Esto sirvió mientras los desafíos seguían patrones conocidos. Ahora, el escenario se ha transformado: esa protección que antes salvaguardaba se ha convertido en confinamiento.
El liderazgo en entornos de alta complejidad no se manifiesta por respuestas infalibles —ese privilegio se evaporó. Las cuestiones son no lineales; los caminos emergen de dinámicas relacionales, no de protocolos fijos. Y las dinámicas relacionales demandan presencia integral, autenticidad sostenida, confianza construida en la carne de la experiencia compartida.
No se forja confianza profunda con discursos perfectos. Se forja siendo reconocible como alguien que navega tensiones reales: en las pausas reflexivas, en las respuestas imperfectas, en la admisión serena de límites, en la disposición a ser percibido sin capas protectoras.
La ironía corta profundo: invertimos años pareciendo infalibles y, al lograrlo, nos volvemos intercambiables. Si el diferencial reside en responder con precisión a preguntas conocidas, sistemas automatizados lo ejecutan con eficiencia superior, sin pausas, sin desvíos.
Lo que ningún sistema artificial replica es habitar la zona gris entre predicción y emergencia, equilibrar la tensión entre rigor técnico y apertura relacional, sostener espacio para que otros se sientan seguros exponiendo ideas crudas, dudas vivas, genialidades no pulidas.
Esa cualidad separa a quienes lideran personas de quienes administran procesos. No aparece en perfiles profesionales, no se mide por indicadores tradicionales, no se ensaya. Solo se cultiva reconectándose con lo que el encapsulamiento sepultó: la versión de uno mismo que siente, cuestiona, erra, se transforma.
Considere el impacto colectivo de entornos repletos de mentes brillantes que no acceden a percepciones espontáneas porque performaron tanto la excelencia que olvidaron la presencia viva. De liderazgos que despiertan admiración operativa, pero no lealtad profunda. De talentos confinados en versiones rígidas donde la autenticidad parece un desvío peligroso.
Lo construimos gradualmente —elección inicial deliberada, luego habitual. Con cada priorización de seguridad sobre verdad, añadimos espesor, hasta confundir la persona adaptada con la esencia. Cuando el contexto exige acceso a quien realmente somos, surge un vacío inquietante: el camino de regreso parece obstruido.
La cuestión no romantiza fragilidades. Reconoce que la competencia emergente es relacional, adaptativa, intrínsecamente humana —nace de la integración, no del aislamiento defensivo.
Integración entre quien te has convertido en el ámbito profesional y quien habita más allá de las demandas externas. Entre precisión técnica y conexión espontánea. Entre la versión moldeada para navegar sistemas y el núcleo que siente intensamente, duda productivamente, evoluciona continuamente.
Los líderes más impactantes hoy no son los más dominantes técnicamente. Son aquellos que transitan fluidamente entre dimensiones de sí mismos: alternan análisis frío e intuición relacional, saben cuándo exhibir datos y cuándo exponer incertidumbres vivas. Desarrollaron excelencia sin abdicar de la humanidad —mediante una desconstrucción deliberada de las protecciones acumuladas.
Existe una distinción clara entre adaptarse a contextos y disolverse en ellos. Entre refinar comunicación y silenciar la voz propia. Entre credibilidad conquistada y confinamiento identitario que rechaza contradicciones o transformaciones.
Los entornos organizacionales demandan líderes que respondan con claridad. Demandan, sobre todo, líderes que sostengan ambigüedades sin recurrir a control performativo, que generen confianza por la osadía de navegar desafíos como seres integrales.
Aquí reside lo que pocos enfrentan abiertamente: esta transición perturba. Desmontar protecciones que te condujeron al ápice exige confrontar algo desestabilizador —la posibilidad de que años fueran dedicados a una versión funcional en el sistema, pero distante de lo que genuinamente te constituye hoy. Que los logros sean reales, pero la identidad que los produjo se haya vuelto extraña. Que el éxito en performar excelencia haya costado el contacto con lo que te impulsa, te inquieta, te redefine más allá de los indicadores.
Y el dilema se agrava: cuanto mayor el éxito dentro de la lógica defensiva, más amenazadora parece su revisión. Te elevó. Te blindó. Te validó. Cuestionarla ahora, en la cima, cuando todos celebran la persona erigida, suena a deslealtad al trayecto recorrido. Como rechazo al mecanismo que recompensó.
Sin embargo, el mecanismo se altera a ritmo acelerado. Lo que te posicionó aquí no solo se muestra insuficiente adelante —activamente bloquea el avance.
Imagínese si las organizaciones comenzaran a valorar, en los procesos selectivos, no solo la precisión en respuestas conocidas, sino la capacidad demostrada de habitar incertidumbres con presencia plena. ¿Qué culturas surgirían —capaces de innovación disruptiva, confianza radical, evolución compartida?
El encapsulamiento nos vuelve opacos, indistintos, susceptibles de sustitución por sistemas que imitan lo que dominamos: precisión en terrenos mapeados.
Lo que nos hace únicos es la osadía de removerlo cuando el momento lo pide. Exponer capas complejas, dudas vivas, humanidad que sustenta la competencia. Ser percibido no solo como ejecutor ejemplar, sino como navegante integral de transformaciones profundas.
Tal vez haya llegado el instante de preguntarnos: ¿quién emerge cuando la performance no es evaluada? ¿Estamos listos para rescatar esa dimensión —incluso si exige desmontar, con cuidado, la estructura que tanto esfuerzo demandó?
Porque el liderazgo que los tiempos actuales convocan no se acomoda en protecciones rígidas. Demanda presencia plena, autenticidad sostenida, integración valiente. Demanda la osadía de ser visto en todas las nuances que nos hacen profundamente humanos e absolutamente insustituibles.

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