EL CUADERNO CERRADO: CUANDO LAS HERRAMIENTAS DE DESARROLLO COMIENZAN A APRISIONARNOS (PARTE 1 DE 3)
El Paradoxo de las Herramientas
Trabajo desde hace 27 años en desarrollo humano y organizacional. En casi tres décadas, he presenciado transformaciones extraordinarias —y también he visto a personas brillantes quedar atrapadas precisamente en las herramientas que deberían liberarlas.
El texto de hoy no trata de descartar metodologías. Sería intelectualmente deshonesto de mi parte —yo mismo utilizo frameworks, pruebas, modelos estructurados en mi trabajo diario con ejecutivos y organizaciones globales.
Lo que propongo aquí es algo más profundo y urgente: una reflexión radical sobre cuándo las herramientas sirven y cuándo aprisionan. Sobre cuándo las técnicas facilitan la transformación y cuándo sustituyen el pensamiento crítico.
Porque existe una diferencia abismal entre usar conscientemente una metodología y ser usado inconscientemente por ella.
Esta es la Parte 1 de un viaje de 3 partes. Hoy cuestionaremos uno de los conceptos más repetidos y menos interrogados del mercado del desarrollo.
Mañana, deconstruiremos algo aún más sacralizado: las pruebas comportamentales.
Y en el tercer día, descubrirás qué es lo que realmente funciona —y el desenlace de la historia que comienza ahora.
El Cuaderno Cerrado: Cuando la Transformación Comenzó en el Silencio
Era un martes, al final de la tarde. Ese horario en que el sol comienza a ponerse y la prisa de la ciudad desacelera imperceptiblemente. Marina (nombre ficticio) entró en mi consulta con un cuaderno Moleskine repleto de post-its coloridos que sobresalían por los bordes como pequeñas banderas de rendición. Directora de operaciones de una multinacional, 20 años de carrera impecable, dos certificaciones internacionales en coaching, máster en administración.
“Marcello, estoy estancada. Completamente estancada.” Su voz tenía esa cualidad peculiar de quien intenta mantener el control mientras todo internamente se desmorona. “Tengo GROW para estructurar mis objetivos, hice mi Rueda de la Vida tres veces solo este trimestre, mi DISC está mapeado, sé que soy alta D con C secundario, tengo un plan de acción SMART para los próximos seis meses…”
Abrió el cuaderno. Diagramas. Círculos concéntricos. Tablas. Gráficos de evolución. Todo meticulosamente organizado con esa letra pequeña y precisa de quien cree que la organización externa produce claridad interna.
“…pero sigo en el mismo lugar. Me despierto a las 5 de la mañana, entreno, medito, trabajo hasta las 20 h, vuelvo a casa exhausta, duermo, repito. Tengo todas las herramientas. Hice todos los cursos. Entonces dime: ¿qué está mal conmigo?”
Nada estaba mal con Marina.
Algo estaba profundamente equivocado con la forma en que ella —y tantos de nosotros— había sido enseñada a pensar sobre el desarrollo humano.
Miré aquel cuaderno repleto de metodologías. Después miré a Marina. Realmente la miré. Hombros ligeramente encorvados hacia adelante. Mandíbula tensa. Respiración superficial, torácica. Manos sujetando el bolígrafo como si fuera lo único sólido en una sala flotante.
“Marina, vamos a hacer algo diferente hoy. Vamos a cerrar el cuaderno.”
Me miró como si hubiera sugerido tirar el ordenador por la ventana.
“¿Cerrar? Pero traje todo organizado, preparé la sesión, tengo los objetivos claros…”
“Lo sé. Y es exactamente por eso que vamos a cerrarlo.”
Vacilación. Ese tipo de vacilación que revela cuánta seguridad estaba depositada en aquellas páginas coloridas.
Lentamente, cerró el Moleskine.
“Ahora, sin ningún framework, sin metodología, sin estructura: Marina, ¿qué estás sintiendo ahora, en este exacto momento?”
El silencio que siguió duró quizás cuarenta segundos. Pero fueron cuarenta segundos que parecieron expandir el tiempo. Abrió la boca dos veces para responder y la cerró. Miró la mesa. Las manos. Algún punto indefinido más allá de la ventana.
Cuando finalmente habló, la voz era diferente. Más baja. Más real.
“No lo sé. Yo… no lo sé. Sin la estructura, no sé qué estoy sintiendo. Eso es aterrador.”
Y fue allí, en ese no-saber incómodo, en ese espacio sin respuesta preformateada —no en ningún acrónimo colorido— donde comenzó la transformación verdadera de Marina.
Aquella tarde me hizo revisitar una cuestión que llevo 27 años cargando en el desarrollo humano y organizacional: ¿cuándo las herramientas que deberían liberarnos comienzan a aprisionarnos?
El Paradoxo de Nuestra Época: Más Técnicas, Menos Transformación
Vivimos un momento simultáneamente fascinante y profundamente contradictorio. Nunca tuvimos tanto acceso a metodologías, frameworks, técnicas de autodesarrollo. Las librerías —físicas y digitales— rebosan de promesas estructuradas. Las certificaciones se multiplican como hongos después de la lluvia. LinkedIn está repleto de siglas que parecen conferir autoridad instantánea.
GROW. OSCAR. CLEAR. ACHIEVE. SMART. TGROW. CIGAR.
Y sin embargo…
¿Cuántas personas conoces personalmente que acumulan cursos, pero no cambian?
Que dominan técnicas sofisticadas, pero no se transforman?
Que saben extensamente sobre desarrollo, pero no desarrollan?
No estoy, aquí, criticando las metodologías per se. Sería hipocresía intelectual —yo mismo utilizo varias de ellas en mi trabajo diario con ejecutivos y organizaciones. Lo que cuestiono es algo simultáneamente más sutil e infinitamente más peligroso: la ilusión de que la herramienta sustituye el proceso humano profundo.
Déjame ser específico con situaciones que probablemente reconocerás:
Situación 1 — El gestor que se convirtió en rehén de su propio método
Roberto, gerente comercial de una empresa de tecnología, hizo una certificación en coaching donde aprendió religiosamente el modelo SMART. Todo objetivo debe ser Specific, Measurable, Achievable, Relevant, Time-bound. Principio sólido, sin duda.
Excepto que Roberto pasó a rechazar cualquier conversación con su equipo que no encajara perfectamente en esa estructura predefinida.
Cuando Júlia, analista júnior talentosa, llegó diciendo “Roberto, necesito hablar, me siento completamente perdida profesionalmente”, la respuesta de él fue automática: “Ok, Júlia, pero primero vamos a estructurar esto adecuadamente en SMART. ¿Cuál es exactamente tu objetivo específico y medible para los próximos 90 días?”
Júlia se quedó en silencio. Intentó formular algo que sonara “SMART”. No pudo. Agradeció el tiempo de Roberto y se fue.
Nunca más lo buscó para conversaciones importantes. Tres meses después, pidió la baja.
¿Qué no percibió Roberto? Que antes de estructurar cualquier cosa, necesitamos acoger lo que se está trayendo. Que antes de medir, necesitamos comprender. Que el desarrollo humano no es arquitectura cartesiana —es jardinería orgánica donde algunas cosas necesitan primero germinar en la oscuridad antes de que estructuramos el crecimiento.
Situación 2 — La ejecutiva y su Rueda de la Vida en crisis perpetua
Patrícia, directora financiera, hacía su Rueda de la Vida religiosamente cada trimestre. Un ritual meticuloso. Carrera: 9. Finanzas: 8. Salud: 5. Relaciones: 4. Espiritualidad: 3.
“Necesito equilibrar todo”, repetía como mantra. Y creaba planes de acción detallados para “subir” las áreas con puntuación baja. El trimestre siguiente, los números cambiaban marginalmente. La frustración aumentaba proporcionalmente.
Hasta que en una sesión, después de oírla repetir por cuarta vez “necesito equilibrar”, le pregunté algo que la tomó completamente desprevenida:
“Patrícia, ¿y si tu vida no fuera una rueda? ¿Y si se pareciera más a una ola? Con mareas que suben y bajan naturalmente, cíclicamente? ¿Y si el ‘equilibrio perfecto’ fuera un concepto geométricamente seductor, pero biológicamente imposible?”
Me miró como si acabara de sugerir que la Tierra es plana.
“Pero… siempre me enseñaron que el desarrollo es equilibrio…”
“O te enseñaron una metáfora conveniente que facilita la venta de metodología.”
Tres meses después, encontré a Patrícia en una conferencia. Me tomó del brazo: “Aquella pregunta sobre la ola me liberó de una tiranía que ni siquiera sabía que estaba viviendo. Dejé de castigarme porque mi vida no es un círculo perfecto.”
¿Qué estoy proponiendo aquí?
No es abandonar las herramientas indiscriminadamente. Eso sería tirar instrumentos útiles por rebeldía adolescente. Lo que propongo es desarrollar una relación consciente, crítica y profundamente humana con ellas.
Las metodologías son como utensilios de cocina: útiles en las manos adecuadas, en el momento adecuado, para el plato adecuado. Pero nadie aprende a cocinar de verdad solo acumulando cuchillos y comprando libros de recetas. En algún momento, hay que experimentar, equivocarse, ajustar, sentir el punto, desarrollar intuición que ningún manual captura.
La Falacia que se Convirtió en Cliché: Desconstruyendo la “Zona de Confort”
Ahora necesito hablar de algo que me hace apretar la mandíbula cada vez que lo veo en presentaciones corporativas: aquel diagrama con tres zonas coloreadas. Sabes exactamente cuál —siempre hay alguien republicándolo en LinkedIn.
· Zona de Confort (círculo verde pequeño, siempre representado visualmente como prisión)
· Zona de Aprendizaje (círculo amarillo del medio, el lugar “bueno” donde ocurre la magia)
· Zona de Pánico (círculo rojo externo, obviamente el lugar malo)
Y el mensaje subliminal martilleado en todo taller motivacional: “¡Sal de tu zona de confort! ¡El crecimiento está afuera! ¡Abraza el discomfort!”
Suena inspirador, ¿verdad? Empodera. Desafía. Se vende bien.
Créeme: es una de las simplificaciones más destructivas que el mercado del desarrollo ha producido.
Déjame contarte sobre Ricardo.
Gerente de TI, 15 años de experiencia sólida, técnicamente brillante, respetado por su equipo. En todo taller corporativo de liderazgo al que fue obligado a asistir, oyó la misma letanía: “¡Sal de tu zona de confort! ¡Sé vulnerable! ¡Expónte! ¡Arriesgate!”
Ricardo se lo tomó en serio. Comenzó a forzar conversaciones emocionales profundas con un equipo que no estaba mínimamente preparado para ello. Compartió inseguridades personales en contextos completamente inadecuados. Hizo presentaciones “auténticamente vulnerables” ante la dirección que quedó visiblemente desconcertada.
¿Resultado? No fue promovido en el ciclo siguiente. Feedback devastador: “Ricardo, perdiste presencia ejecutiva. Te volviste demasiado inseguro. Ya no transmites confianza.”
Ricardo quedó genuinamente confundido: “Pero ¿no era exactamente eso lo que todos pedían? ¿Salir de la zona de confort? ¿Ser auténtico?”
El problema nunca fue Ricardo. Fue la metáfora ridículamente simplista.
Vamos a desconstruir esto neurológicamente, porque necesita ser desmontado con rigor:
Tu supuesta zona de confort no es una prisión psicológica. Es el estado donde tu sistema nervioso autónomo está regulado. Es donde funcionas con maestría desarrollada a lo largo de años. Es donde la expertise se ha incorporado hasta convertirse en segunda naturaleza.
¿Un cirujano cardíaco está en su “zona de confort” cuando opera un corazón abierto?
Técnicamente, sí.
¿Debería “salir” de esa zona para “crecer” mientras tiene el bisturí en la mano dentro de tu tórax?
Sinceramente espero que no.
Zona de confort no es estancamiento. Es competencia incorporada. Es maestría en acción.
La falacia reposa en tres presunciones profundamente equivocadas:
Presunción Falsa 1: “El confort necesariamente equivale a estancamiento”
Neurológicamente falso.
Puedes estar en estado de flujo (flow state, concepto de Csikszentmihalyi) —máximo rendimiento, máximo aprendizaje, absorción total— y AÚN estar en una zona de regulación nerviosa saludable.
¿Un atleta olímpico en la final de los 100 metros está “cómodo”? En el sentido de que su sistema nervioso, muscular y cardíaco está precisamente donde entrenó para estar? Absolutamente. En el sentido de que no está siendo desafiado al límite absoluto? Absurdo.
Presunción Falsa 2: “El discomfort automáticamente produce aprendizaje”
Confusión brutal entre discomfort productivo y desregulación destructiva.
· Discomfort productivo: Estirarse más allá de lo habitual CON soporte adecuado, recursos disponibles, seguridad psicológica presente.
· Desregulación destructiva: Arrojarse (o ser arrojado) a una situación que activa crónicamente el sistema nervioso simpático —cortisol constantemente elevado, amígdala en hipervigilancia, córtex prefrontal progresivamente offline.
¿En cuál de estos dos estados neurobiológicos aprendes mejor?
En el primero. Siempre. Inequívocamente.
Cuando estás en pánico genuino, tu cerebro no entra en “modo aprendizaje”. Entra en modo supervivencia. La sangre sale del córtex prefrontal (pensamiento complejo, planificación, creatividad) y va a estructuras primitivas (luchar, huir, congelarse).
Presunción Falsa 3: “Las zonas son territorios geográficos fijos”
Aquellos círculos concéntricos sugieren visualmente que “sales” de una zona y “entras” en otra, como si fueran países con fronteras definidas.
Neurobiológicamente ridículo.
Tú llevas tus zonas contigo. Son estados neurobiológicos contextuales, no lugares.
Lo que constituye “confort” o “pánico” depende radicalmente de:
• Contexto relacional (con quién estás)
• Estado fisiológico actual (¿dormiste? ¿comiste? ¿estás enfermo?)
• Recursos disponibles (¿tienes soporte? ¿puedes equivocarte sin castigo?)
• Narrativa interna (qué te estás diciendo sobre la situación)
• Memoria somática (qué recuerda tu cuerpo de situaciones similares)
La misma situación objetiva —una presentación ante la dirección— puede ser zona de maestría un martes tras feedback positivo, y zona de pánico un viernes tras crítica pública humillante.
Entonces, ¿cuál es la alternativa inteligente a ese diagrama simplista?
Deja completamente de pensar en “salir de la zona de confort”.
Comienza a pensar en expandir la ventana de tolerancia.
Concepto del psiquiatra Daniel Siegel —window of tolerance— la ventana dentro de la cual tu sistema nervioso puede procesar la experiencia sin entrar en hiper o hipoactivación.
No se trata de arrojarte dramáticamente al caos esperando que emerja algo bueno.
Se trata de aumentar gradual, consciente y con soporte tu capacidad de permanecer regulado en situaciones progresivamente desafiantes.
Como un pianista que entrena escalas cada vez más rápidas. No salta de “Brilla, Brilla Estrellita” directo a Rachmaninoff. Expande el repertorio neuromuscular metódicamente.
Aplicación práctica devastadoramente simple:
La próxima vez que alguien —coach, gestor, conferencista motivacional— diga entusiastamente “necesitas salir de tu zona de confort”:
Pregunta con genuina curiosidad: “¿Salir hacia dónde exactamente? ¿Hacia la zona de pánico donde mi córtex prefrontal se apaga y aprendo MENOS? ¿O estás sugiriendo que me estire conscientemente hacia un desafío significativo CON recursos, soporte y seguridad adecuada para que el aprendizaje genuino ocurra?”
Observa el silencio desconcertado que probablemente seguirá.
Y por favor, deja de usar ese círculo ridículo en tus presentaciones.
Como siempre insisto en decir que El Mapa No Es el Territorio, ¡el Territorio Eres Tú!: no existen zonas predefinidas flotando platónicamente en el espacio esperando que entres en ellas como salas diferentes de una casa. Existe tú —tu neurobiología única, tu historia incorporada, tus recursos desarrollados, tu contexto actual.
Tú eres el territorio.
Y los territorios no tienen círculos coloreados dibujados por un diseñador gráfico. Tienen topografía compleja, rica, mutable, viva.
Trata tu desarrollo con esa sofisticación.
Lo Que Viene Mañana (Parte 2):
Si el concepto de “zona de confort” te ha hecho cuestionar lo que aprendiste sobre desarrollo, prepárate.
Mañana desmontaremos algo aún más sacralizado: las pruebas comportamentales.
DISC. MBTI. Eneagrama. Insights.
Te mostraré por qué no revelan quién eres —revelan cómo te ves a ti mismo.
Y esa distinción lo cambia absolutamente todo.
Pero antes de continuar mañana, una pregunta para que reflexiones hoy:
¿Qué herramienta utilizas automáticamente, sin cuestionar, cada vez que enfrentas un desafío de desarrollo?
¿Esa herramienta te está sirviendo —o tú estás sirviéndola a ella?
Nos vemos mañana para la Parte 2.
Mientras tanto, en los comentarios: ¿tu zona de confort es prisión o maestría? ¿Alguna vez te aconsejaron “salir” de ella? ¿Qué pasó?
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