EL YO QUE TE SALVÓ AHORA QUIERE MATARTE
Existe una trampa invisible en la que muchos profesionales caen sin darse cuenta: pasan años construyendo una versión de sí mismos tan rígida, tan blindada, tan cuidadosamente diseñada para nunca fallar, que cuando finalmente se acercan a lo que siempre desearon —reconocimiento, ascenso, influencia estratégica— descubren que la armadura se convirtió en una prisión. Y el arquitecto de esa prisión fuiste tú mismo.
No estoy hablando de competencia técnica. Hablo de algo mucho más sutil, mucho más insidioso: las narrativas silenciosas que internalizaste a lo largo de la vida y que ahora operan como verdades absolutas, gobernando tus decisiones sin que tú lo percibas. Esas narrativas no aparecen en ningún currículum. No se miden en evaluaciones de desempeño. Viven en el subsuelo de tu conciencia, susurrando en los momentos decisivos: «Si admites que no sabes, pensarán que no eres suficiente». O: «Vulnerabilidad es debilidad. No muestres incertidumbre». O todavía: «Tienes que tener siempre la razón, estar siempre preparado, siempre en control; de lo contrario, te descartarán».
Y entonces actúas desde esas premisas. Defiendes posiciones que ya no tienen sentido. Evitas preguntas que revelarían lagunas en tu conocimiento. Reaccionas defensivamente cuando te desafían. Gastas energía performando seguridad en lugar de construyendo inteligencia. Todo ello mientras crees estar siendo estratégico, cuando en realidad eres prisionero de una versión fantaseada de la realidad —una versión que tú mismo creaste hace tanto tiempo que ya no distingues lo que es real de lo que es solo miedo disfrazado de prudencia.
La pregunta que casi nunca nos hacemos es: ¿de dónde vinieron esas narrativas? ¿Cuándo empezaste a creer que necesitabas tener siempre la razón para ser respetado? ¿En qué momento de tu vida la vulnerabilidad dejó de ser algo natural y se transformó en amenaza? ¿Quién te enseñó que admitir incertidumbre era señal de incompetencia?
Si te detienes a investigar —y pocos lo hacen— descubrirás que esas creencias no nacieron de experiencias adultas. Fueron instaladas mucho antes, en momentos que quizá ni recuerdes con claridad: una crítica de un profesor en la infancia, una comparación entre hermanos, un padre que nunca elogiaba y solo señalaba errores, un ambiente familiar donde “no saber” era motivo de vergüenza. O tal vez fue tu primera experiencia profesional, cuando te ridiculizaron por hacer una pregunta considerada “básica”. O aquella vez en que te expusiste con una idea y fuiste ignorado, mientras alguien con más experiencia presentó algo parecido y fue aplaudido.
Esos momentos —aparentemente pequeños, olvidables— no fueron olvidados por tu sistema nervioso. Quedaron grabados como aprendizajes sobre cómo funciona el mundo. Y tu cerebro, intentando protegerte de futuros bochornos, creó una regla: «Nunca muestres que no sabes. Ten siempre respuesta. Nunca demuestres debilidad». Y tú obedeciste. Durante años. Hasta que esa obediencia se convirtió en identidad. Te transformaste en alguien que siempre tiene respuesta, que nunca vacila, que siempre está en control. Y funcionó… hasta cierto punto.
Funcionó mientras estabas en contextos donde la competencia técnica era el diferencial. Donde tu capacidad para resolver problemas complejos era suficiente. Donde nadie cuestionaba tu autoridad porque tu expertise era indiscutible. Sin embargo, algo cambia cuando te acercas a niveles más estratégicos. Cuando necesitas influir en decisiones que van más allá de tu dominio técnico. Cuando debes construir alianzas, navegar ambigüedades, cocrear soluciones en contextos de incertidumbre radical. Cuando la calidad de tus relaciones importa tanto como la calidad de tus entregables.
Es en ese momento cuando la armadura se revela insuficiente. Porque el liderazgo estratégico no se sostiene en la infalibilidad. Se sostiene en la capacidad de adaptarse, de cuestionar premisas, de reconocer límites sin perder autoridad, de crear espacios donde otros puedan contribuir sin que eso amenace tu valor. Y si pasaste décadas entrenándote para nunca fallar, nunca dudar, nunca mostrar vulnerabilidad, esa transición será dolorosa. Porque exige desaprender todo lo que te trajo hasta aquí.
Existe una distinción brutal entre la realidad tal como es y la realidad tal como la construiste a través de tus experiencias. Tú no ves el mundo de forma neutra. Lo ves filtrado por tus memorias emocionales, por tus creencias sobre cómo deberían ser las cosas, por tus miedos sobre lo que podría pasar si actúas distinto. Eso significa que cuando estás en una reunión con la alta dirección, lo que percibes no es solo lo que ocurre en esa sala. Percibes a través de los lentes de todas las veces anteriores en que fuiste juzgado, ignorado, descalificado. A través de las veces en que no saber te costó caro. A través de las experiencias donde la vulnerabilidad fue interpretada como debilidad.
Y entonces reaccionas no al presente, sino al pasado. Te defiendes de amenazas que no necesariamente están ahí. Anticipas rechazos que quizá nunca lleguen. Performas competencia para evitar una humillación que solo existe en tu imaginación. Y todo eso ocurre en milisegundos, antes de que tengas conciencia de que estás reaccionando y no respondiendo.
El problema no es tener miedo. El problema es dejar que el miedo gobierne tus elecciones mientras crees estar siendo racional. El problema es confundir protección con estrategia. El problema es pensar que porque algo fue verdad en el pasado, seguirá siéndolo en el futuro. El problema es no darse cuenta de que estás preso en una versión de la realidad que tú mismo construiste… y que esa versión ya no corresponde al mundo tal como realmente es.
Piensa cuántas veces evitaste hacer una pregunta importante por temor a parecer desprevenido. Cuántas veces defendiste una posición que ya no tenía sentido solo porque admitir error sería admitir falibilidad. Cuántas veces fingiste tener claridad sobre algo que aún estaba nebuloso para ti. Cuántas veces perdiste la oportunidad de aprender algo valioso porque estabas demasiado ocupado protegiendo tu imagen.
Ahora piensa en el costo de eso. No el costo inmediato —porque a corto plazo, performar seguridad funciona—. El costo a largo plazo. El costo de llegar a los 40, 45, 50 años y darte cuenta de que eres técnicamente excelente, pero emocionalmente rígido. Que eres respetado por tu competencia, pero no buscado por tu sabiduría. Que ocupas un cargo importante, pero no tienes la influencia que imaginabas. Que estás en todas las reuniones correctas, pero tu voz no tiene el peso que debería. Y no entiendes por qué… porque hiciste todo bien, ¿no? Estudiaste, te preparaste, entregaste resultados, cumpliste metas.
Lo que no percibiste es que en algún momento el juego cambió. Y tú seguiste jugando con las reglas antiguas. Las reglas donde la competencia técnica bastaba. Donde tener respuesta para todo era valorado. Donde vulnerabilidad era debilidad. Mientras tanto, quienes llegaron a los niveles más estratégicos aprendieron otra gramática. Aprendieron que decir «no sé, pero lo voy a averiguar» no disminuye autoridad: demuestra madurez. Que preguntar «ayúdame a entender tu perspectiva» no es debilidad: es inteligencia relacional. Que decir «pensé que tenía razón, pero los datos muestran otra cosa» no es fracaso: es flexibilidad cognitiva.
La diferencia entre estos dos perfiles no está en lo que saben. Está en cómo habitan el no-saber. En cómo se relacionan con la incertidumbre. En cómo lidian con la posibilidad de estar equivocados. Y aquí reside una verdad incómoda: esto no se aprende leyendo libros. Se aprende haciendo. Exponiéndose. Errando públicamente. Renunciando a tener razón. Admitiendo límites. Y eso exige coraje… no el coraje performático de parecer confiado, sino el coraje visceral de ser visto tal como realmente eres, con todas tus dudas e incertidumbres.
Existe una diferencia sutil, pero radical, entre confianza y arrogancia. La arrogancia necesita tener razón. La confianza acepta estar equivocada. La arrogancia se cierra en sus certezas. La confianza se abre al aprendizaje. La arrogancia ve la divergencia como amenaza. La confianza la ve como oportunidad. La arrogancia protege el ego. La confianza protege el objetivo. Y la alta dirección percibe esa diferencia de inmediato. No ascienden a los infalibles. Ascendien a los resilientes. No ascienden a quienes siempre tienen razón. Ascendien a quienes llegan a las mejores decisiones, aunque eso signifique cambiar de opinión diez veces en el proceso.
¿Te has dado cuenta de cómo los líderes verdaderamente maduros ocupan el espacio de forma distinta? No necesitan hablar más alto, hablar primero ni hablar más. Eligen cuándo hablar. Y cuando hablan, todos escuchan. No porque tengan cargo —cargo tiene mucha gente—. Porque tienen presencia. Y presencia no es performance. Presencia es sustancia. Es estar tan cómodo con quien eres —incluyendo tus limitaciones— que ya no necesitas probar nada. Y, paradójicamente, es exactamente cuando dejas de intentar probar que la gente empieza a confiar.
Esa es la trampa: crees que necesitas probar para ser confiable. La verdad es lo opuesto. Cuanto más intentas probar, menos confiable pareces. Porque quien necesita demostrar constantemente competencia está, en realidad, revelando inseguridad. E inseguridad no es el problema —todos la tenemos—. El problema es fingir que no la tenemos. El problema es construir una fachada de infalibilidad que exige energía monumental para sostenerse. El problema es gastar tanto tiempo gestionando impresiones que no te queda energía para construir competencia real.
Y aquí llegamos al núcleo: tus emociones no son el problema. Son el síntoma. Cuando sientes ansiedad antes de una reunión estratégica, no es la reunión lo que te amenaza. Es la narrativa que tienes sobre lo que podría pasar si no performas perfectamente. Cuando sientes rabia porque alguien cuestionó tu análisis, no es el cuestionamiento lo que te molesta. Es la interpretación de que ser cuestionado significa ser descalificado. Cuando sientes necesidad urgente de defender una posición, no es porque esa posición sea la mejor. Es porque admitir que podrías estar equivocado activa aquella memoria antigua de cuando equivocarte costó caro.
Tus emociones te están informando algo. No sobre el mundo exterior. Sobre el mundo que llevas dentro. Sobre experiencias no procesadas. Sobre creencias no cuestionadas. Sobre miedos que convertiste en reglas de supervivencia. Y mientras no mires eso con honestidad, seguirás reaccionando al pasado mientras crees estar respondiendo al presente.
La transformación no ocurre cuando aprendes nuevas técnicas. Ocurre cuando cuestionas las premisas que gobiernan tus elecciones. Cuando preguntas: «Esta creencia que me dice que necesito tener siempre razón, ¿de dónde vino? ¿Sigue siendo válida? ¿Me sirve o me limita?». Cuando investigas: «Este patrón de reaccionar defensivamente cuando me desafían, ¿cuándo empezó? ¿Qué estoy realmente protegiendo?». Cuando reconoces: «Estas narrativas sobre que la vulnerabilidad es debilidad, ¿quién me las enseñó? ¿Y qué pasaría si estuvieran equivocadas?».
Ese trabajo no es cómodo. Exige visitar lugares dentro de ti que preferirías ignorar. Exige reconocer que quizá pasaste años operando desde premisas erróneas. Exige admitir que la versión de ti que construiste con tanto cuidado, tanto esfuerzo, tanto sacrificio —esa versión blindada, invulnerable, siempre competente— puede ser exactamente lo que está impidiendo tu crecimiento.
Y aquí está la invitación: ¿y si dejaras de defender la realidad que creaste y empezaras a observar la realidad tal como es? ¿Y si pusieras a prueba tus creencias en lugar de solo confirmarlas? ¿Y si te permitieras no saber, no tener respuesta, no tener razón… y descubrieras que el mundo no se derrumba? ¿Y si admitieras incertidumbre y percibieras que, en lugar de perder autoridad, ganas credibilidad? ¿Y si te relacionaras con las personas no como funciones a gestionar, sino como seres humanos complejos con sus propias narrativas, miedos e historias?
La verdad es que no pierdes autoridad cuando admites que no sabes. Pierdes autoridad cuando finges saber y luego queda en evidencia que no sabías. No pierdes respeto cuando reconoces un error. Pierdes respeto cuando insistes en el error por orgullo. No pierdes influencia cuando muestras vulnerabilidad estratégica. Pierdes influencia cuando intentas parecer invulnerable y terminas pareciendo desconectado.
La realidad que creaste —esa versión donde necesitas tener siempre razón, estar siempre preparado, siempre en control— te sirvió hasta aquí. Te protegió. Te trajo hasta donde estás. Y por eso le tienes gratitud. Sin embargo, si quieres ir más allá, si quieres ocupar espacios de influencia real, si quieres ser buscado no solo por tu competencia técnica, sino por tu sabiduría, por tu capacidad de navegar complejidad, por tu madurez emocional… entonces necesitas estar dispuesto a desmontar la armadura. Necesitas estar dispuesto a ver el mundo no a través de los filtros del miedo, sino a través de la claridad del presente. Necesitas estar dispuesto a habitar la incertidumbre sin intentar resolverla de inmediato. Necesitas estar dispuesto a ser visto, con todas tus dudas e imperfecciones, y confiar en que eso no te disminuye: te humaniza.
Y tal vez, solo tal vez, descubras que la persona que siempre temiste ser —vulnerable, falible, en aprendizaje constante— es exactamente la persona que la alta dirección estaba esperando encontrar.
La pregunta que queda no tiene respuesta fácil: ¿estás dispuesto a soltar la versión de ti que te trajo hasta aquí para convertirte en la versión que te llevará adonde realmente quieres llegar? ¿Estás dispuesto a ver la realidad tal como es, y no como tus miedos insisten en que debería ser?
Esa no es una decisión que tomas una sola vez. Es una elección que haces todos los días. En cada reunión donde puedes fingir saber o admitir incertidumbre. En cada momento donde puedes defender tu ego o buscar la mejor solución. En cada situación donde puedes reaccionar al pasado o responder al presente. La realidad que habitarás mañana depende de las elecciones que hagas hoy. Y esas elecciones, por pequeñas que parezcan, construyen o desmontan la prisión en la que vives.
El mundo no necesita más profesionales técnicamente impecables que performan seguridad. El mundo necesita líderes lo suficientemente valientes para habitar la incertidumbre con inteligencia, para admitir límites sin perder autoridad, para aprender en público, para relacionarse con autenticidad. Y esos líderes no nacen listos. Se hacen a través del coraje diario de desmontar, pedazo a pedazo, la armadura que un día los protegió… pero que ahora solo los aprisiona.
#ElYoQueTeSalvó #NarrativasInternas #LiderazgoAuténtico #PresenciaEjecut IVA #VulnerabilidadEstratégica #TransformaciónPersonal #AutoconocimientoProfundo #InteligenciaRelacional #DesarrolloHumano #ConcienciaOrganizacional #MarcelloDeSouza #MarcelloDeSouzaOficial #CoachingEVoce #ArmaduraInvisible #MalaFeEjecutiva #EpistemologíaDeLaIncertidumbre #LiderazgoFenomenológico #DesaprenderParaLiderar #NeurocienciaDeLaInfalibilidad #ParadojaDeLaCompetencia
#marcellodesouza #marcellodesouzaoficial #coachingevoce
Corre ahora mismo al blog marcellodesouza.com.br — hay cientos de textos con esta misma intensidad esperando a quienes ya no aguantan más contenido superficial disfrazado de profundidad. Mereces leer lo que realmente mueve la estructura del comportamiento humano.
THE SELF THAT SAVED YOU NOW WANTS TO KILL YOU
Você pode gostar
Vacío Emocional y las Relaciones Humanas
4 de fevereiro de 2024
Bailando al Borde del Abismo: Lecciones de Vida y Muerte para el Crecimiento Personal
1 de março de 2024