MIS REFLEXIONES Y ARTÍCULOS EN ESPAÑOL

NO HABLAS, TE CONVIERTES

“Descubre cómo el lenguaje moldea invisiblemente nuestras relaciones, identidades y realidades colectivas a través de un análisis profundo e inédito.”

Existe un pacto silencioso que celebramos todos los días, miles de veces, sin jamás firmarlo conscientemente. Cada frase pronunciada, cada expresión elegida, cada palabra dicha en voz alta o murmurada mentalmente funciona como un voto depositado en una urna invisible que determina no solo quiénes somos, sino quiénes nos permitimos ser. El lenguaje no es una herramienta neutral que usamos para describir la realidad —es la propia tela con la que cosimos la realidad en la que habitamos.
Pero hay algo más perturbador en esta dinámica, algo que rara vez notamos porque estamos demasiado inmersos para verlo: hablamos palabras que nunca elegimos. Heredamos sintaxis. Repetimos construcciones que llevan incorporadas visiones del mundo, como virus semánticos que se replican de boca en boca, de generación en generación. Cuando decimos “perdí el enfoque”, no solo estamos describiendo un estado —estamos interpretando una narrativa de fracaso, de algo que nos pertenecía y se escapó, de una sustancia preciosa que se evaporó por nuestra incompetencia. La metáfora de la pérdida ya viene con intereses morales incorporados.
Fíjate: nadie dice “mi enfoque se redistribuyó”. Nadie anuncia “mi atención migró a otros territorios”. Decimos “perdí”, y en ese verbo diminuto habita un universo de culpabilización. La lengua que hablamos nos habla de vuelta, y generalmente lo que dice es: fallaste. La gramática cotidiana está saturada de trampas emocionales que activamos sin darnos cuenta, como minas terrestres lingüísticas plantadas en un suelo aparentemente neutro.
Y lo más fascinante: estas trampas no operan solas. Funcionan porque vivimos en ecosistemas relacionales donde los significados se negocian colectivamente, donde cada palabra pronunciada resuena en campos intersubjetivos complejos. Cuando alguien pregunta “¿cómo estás?” y respondemos “corriendo de un lado a otro”, no solo estamos informando sobre nuestra agenda. Estamos señalando pertenencia a una comunidad moral que valora la productividad frenética, estamos reforzando un guion cultural que equipara ocupación con importancia, estamos solicitando reconocimiento por nuestro sacrificio implícito.
La respuesta “corriendo de un lado a otro” es, en realidad, una súplica disfrazada de validación social. Es como si dijéramos: “mira qué relevante soy, mira cuántas demandas recaen sobre mí, mira cuánto se me necesita”. Y quien escucha entiende el código perfectamente, porque todos hemos sido alfabetizados en este idioma no oficial del capitalismo emocional, donde estar ocupado es estar vivo, donde detenerse es fracasar, donde descansar suena a rendición.
Pero aquí está lo que nadie cuenta: este lenguaje no solo refleja nuestro estado —lo construye activamente. Cada vez que vocalizamos “estoy ocupado”, reforzamos una identidad específica, consolidamos una autoimagen, esculpimos en el mármol de la repetición una versión de nosotros mismos que comienza a sentirse verdadera simplemente porque se ha dicho muchas veces. La identidad es menos un descubrimiento y más una práctica discursiva. Nos convertimos en aquello que insistimos en narrar.
Y si este mecanismo funciona para construir ansiedad, también puede funcionar para deconstruirla. No por optimismo ingenuo o pensamiento mágico, sino por una comprensión sofisticada de cómo el lenguaje estructura la experiencia vivida. Cuando reemplazamos “estoy ocupado” por “estoy en movimiento”, no estamos maquillando la realidad —estamos eligiendo una ontología diferente. Estamos optando por habitar una interpretación donde la agencia prevalece sobre la victimización, donde el ritmo sustituye al caos, donde la intencionalidad desafía la compulsión.
Esta elección importa porque el lenguaje no es individual —siempre es relacional. Cada palabra pronunciada modifica sutilmente el campo social en el que estamos insertos. Cuando decimos “tengo un desafío” en lugar de “tengo un problema”, no solo estamos cambiando nuestra disposición interna —estamos alterando la química relacional del entorno. Estamos invitando a los demás a posicionarse de manera diferente frente a nosotros. Los problemas piden lástima; los desafíos invitan a la colaboración. La sintaxis elegida redistribuye roles sociales.
Y existe un poder oculto en esto que trasciende la autoayuda y entra en el territorio de la arqueología cultural. Porque el lenguaje que usamos lleva capas sedimentadas de historia, ideología y estructuras de poder. Cuando alguien habla de “perder peso”, no solo describe un objetivo estético —recicla una narrativa cultural milenaria que asocia el cuerpo con carga, que trata la materia como error, que transforma la biología en moral. La expresión “perder peso” ya viene contaminada por siglos de dualismo mente-cuerpo, de disciplina como virtud, de autocontrol como superioridad.
Sustituir “perder peso” por “ganar salud” no es cosmético —es insurgente. Es rechazar la gramática de la sustracción y abrazar la sintaxis de la adición. Es desplazar el eje semántico del castigo a la celebración, de la negación a la afirmación, de la guerra contra el cuerpo a la alianza con él. Y este desplazamiento tiene efectos materiales, concretos y medibles en comportamientos, relaciones y bienestar. Porque el cuerpo no es mudo —escucha las historias que contamos sobre él y responde con fidelidad perturbadora.
Pero quizá lo más radical de esta comprensión es darse cuenta de que no existe un “yo” antes del lenguaje. No hay un self auténtico, puro, esperando ser descubierto debajo de las palabras equivocadas. Lo que llamamos “yo” es un efecto lingüístico, una confluencia de narrativas, un punto de encuentro de discursos sociales que nos atraviesan. Somos menos autores de nuestra historia y más efectos de historias que circulan desde hace mucho tiempo.
Y justamente por eso el lenguaje importa tanto. Porque si no existe un self pre-lingüístico, entonces modificar el lenguaje es modificar la identidad. No superficialmente, no cosméticamente, sino estructuralmente. Cada palabra es una microdecisión ontológica. Cada frase es un voto sobre qué tipo de realidad queremos habitar colectivamente.
Hay una responsabilidad ética en esto que va mucho más allá del cuidado individual. Porque las palabras que elegimos no solo afectan nuestro estado interno —moldean el entorno emocional de todos a nuestro alrededor. Cuando un líder organizacional repite “estamos en el ojo del huracán”, no está describiendo turbulencia —la está produciendo. Cuando un padre repite “no prestas atención”, no está observando un rasgo de personalidad —lo está esculpiendo. El lenguaje es performativo: hace que ocurra aquello que nombra.
Y si esto es cierto, entonces cada conversación es un acto de cocreación de la realidad. Cada diálogo es un momento donde mundos posibles compiten por hacerse reales. Cuando dos personas conversan, lo que está en juego no es solo un intercambio de información —es la negociación sobre qué versión de la realidad prevalecerá, qué narrativa se consolidará, qué interpretación ganará estatus de hecho.
Por eso, la atención lingüística no es un capricho —es lucidez política. Es reconocer que siempre estamos inmersos en campos de fuerza semánticos que nos empujan en direcciones específicas, que nos invitan a habitar ciertos roles y rechazar otros, que hacen algunas experiencias decibles y otras mudas. Y que podemos, conscientemente, elegir qué fuerzas amplificar y cuáles resistir.
Esto no significa censurar la espontaneidad o controlar cada palabra. Significa desarrollar una segunda atención, una percepción paralela que note los patrones, identifique repeticiones, capture los momentos en que hablamos en piloto automático cultural. Significa preguntarnos: ¿esta palabra me pertenece o yo pertenezco a ella? ¿Esta frase expresa mi experiencia o la conforma? ¿Este vocabulario me libera o me aprisiona?
Y cuando percibimos que una expresión ya no nos sirve, que una metáfora está desgastada, que un guion cultural está obsoleto, podemos hacer algo extraordinario: podemos inventar un lenguaje nuevo. No por capricho estético, sino por necesidad existencial. Porque hay experiencias contemporáneas para las que aún no tenemos palabras adecuadas, hay estados relacionales emergentes que el vocabulario heredado no captura, hay formas de sufrimiento moderno que la lengua tradicional no nombra.
Inventar lenguaje no es privilegio de poetas —es derecho de quien percibe la distancia entre experiencia vivida y expresión disponible. Es lo que hacemos cuando decimos “me siento emocionalmente drenado” en lugar de solo “cansado” —estamos creando distinciones más finas, cartografiando territorios internos con mayor precisión, dando forma a lo que antes era solo nebulosidad difusa.
Y cuanto más preciso es nuestro lenguaje, más rica es nuestra experiencia. Porque el lenguaje no solo expresa experiencia —la posibilita. Cuantas más palabras tenemos para nombrar matices emocionales, más matices podemos sentir. Cuanto más vocabulario tenemos para describir la calidad de las relaciones, más cualidades relacionales podemos cultivar. El lenguaje expandido expande el mundo.
Quizá por eso las tradiciones contemplativas siempre han dado tanta importancia al silencio —no porque las palabras sean malas, sino porque necesitamos pausas para notar los efectos que producen. El silencio no es ausencia de lenguaje; es digestión de lenguaje. Es el intervalo necesario para percibir qué palabras nos habitan, qué narrativas nos poseen, qué guiones automáticos ejecutamos sin autorización consciente.
Y cuando volvemos del silencio al habla, volvemos diferentes. Volvemos con mayor capacidad de elegir, de notar, de intervenir en aquello que antes parecía natural e inevitable. Volvemos sabiendo que el lenguaje no es un espejo pasivo de la realidad, sino un instrumento activo de su construcción. Y que, por lo tanto, cada palabra importa.
Importa porque modifica al que habla. Importa porque transforma al que escucha. Importa porque reconfigura el espacio entre las personas, ese territorio invisible pero absolutamente real donde se decide qué es posible sentir, pensar y hacer juntos. Importa porque el lenguaje es la sustancia con la que se hacen los mundos compartidos.
Así que, la próxima vez que alguien pregunte cómo estás, haz una pausa imperceptible. Observa qué respuesta quiere salir automáticamente. Percibe si esa respuesta expresa verdad o hábito, si revela presencia o reproduce un patrón. Y entonces, conscientemente, elige las palabras que mejor construyan la realidad que deseas habitar.
Porque al final, estamos hechos de lenguaje tanto como de carne. Y cada frase es una oportunidad de reinventarnos.

#marcellodesouza #marcellodesouzaoficial #coachingevoce

¿Disfrutaste este contenido? Accede a mi blog y explora cientos de publicaciones sobre desarrollo cognitivo-conductual, relaciones humanas conscientes y transformación organizacional. Allí encontrarás análisis profundos, perspectivas inéditas y herramientas prácticas para tu evolución personal y profesional. Visítalo ahora y amplía tu visión sobre lo que significa ser verdaderamente humano en el siglo XXI.