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¿QUIÉN DECIDE MIENTRAS TÚ IMAGINAS QUE ESTÁS DECIDIENDO?

Existe una mentira cómoda que sostenemos cada día, una ficción tan bien construida que casi nunca la cuestionamos: la idea de que hay alguien al mando. Un piloto. Un yo cohesivo, deliberado, que analiza, pondera y decide. Imaginamos a ese “yo” sentado en una cabina de control, evaluando opciones, pesando consecuencias, eligiendo racionalmente el próximo movimiento. Es una narrativa reconfortante. También es una ilusión magistral.
Lo que realmente ocurre es infinitamente más complejo y profundamente perturbador: somos una confederación de procesos que rara vez se comunican entre sí, una orquestación de fuerzas invisibles que operan en capas profundas mucho antes de que aparezca cualquier destello de conciencia. Y lo que llamamos “decisión” es, la mayoría de las veces una justificación elegante para algo que ya fue resuelto en territorios a los que no tenemos acceso. El piloto no está al mando. Nunca lo estuvo. Es solo el portavoz de un consejo que jamás lo consultó.
Este descubrimiento no es filosófico: es estructural. La neurociencia revela algo que desestabiliza nuestra autoimagen: los sentimientos actúan como arquitectos primarios de nuestras elecciones, moldeando lo que percibimos, filtrando lo que consideramos relevante, dirigiendo la atención antes siquiera de que la razón despierte al juego. No son interferencias emocionales que estorban un proceso racional puro. Son la propia fundación sobre la que la razón construye sus castillos de lógica. Y aquí reside el escándalo silencioso: creemos que pensamos, cuando en realidad sentimos primero, y después inventamos razones para justificar lo que ya fue decidido en las sombras.
Esto explica por qué insistimos en relaciones que sabemos tóxicas, por qué repetimos patrones que juramos abandonar, por qué elegimos caminos que nuestra propia análisis desaconseja. No es debilidad. No es falta de inteligencia. Es la arquitectura. Los sentimientos ya han formateado la decisión antes de que la cognición tuviera oportunidad de participar. Y cuando la razón finalmente despierta, lo único que puede hacer es crear una narrativa coherente que disimule que llegó tarde a la reunión.
Lo llamamos ceguera cognitiva, pero el término es impreciso. No se trata de un fallo del sistema: es el diseño intencillo. Los sentimientos no son ruidos que enturbian la claridad; son filtros que determinan qué puede o no ver la claridad. Ellos deciden qué información merece atención, qué recuerdos serán evocados, qué posibilidades se considerarán viables. La razón opera dentro de un campo ya delimitado, creyéndose libre mientras camina por senderos trazados mucho antes de su llegada.
Y hay una razón evolutiva para ello. Los sentimientos son rápidos. Son antiguas estrategias de supervivencia que no necesitan deliberación para actuar. Mientras la razón aún está procesando variables, el sistema emocional ya ha categorizado la situación, activado respuestas fisiológicas, preparado el cuerpo para huir, luchar, congelarse o acercarse. En contextos de amenaza inmediata, esa velocidad salvó innumerables vidas. Pero en contextos complejos, relacionales, organizacionales, esa misma velocidad se convierte en trampa. Respondemos a amenazas que no existen. Huimos de riesgos imaginarios. Nos aferramos a seguridades ilusorias. Todo ello antes de que la razón tenga tiempo de preguntar si la respuesta tiene sentido.
El problema se agrava porque no percibimos la operación. Los sentimientos trabajan en silencio, sin anuncio ni fanfarria. No hay un aviso que diga: «Atención: tu percepción está siendo moldeada ahora por miedo, deseo, nostalgia o rabia». Lo que sentimos emerge como realidad, no como interpretación, sino como hecho. Y ahí radica el peligro de la ilusión de mando: creemos estar viendo las cosas tal como son, cuando en realidad las vemos tal como nuestros sentimientos las pintaron. Y defendemos esas percepciones con uñas y dientes, convencidos de que son producto de análisis racional, cuando en verdad son producto de una química invisible.
La ficción del piloto se sostiene porque la necesitamos. Vivir sin la ilusión de control es incómodo, casi insoportable. Admitir que no comandamos nuestros pensamientos, que no elegimos nuestras reacciones, que no gobernamos nuestras decisiones con la soberanía que imaginamos desestabiliza la identidad misma. Preferimos creer que somos los autores conscientes de cada movimiento, aunque toda evidencia indique lo contrario. Preferimos la narrativa de cohesión a la verdad de la fragmentación.
Pero esa fantasía tiene un costo. Cuando insistimos en creer que lo controlamos todo, sufrimos dos veces: primero por la experiencia en sí, luego por la culpa de no haberla evitado. Nos hacemos responsables de pensamientos intrusivos, reacciones automáticas, impulsos que llegan sin invitación. Creamos una expectativa imposible de autorregulación total y, cuando fallamos (porque fallar es inevitable), lo interpretamos como debilidad personal, falta de disciplina, insuficiencia moral. La ilusión de mando genera culpa. Y la culpa refuerza la ilusión en un ciclo sin resolución.
Organizaciones enteras operan bajo esta misma ficción. Esperan que los colaboradores tomen decisiones puramente racionales, como si los sentimientos pudieran apagarse en la puerta de entrada. Construyen culturas que premian la “objetividad” sin darse cuenta de que la objetividad suele ser solo la máscara que oculta qué sentimientos fueron autorizados a operar. Miedo al castigo. Deseo de aprobación. Ansiedad de exclusión. Todos esos sentimientos moldean decisiones corporativas cada día, pero como son invisibles, como operan en capas que no nombramos, fingimos que no existen. Y así se construyen estrategias sobre emociones no reconocidas y, cuando fracasan, culpamos al análisis, nunca a la arquitectura emocional que lo sostenía.
Las relaciones colapsan bajo el peso de esta misma ilusión. Esperamos que el otro controle lo incontrolable. Exigimos coherencia donde solo hay orquestación de fuerzas desconectadas. Nos ofendemos cuando la pareja reacciona de forma que consideramos “irracional”, sin notar que la racionalidad que exigimos es tan ficticia como la que fingimos tener. Y cuando la relación termina, construimos relatos de culpa —hacia el otro, hacia nosotros, hacia las circunstancias— sin cuestionar jamás si la propia expectativa de mando estaba condenada al fracaso desde el principio.
La pregunta perturbadora es: ¿qué pasa cuando dejamos de fingir? ¿Cuando abandonamos la fantasía de que hay un piloto al mando? ¿Cuando aceptamos que somos, en realidad una confluencia de procesos que emergen, colisionan y negocian sin un director central que orqueste la sinfonía? La respuesta inmediata es: caos. La sensación de que todo se derrumbará, de que sin la ilusión de control no hay estructura posible. Pero eso es solo la primera capa: el miedo hablando.
La verdad más profunda es que aceptar la ausencia del piloto no es rendición — es lucidez. Es reconocer que nunca hubo control absoluto y que intentar sostenerlo consume energía que podría destinarse a algo mucho más útil: observar, comprender y trabajar con la arquitectura que realmente existe en lugar de luchar contra ella en nombre de una ficción.
Cuando reconocemos que los sentimientos operan antes que la razón, no los combatimos: aprendemos a mapearlos. Empezamos a percibir las señales antes de que se conviertan en decisiones irreversibles. Notamos cuándo el miedo está moldeando la percepción, cuándo el deseo distorsiona el análisis, cuándo la rabia dirige la respuesta. Y con esa percepción ganamos algo que el piloto ficticio nunca tuvo: margen de maniobra. No control total, pero espacio para elegir distinto. No soberanía absoluta, sino la posibilidad de no ser completamente dominado por fuerzas que operan en la oscuridad.
Esto lo cambia todo. En las organizaciones significa dejar de fingir que las decisiones son puramente técnicas y empezar a reconocer las capas emocionales que las sostienen. Significa crear espacios donde los sentimientos puedan ser nombrados, donde la vulnerabilidad no sea debilidad, donde admitir “no sé por qué reaccioné así” sea el comienzo de una investigación honesta y no el final de una carrera. Significa construir culturas que trabajen con la arquitectura humana real, no con la versión idealizada que nunca existió.
En las relaciones significa abandonar la exigencia imposible de coherencia y aceptar que el otro —igual que tú— está habitado por múltiples fuerzas. Significa aprender a dialogar con esas fuerzas en lugar de exigir que una sola voz prevalezca. Significa construir intimidad no en la certeza de que el otro se comportará de forma predecible, sino en la confianza de que ambos pueden navegar juntos la imprevisibilidad que los constituye.
Y en el plano individual significa algo aún más radical: dejar de culparse por no ser el piloto perfecto que nunca pudo ser. Significa reconocer que pensamientos intrusivos, reacciones automáticas, impulsos incómodos —todo eso forma parte de la arquitectura, no fallo moral. Significa desarrollar compasión por uno mismo no porque seas débil, sino porque eres humano. Y los humanos no tienen pilotos. Tienen procesos. Tienen sentimientos operando en capas invisibles. Tienen una razón que siempre llega un poco tarde intentando dar sentido a lo que ya fue decidido.
La libertad no está en dominar por completo esos procesos. Está en reconocerlos, aprender a bailar con ellos, dejar de luchar contra la propia naturaleza en nombre de una ficción de control. El piloto nunca existió. Pero tú —esta compleja coalición de fuerzas, esta orquestación imperfecta— siempre estuviste aquí. Y tal vez sea hora de dejar de fingir que eres otra cosa.
Y aquí emerge algo radical: cuando abandonas la ilusión de mando, ganas acceso a algo que nunca fue posible mientras fingías ser el piloto: puedes, por fin, conversar contigo mismo. No en el sentido de un monólogo interno donde una voz domina y la otra obedece, sino un diálogo real, una relación donde el “yo” y el “mí mismo” se conviertan en interlocutores y no en adversarios. Una conversación donde ambos tengan voz, donde nadie necesite ganar, donde la exploración sustituya al control.
Eso exige reaprender algo que olvidamos: cómo establecer una amistad interna. Cómo tratarse a uno mismo no como un mapa a conquistar, sino como una compañía a comprender. Y esa amistad no se construye con respuestas: se construye con preguntas. No preguntas que buscan veredictos definitivos, sino preguntas relacionales que abren espacio en lugar de cerrarlo. Preguntas como: «¿Qué está pidiendo atención ahora?» en vez de «¿Por qué soy así?». Preguntas como: «¿De qué me está intentando proteger esta reacción?» en vez de «¿Por qué no puedo controlarme?». Preguntas que invitan a la exploración, no al juicio.
Porque la mejor versión de ti mismo —esa expresión tan gastada y secuestrada por el discurso de la performance— no emerge del dominio. Emerge de la conversación honesta entre las fuerzas que te habitan. Emerge cuando dejas de exigir coherencia forzada y empiezas a preguntar: «¿Cómo podemos navegar esto juntos?». Emerge cuando el diálogo interno deja de ser un tribunal y se convierte en un consejo donde todas las voces merecen ser oídas, incluso las incómodas, incluso las que preferirías silenciar.
Esa es la vuelta de tuerca que la ilusión de mando nunca permitió: la posibilidad de ser aliado de ti mismo. Porque mientras creas que debes controlar, estarás en guerra interna permanente —vigilando, reprimiendo, corrigiendo, castigando. Pero cuando reconoces que no hay piloto, solo procesos en negociación constante, la guerra puede cesar. Y en su lugar aparece algo inesperado: colaboración. Dejas de luchar contra ti mismo y empiezas a trabajar con la arquitectura que realmente existe.
Esto no es autoindulgencia. No es permisividad disfrazada de autocompasión. Es lucidez estratégica. Es reconocer que la energía gastada en fingir control absoluto es energía desperdiciada. Y que redirigir esa energía hacia construir una relación dialógica interna —donde hagas preguntas relacionales, explores en lugar de condenar y aprendas a cartografiar las fuerzas que operan en ti— es lo que realmente permite transformación. No la transformación forzada que promete una versión “mejorada” mediante disciplina brutal. Sino la transformación orgánica que surge cuando dejas de pelear contigo mismo y empiezas a preguntarte, con genuina curiosidad: «¿Qué está pasando aquí? Qué me está intentando decir esto?».
Porque cuando abandonas la ilusión de mando ocurre algo extraño: no pierdes control. Ganas presencia. Dejas de gastar energía fingiendo gobernar lo ingobernable y comienzas a invertirla en algo mucho más real: habitar la experiencia tal como es. Y en ese movimiento —sin piloto, sin ficción de cohesión total— encuentras por fin algo que la ilusión nunca pudo ofrecer: la posibilidad de ser íntegro en tu propia fragmentación. No porque forzaste unidad, sino porque aprendiste a conversar con la multiplicidad que siempre fuiste.

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