
¿CUÁNTO CREÉS QUE TODAVÍA DEBÉS POR EL CARGO QUE OCUPÁS?
¿Te acordás del día del ascenso?
No del festejo, si es que hubo festejo. Del segundo exacto. Del mensaje que entró en el celular, del director que te extendió la mano en la sala vidriada, del “te lo merecés” dicho con esa sinceridad apurada de quien ya tiene otra reunión en diez minutos. ¿Te acordás de lo que pasó en tu estómago?
Mucha gente describe alegría. Los que son honestos describen otra cosa. Un frío que sube junto con la sonrisa, una cuenta que empieza a correr sola en algún lugar detrás de los ojos: ¿cuánto falta para que se den cuenta?
Escuché esa pregunta, con esas palabras o casi, de ejecutivos que tenían a cargo cientos de personas. De una directora que acababa de cerrar el contrato más grande de la historia de su empresa y se pasó la cena de celebración calculando qué pasaría si el cliente se echaba atrás. De un gerente que, la noche anterior a asumir un área entera, se quedó hasta la madrugada releyendo mails viejos en busca del error que lo iba a desenmascarar. Ninguno era incompetente. Todos se sentían deudores.
Deudor.
*
Hoy a eso le dicen síndrome del impostor en el liderazgo, y el nombre prendió, aunque no sea diagnóstico de nada, y sirve para encontrar el tema en un buscador. Lo que pasa es que el nombre engaña. “Impostor” sugiere a alguien que finge ser lo que no es. La persona que siente esto no está fingiendo nada. Está pagando.
Fijate en la contabilidad interna de quien vive así. El ascenso no llega como pago por algo que se hizo. Llega como préstamo. Un crédito otorgado de buena fe por alguien que, pobre, todavía no revisó bien los números. Y todo préstamo cobra intereses.
Cada elogio en la reunión de resultados no achica la deuda, la agranda. Porque ahora hay una expectativa nueva, más grande, y la distancia entre lo que los demás creen que sos y lo que vos creés que sos se hizo más ancha. El bono de fin de año se convierte en una cuota adelantada de un cobro futuro. La invitación a hablar en el evento de la dirección se convierte en un garante más que se va a decepcionar con vos, delante de todos, con credencial y micrófono.
Cuanto más alto, más caro.
Hay quienes se sorprenden de que la sensación empeore justo con el éxito. A mí me parece coherente. Dentro de esta economía, el éxito es endeudamiento. El que nunca subió no debe nada. El que subió mucho le debe a la empresa entera, a los accionistas, al equipo, a la familia que festejó el domingo, al padre que se lo contó a los vecinos.
El deudor, curiosamente, no le teme a la quiebra. Le teme a la auditoría. Al día en que alguien se siente con las planillas, abra los cajones, cruce los datos y descubra que ese saldo nunca existió. La falla, cuando llega, casi alivia, porque al menos confirma. Lo que tortura es el intervalo, ese tiempo suspendido entre el logro y el descubrimiento, que puede durar una carrera entera sin que el descubrimiento llegue jamás.
Al deudor se lo reconoce por los hábitos, aunque sonría bien. Es el que contesta mails a las once de la noche para que nadie note ningún atraso. El que acepta cada proyecto extra porque decir que no sería admitir un límite. El que no puede delegar, porque delegar significa dejar que alguien vea de cerca cómo se hacen las cosas por dentro. El que, cuando lo elogian en público, lo devuelve al instante: “fue el equipo”. Parece generosidad. Muchas veces es solo una forma de rechazar el crédito antes de que entre en la cuenta y haga crecer un poco más el saldo deudor.
Y está el cansancio. Uno que no viene del trabajo en sí, sino de la vigilancia. Actuar naturalidad mientras se monitorea cada frase, cada reacción del jefe, cada silencio en una videollamada, consume más energía que cualquier planilla.
*
En 2024 escribí sobre un gerente con el que trabajé. Cargaba exactamente este peso, y yo describí, con cierto orgullo, el camino que construimos juntos. Entre otras cosas, armamos un registro minucioso de logros: devoluciones positivas, proyectos entregados, metas cumplidas. Acordamos celebrar las victorias, las grandes y las chicas. La lógica parecía impecable. Si dudaba de su propia capacidad, que mirara las pruebas.
Funcionó. Por un tiempo.
Lo que no escribí en aquel texto, porque todavía no lo había visto, fue lo que pasó meses después. El cuaderno de evidencias se volvió grueso. Muy grueso. Y el miedo no se achicó en la misma proporción. En una de nuestras conversaciones, abrió la planilla en la notebook, scrolleó durante un tiempo que pareció demasiado largo y dijo, casi pidiendo disculpas, que todavía faltaba algo.
Le pregunté para quién estaba armando ese expediente.
Tardó. Después contestó: para mí mismo.
Ahí entendí el error. El mío, no el suyo.
Quien le lleva recibos al acreedor está reconociendo la deuda. Cada comprobante presentado ante un tribunal confirma que ese tribunal tiene derecho a juzgar. Yo había ayudado a ese hombre a defenderse mejor, con más documentos, más testigos, más argumentos. Y, sin darme cuenta, le había dado al juez más trabajo y más poder.
Porque el juez, en este caso, no quiere llegar a una sentencia. Vive del proceso. Si algún día declara inocente al acusado, se queda sin función. Entonces siempre encuentra una prueba que falta, un testigo dudoso, un mérito que pudo haber sido suerte, un elogio que pudo haber sido pura cortesía, una meta que quizás ese año era demasiado fácil. La carpeta nunca está completa porque completarla cerraría el caso, y el caso es lo único que mantiene a ese juez sentado en su silla.
Cuantas más pruebas, más largo el juicio.
*
¿De dónde viene esta deuda?
No siempre de una infancia terrible. A veces ni siquiera fue difícil. Fue apenas contable. Puede haber sido una casa amorosa, incluso, donde el afecto llegaba un poco más cálido los días de buen boletín y donde el silencio en la mesa de la cena se ponía un poco más pesado después de la mala nota. Nada dramático. Nada que alguien llamaría herida. Solo una lección aprendida temprano y muy bien aprendida: pertenecer es crédito. Otorgado. Revocable.
Quien aprende eso no aprende a ser. Aprende a merecer. Y el merecimiento es una moneda rara, que nunca se acumula. Hay que ganarla de nuevo cada mañana, como si el saldo de ayer se hubiera puesto en cero durante la madrugada por algún sistema que nadie controla.
De ahí en adelante, cada lugar nuevo es un banco nuevo. La facultad, la primera pasantía, el primer equipo, el primer puesto de gestión. En cada uno, la persona abre una cuenta pidiendo crédito, lo recibe, y empieza a vivir para justificarlo. Nadie le exigió nunca esa justificación. La ofreció antes de cualquier pregunta, como quien le alcanza el registro al agente de tránsito antes de que lo paren.
Me pregunto cuántas personas, en una reunión de directorio cualquiera, un martes cualquiera, están sentadas ahí pagando una deuda que contrajeron a los nueve años.
*
Y acá te desafío a mirar distinto la forma en que se suele tratar el tema.
La versión de siempre dice que el que se siente impostor está viendo mal. Que distorsiona, que minimiza, que tiene que corregir la lente. Puede ser. ¿Y si, en parte, estuviera viendo mejor que los demás?
Una mesa de reunión con doce personas. Proyección en la pared, gráficos que suben, alguien diciendo “estratégico” por cuarta vez en veinte minutos. Cada una de esas doce personas está, en algún grado, improvisando. Decidiendo con la mitad de la información. Defendiendo números que no domina del todo. Asintiendo a cosas que no entendió para no parecer que no entendió. El cargo es un disfraz. Todo cargo lo es. Cosido con las expectativas de quien te nombró, de quien te obedece, de quien mira desde afuera y, un poquito, hace fuerza para que te caigas.
Quien siente que el disfraz le pica en la piel está percibiendo algo verdadero: hay una distancia entre la persona y el papel. El error no está en esa percepción. Está en la conclusión que viene justo después, la de que los otros once no sienten lo mismo. La de que solo él está disfrazado, y todos los demás nacieron vestidos así.
El impostor quizás sea el único sincero de la sala. El problema es que se cree la actuación de sus colegas.
Vi ese momento suceder en grupo, y es casi hermoso. Alguien, en una charla cerrada entre líderes, confiesa la sensación. Silencio. Después otro dice: yo también. Y otro. Y de repente esa sala que parecía un encuentro de gente segura se revela como una reunión de deudores que pasaron años escondiéndose la billetera unos a otros. No llega a ser consuelo. Es una especie de baño de realidad al revés. El fraude que cada uno temía era colectivo, y justamente por ser colectivo dejaba de ser fraude. Pasaba a ser apenas la condición de quien ocupa una silla demasiado grande para cualquier ser humano.
*
Hay una capa más, y esta incomoda a las empresas.
¿Quién te prometió que te ibas a sentir listo?
Liderar es, en esencia, decidir sin saber lo suficiente. Si supieras lo suficiente, nadie necesitaría un líder; alcanzaría con un procedimiento. La silla de la gestión existe justamente para el momento en que el manual se termina, los datos se contradicen y alguien tiene que elegir igual, con el corazón acelerado y el equipo mirando. Una parte de la sensación de no estar a la altura no es un error de lectura. Es la lectura correcta del tamaño de la tarea, que es más grande que cualquiera que la asuma. El desvío empieza cuando esa percepción se desliza del trabajo a la persona, y “la tarea es demasiado grande” se convierte, sin que nadie note el cambio, en “yo soy demasiado chico”.
¿Qué hace la mayoría de las organizaciones con esa verdad? La esconde. Les exige a sus líderes una actuación permanente de certeza. El “no sé” se castiga con miradas, con pérdida de espacio, con ese comentario en la evaluación anual sobre “presencia ejecutiva”. La duda se vuelve debilidad. Y así la empresa toma una sensación que es señal de lucidez y la convierte en secreto. Los secretos, ya se sabe, cobran los intereses más altos del mercado.
Me animo a decir que muchas empresas fabrican impostores en serie. No por crueldad. Por la vanidad de parecer que saben hacia dónde van.
Y ahí se vuelve difícil separar lo que es inseguridad de alguien de lo que es una lectura precisa del ambiente. En un lugar donde admitir una duda te cuesta un ascenso, esconderla no es una falla de carácter ni fragilidad. Es supervivencia. La persona aprende que mostrar las costuras tiene precio, y empieza a pagar por adelantado, todos los meses, antes de que llegue cualquier factura. Llamar a esto un problema puramente individual es muy cómodo para quien diseñó las reglas del juego.
Y lo más peligroso de esta historia ni siquiera es el líder que se siente deudor. Es el otro. El que nunca sintió nada parecido. El que entra a cada reunión sin el menor frío en el estómago, el que jamás se preguntó si merecía la silla, el que no le debe nada a nadie porque, en su propia contabilidad, todos le deben a él. Ese me da más miedo. Quien no carga ninguna duda difícilmente encuentra un motivo para escuchar a alguien.
*
¿Cuál es la salida, entonces?
Durante mucho tiempo habría respondido con una técnica. Hoy desconfío de las técnicas que intentan pagar esta deuda, por mejor diseñadas que estén. Reescribir pensamientos, juntar pruebas, celebrar logros: todo eso puede traer alivio, y el alivio vale, nadie debería despreciarlo. El problema nunca estuvo en la técnica en sí. Está en la función que pasa a cumplir. Un registro de logros puede servir para ver con más nitidez el propio trabajo, o puede convertirse en un escrito más presentado ante el tribunal. El mismo cuaderno, dos destinos. Cuando la herramienta se usa para conseguir la absolución, sigue operando dentro del mismo banco y sigue aceptando la premisa de que hay un saldo por cancelar.
El giro que vi suceder, en aquel gerente y en otras personas después de él, no vino de pagar más. Vino de una pregunta que suena casi ingenua: ¿quién firmó este contrato?
Parece simple. No lo es. Cuando la persona sale a buscar la firma, no la encuentra. Nadie, en ningún momento, le presentó un documento que dijera que el cargo era un préstamo. Nadie fijó plazo, tasa, garantía, punitorios. El director que la ascendió no estaba otorgando crédito. Estaba constatando algo. El equipo que la sigue no está esperando el default. Está trabajando, preocupado por sus propios plazos, sus propios hijos, sus propias cuentas, y no por las de ella.
Aquel gerente, una tarde de jueves, mirando la misma planilla enorme, dijo algo que nunca olvidé. Dijo que nunca había pedido ese préstamo. Y se rió, medio avergonzado, porque se dio cuenta de que había pasado años pagando cuotas de una deuda que solo figuraba en sus propios libros.
Una deuda sin acreedor es algo extraño. Pesa como cualquier otra. Lo único es que no se puede cobrar.
*
Me encantaría contarte que, después de eso, nunca más sintió el frío en el estómago. No sería verdad.
El cobrador sigue llamando. Casi siempre el domingo a la noche, cuando la semana todavía no empezó y la cabeza queda demasiado libre. Llama antes de una presentación importante. Llama cuando entra al equipo alguien más joven y brillante y todos lo comentan en el café. La voz es la de siempre, educada y firme: tenemos que hablar de aquel saldo.
La diferencia es chica y enorme al mismo tiempo. Ahora sabe que puede dejar sonar el teléfono.
No necesita pelearse con el cobrador, ni mostrar recibos, ni renegociar plazos. No necesita demostrar que es bueno. Puede reconocer la llamada, saber de dónde viene, recordar que esa cuenta la abrió un chico que solo quería seguir sentado a la mesa sin ese silencio, y volver a lo que estaba haciendo. La duda deja de ser veredicto y vuelve a ser lo que siempre pudo haber sido: una herramienta de trabajo. Esa pausa antes de decidir que obliga a escuchar a una persona más, a releer una vez más, a preguntar lo que nadie en la sala se animó a preguntar.
El líder que duda sin deber es, quizás, el más raro de todos. Lleva la lucidez de quien ve el disfraz y la liviandad de quien no tiene que pagar por él.
*
Vuelvo a aquella sala vidriada, al “te lo merecés” dicho al pasar.
¿Y si lo hubieras escuchado de otra manera? No como concesión, ni como apuesta, ni como crédito a honrar. Apenas como la frase de alguien que vio tu trabajo y dijo lo que vio. Sin contrato detrás. Sin letra chica.
¿Cuánto creés que todavía debés por el cargo que ocupás?
¿Y a quién, exactamente?
Mañana temprano, en el hall del edificio, vas a apoyar la credencial en el molinete. Va a sonar, la luz se va a poner verde, el paso se va a abrir. Nadie te va a pedir comprobante.
Nadie te lo pidió nunca.
*
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