
¿SOBRECALIFICADO PARA QUIÉN, EXACTAMENTE?
¿Alguna vez te rechazaron con un elogio?
“Sos demasiado bueno para mí.” Quien escuchó esa frase al final de una relación sabe que no tiene nada de elogio. Es una puerta que se cierra con delicadeza, para que el ruido no despierte a nadie. Quien la dice no te está evaluando. Se está protegiendo de algo que todavía no logró nombrar.
El mercado laboral aprendió la misma frase. Solo cambió el vocabulario. Ahora dice “sobrecalificado para el puesto”. Y del otro lado de la mesa, una mujer de cincuenta y pico, con veinticinco años de carrera, un MBA y unas ganas honestas de empezar de nuevo, vuelve a su casa sin entender cómo todo lo que construyó se convirtió en el motivo por el que no la eligieron.
Quiero sentarme a esa mesa. De los dos lados.
Esta conversación suele contarse con un villano y una víctima, y yo desconfío de las historias así. Consuelan, pero no transforman a nadie. La empresa que descarta al profesional maduro tiene miedos que merecen mirarse de frente. Y el profesional maduro carga, a veces, cosas que él mismo prefiere no ver. Lo que me interesa es lo que pasa cuando los dos dejan de defenderse.
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La pregunta que casi nadie hace en voz alta: ¿a qué le tiene miedo, exactamente, la empresa?
La respuesta oficial es conocida. Miedo a que el sueldo no alcance. Miedo a que la persona se vaya a la primera oportunidad. Miedo a que no se adapte a un puesto por debajo del que ya ocupó. Miedos razonables, contables, que entran en una planilla. Y es justamente porque entran en una planilla que desconfío de ellos.
Hay casos en que las cuentas no cierran, y punto. El sueldo no entra, el puesto se diseñó demasiado chico, la expectativa de autonomía de un lado no encuentra lugar en el otro. Esos desencuentros existen y merecen decirse con claridad. Aun así, hay un miedo anterior, más silencioso, que nunca aparece en la devolución.
El miedo a ser visto.
Quien vivió una década de reuniones sabe reconocer el teatro. Sabe cuándo un proyecto nació muerto y todos fingen que está vivo porque al director le gusta. Sabe cuándo la “nueva estrategia” es la de hace cinco años con otra tipografía en la diapositiva. Sabe cuándo el jefe está inseguro, por más fuerte que hable. Un profesional maduro entra a una sala y, en pocos minutos, ve cosas que tardaron años en volverse invisibles ahí adentro. Ni siquiera tiene que decir nada. Alcanza con la mirada.
Para un líder que todavía no hizo las paces con sus propias fragilidades, eso es insoportable. Contratar a alguien con más experiencia es aceptar un testigo. Y pocos quieren testigos en el lugar donde todavía están aprendiendo a fingir que saben.
Por eso pienso que, con mucha más frecuencia de lo que se admite, “sobrecalificado” deja de ser sobre el candidato. Se vuelve una frase que describe, con precisión involuntaria, el tamaño de la inseguridad de quien contrata. Y entonces el exceso no está en el currículum. Está en la incomodidad del otro lado de la mesa.
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Toda empresa paga una cuota invisible. No figura en el balance, no tiene centro de costos, nadie la aprueba. Es la cuota del olvido.
Funciona así. Un equipo joven, brillante, lleno de energía, propone una solución. Parece nueva porque es nueva para quien la propone. Nadie en la sala estuvo la última vez que alguien intentó algo parecido, ocho años atrás, y se dio la cabeza contra la pared por el mismo motivo. La idea se aprueba. Consume meses, presupuesto, la salud de gente valiosa. Fracasa. Y la lección se va con quien se va, porque nadie registró qué salió mal de verdad, solo que “no funcionó”. Tres años después, otro equipo brillante redescubre la misma idea, con el mismo entusiasmo, y agenda la misma reunión de arranque.
La empresa cursa la misma materia toda la vida y nunca la aprueba.
Lo vi pasar en telecomunicaciones, en retail, en industria, en bancos. Cambia el rubro, el guion se repite. Organizaciones que cambian de gente más rápido de lo que logran cambiar de error. Y lo que llaman renovación muchas veces es solo amnesia con buen marketing.
El profesional maduro no vale por saber más. Eso es poco, y a veces ni siquiera es cierto. Vale porque guarda la memoria de los golpes. Lleva en el cuerpo el recuerdo de cómo un proyecto empieza a salir mal mucho antes de que la planilla lo muestre. Esa sensación difusa, en una reunión de martes, de que algo no cierra. Quien pasó por eso unas cuantas veces aprende a escuchar esa incomodidad como quien escucha un ruido raro en el motor antes de salir a la ruta. Quien nunca pasó cree que es pura quisquillosidad.
Una empresa sin esa escucha anda rápido. Solo que no sabe hacia dónde.
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Y llego al miedo más repetido, el que aparece en cualquier ronda de Recursos Humanos cuando sale el tema: “el problema de los más grandes es que vienen llenos de mañas”.
Esa frase tiene un pedazo de verdad y un pedazo enorme de pereza.
¿Qué es una maña, en el trabajo? Es una respuesta vieja que se sigue dando a una pregunta que ya cambió. Una manera de hacer que, alguna vez, resolvió un problema real y fue tan útil que se volvió automática. El automatismo en sí no es un defecto. Es lo que permite llevar una conversación difícil sin pensar cada palabra, armar una propuesta sin reinventar el formato, leer un contrato y encontrar el error en la tercera página sin poder explicar cómo lo encontraste. La experiencia es, en gran parte, eso: soluciones que se doblaron sobre sí mismas hasta caber en un gesto.
El problema empieza cuando la persona ya no puede desplegar lo que dobló. Cuando se olvida de que esa respuesta, alguna vez, fue una pregunta.
Y eso no tiene edad.
Fijate en el profesional de veinticuatro años que llega a la empresa. También trae mañas. Trae la convicción de que todo problema se resuelve con una herramienta nueva. Trae la impaciencia de quien aprendió a pensar en ciclos de quince segundos. Trae la certeza, nunca puesta a prueba, de que todo lo viejo es lento y todo lo lento es malo. Trae una forma de escribir, de hablarle al cliente, de reaccionar a una crítica, que copió de algún lado sin darse cuenta de que la copió. Sus mañas existen. Todavía no tienen nombre porque son las mañas de moda. Y una maña de moda no parece maña. Parece estar actualizado.
Desafío a las empresas a notar algo: no le tienen miedo a la maña. Le tienen miedo a la maña que desentona con la suya. El hábito que combina con la cultura de la casa se llama “fit”. El hábito que viene de afuera se llama “maña”.
Hay un punto menos cómodo, además. Muchas veces el senior llega rígido porque pasó años en lugares que nunca le pidieron revisar nada. Lugares donde el error se castigaba, la duda se leía como debilidad, y la mejor estrategia de supervivencia era repetir lo que ya había funcionado. La rigidez que la empresa nueva ve en él es la cicatriz de la empresa anterior. No nació en la persona. Se la enseñaron. Y lo que se enseñó puede, en un ambiente que permita equivocarse, desaprenderse.
La pregunta honesta, entonces, no es “¿esta persona tiene mañas?”. Todos tenemos. Es otra: ¿esta persona todavía puede sorprenderse?
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Ahora cruzo la mesa. Y no para hacerle mimos a nadie.
A vos, que tenés cincuenta, cincuenta y cinco, sesenta años y estás de este lado, te dejo una pregunta que quizás incomode.
¿Querés que te contraten por lo que vas a hacer o por lo que ya hiciste?
Hay una diferencia enorme entre llevar tu historia como herramienta y llevarla como trofeo. El trofeo pide reconocimiento. La herramienta pide uso. Vi profesionales extraordinarios perder oportunidades no por la edad, sino porque se pasaron la entrevista entera mostrando el museo de sí mismos. Cada pregunta se volvía una visita guiada al pasado. “En la época en que yo lideraba…”, “cuando implementé…”, “en mis tiempos…”. Y el reclutador, que quizás hasta quería que lo convencieran, se iba con la impresión de haber hablado con alguien que ya terminó.
Nadie contrata a alguien que ya terminó.
Empezar de nuevo duele. El sueldo más bajo duele, y a veces reorganiza a una familia entera, la forma de repartir las cuentas, los planes de los hijos. Hay un dolor menos visible, igual. El de volver a no saber. El de preguntarle a un pibe de la edad de tu hijo cómo funciona el sistema. El de equivocarte delante de gente a la que, en otro contexto, habrías orientado vos. El de que te corrija alguien con menos años en la empresa que los que vos tenés de aportes.
Ese dolor tiene dos destinos posibles. Puede volverse humillación, si cada pregunta la leés como prueba de que perdiste valor. O puede volverse humildad, si entendés que volver a ser aprendiz en una casa nueva es lo más sofisticado que puede hacer alguien con tu historia. La diferencia entre las dos no está en lo que pasa. Está en lo que te contás a vos mismo mientras pasa.
Quien atraviesa eso descubre algo curioso. La experiencia puede acelerar el aprendizaje nuevo de una forma difícil de imitar, siempre que la persona sepa separar lo que trajo en la valija. Algunos patrones siguen valiendo en cualquier lado. Otros solo valían en la casa anterior y, si no se dejan en la puerta, estorban más de lo que ayudan. Cuando esa separación ocurre, un rubro desconocido se abre en meses, porque lo que hay debajo ya resulta familiar. Las personas son personas en cualquier puerto, en cualquier agencia, en cualquier fábrica. El conflicto es conflicto. El miedo es miedo. Cambia la herramienta, cambia el lenguaje, cambian los nombres. El ser humano de abajo sigue siendo el mismo bicho asustado y esperanzado que conocés hace treinta años.
Ese es tu activo. No lo que sabés. Lo que reconocés.
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Y entonces, el encuentro.
Se habla mucho de poner a jóvenes y seniors lado a lado como si fuera un programa de mentoría de ida y vuelta. El más grande enseña lo que sabe, el más joven enseña a usar la aplicación, todos se sacan una foto, la acción se vuelve posteo. Es lindo y casi inútil. Reduce la convivencia entre generaciones a un intercambio de contenido. Y contenido, hoy, cualquiera lo encuentra en treinta segundos.
Lo que veo, cuando el encuentro funciona de verdad, es otra cosa. No es intercambio. Es fricción.
Cada generación carga una ceguera distinta. El joven no sabe lo que es imposible, y por eso lo intenta. El senior sabe lo que era imposible hace diez años, y a veces no se da cuenta de que dejó de serlo. Solo, el joven gasta energía chocando contra paredes que ya estaban mapeadas. Solo, el senior abandona puertas que se abrieron mientras miraba para otro lado. Juntos, pasa algo que ninguno haría por separado: vuelven a poner a prueba lo imposible, ahora con memoria. El entusiasmo de quien nunca se cayó y el mapa de quien se cayó muchas veces, en el mismo proyecto, en la misma mesa, discutiendo.
Es en la discusión donde aparece lo nuevo.
Me acuerdo de una escena doméstica. Una madre y su hijo adolescente armando juntos un mensaje para un pariente con el que la familia se había peleado. El hijo sabía el formato, el tono corto, lo que no había que escribir para que no sonara a ataque. La madre sabía quién era ese pariente, qué necesitaba leer entre líneas, lo que esa familia se había tragado durante veinte años. Ninguno habría escrito solo el mensaje que escribieron juntos. Y funcionó. No porque uno le enseñó al otro. Porque cada uno corrigió, en tiempo real, el punto ciego del otro.
Las empresas viven de mensajes difíciles. La negociación con el proveedor a punto de romper. El líder que tiene que darle una mala noticia al equipo. El cliente que se queja de una cosa y está furioso por otra. Los equipos homogéneos, todos de la misma franja de edad, escriben esos mensajes con la misma letra. Y se equivocan igual, al mismo tiempo, sin nadie que diga “pará, esto se va a leer de otra manera”.
La diversidad de edades no es un punto de la agenda de responsabilidad social. Es una cuestión de visión. Literalmente. Cuántos ángulos puede ver una organización al mismo tiempo.
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Eso exige algo que muy pocas empresas saben ofrecer: un líder capaz de sostener la fricción sin necesidad de ganarla.
Vuelvo al jefe de treinta y dos años que recibe en su equipo a alguien de cincuenta y ocho. Su miedo, dicen, es que el más grande quiera su lugar. Puede ser, en algunos casos. Yo sospecho otra cosa. Muchos profesionales maduros que aceptan un puesto menor no quieren la silla de nadie. Ya se sentaron en varias y saben cuánto pesan. Lo que el jefe joven puede temer, sin confesárselo ni a sí mismo, es la comparación silenciosa que va a ocurrir dentro de él cada vez que su colaborador resuelva en diez minutos algo que a él le llevaría una semana destrabar.
La salida no es contratar a alguien más débil para no sentirse amenazado. Es crecer hasta el tamaño de tu propio equipo.
Un líder capaz de decirle a alguien mayor “viste esto antes que yo, ayudame a entenderlo” no pierde autoridad. Gana la única que importa, la que ningún cargo entrega. Y el senior que escucha esa frase, viniendo de alguien más joven, entiende que está en un lugar donde por fin puede dejar de demostrar y empezar a contribuir.
Dos miedos que, cuando se encuentran de verdad, se desarman.
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¿Y si la pregunta “¿sobrecalificado?” estuviera al revés desde el principio?
¿Y si la empresa que la formula estuviera, sin darse cuenta, confesando que está poco calificada para recibir a alguien así? Poco preparada para convivir con quien ve más lejos, poco segura para que la cuestionen, poco curiosa para descubrir lo que alguien de otra época sabe y ella todavía no aprendió.
La población está envejeciendo. No es opinión, es demografía: menos nacimientos, vidas más largas, gente que trabaja durante más años. Lo más probable es que la pregunta se mude de lugar. Que deje de ser si las empresas deben contratar profesionales seniors y pase a ser cuánto va a costar, cada vez más, prescindir de ellos. Las organizaciones que lo entiendan ahora van a llegar a ese futuro con una cultura donde las generaciones discuten con respeto y aprenden unas de otras sin pedir permiso. Las demás van a llegar con el apuro de siempre, la amnesia de siempre, y una vacante abierta que nadie logra cubrir.
Para vos, que ya viste mucho, la invitación es igual de exigente. Que el currículum hable menos y la curiosidad hable más. Entrar a una casa nueva como quien llega a un país extranjero, respetando el idioma local sin olvidar el propio. Aceptar ser aprendiz sin dejar de ser quien sos.
Ninguno de los dos lados puede hacerlo solo.
Quizás por eso la frase incomoda tanto. En el fondo, nunca dijo “sabés demasiado”. Dijo “todavía no sé qué hacer con lo que sabés”.
Y esa es una frase que solo se responde de a dos.
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Si este texto te movió algo, de cualquier lado de la mesa, seguí la conversación en el blog. Ahí encontrás cientos de publicaciones sobre desarrollo cognitivo conductual humano y organizacional y sobre relaciones humanas sanas y evolutivas: marcellodesouza.com.br
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QUALIFICADO DEMAIS PARA QUEM, EXATAMENTE?
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