MIS REFLEXIONES Y ARTÍCULOS EN ESPAÑOL

¿QUIÉN VOTA CUANDO VOS VOTÁS?

Domingo, después del almuerzo. Los platos todavía en la pileta, alguien cabeceando en el sillón, y el celular pasando de mano en mano hasta frenar en el sofá donde vos y tu cuñado comparten el mismo pedazo de almohadón. Un video de cuarenta segundos. Gente cruzando una frontera de noche, un chico a upa, un patrullero, un hombre de uniforme gritando algo que el audio no deja entender del todo.

Él ve una invasión.

Vos ves desesperación.

O al revés. No pienso decir quién es quién, y te pido que vos tampoco lo decidas todavía. Quedate un momento en esa incomodidad. Estas líneas la necesitan.

Los cuarenta segundos terminan. Los dos se levantan del sofá convencidos de que el otro está tergiversando lo que estaba ahí, en la pantalla, a la vista de cualquiera. Uno le pregunta al otro si no vio al chico. El otro contraataca preguntando si se tomó el trabajo de contar cuántos eran. Nadie mintió. Lo que pasó en ese living es más raro y más grave que una mentira: dos personas, hombro con hombro, presenciaron con honestidad dos hechos distintos. Vieron el mismo video y, aun así, no estuvieron en el mismo lugar.

*

Hace poco, unos investigadores hicieron algo muy parecido a ese domingo, solo que con más rigor y menos almohadones. Metieron a personas de orientaciones políticas opuestas dentro de una de esas máquinas que siguen al cérebro trabajando en tiempo real y les mostraron a todas los mismos videos sobre inmigración. Discursos, notas periodísticas, propaganda. Material hecho a medida para sacar de quicio a cualquiera.

Lo que esperaban era encontrar lo obvio: alguna región más encendida de un lado, alguna estructura más voluminosa del otro, una especie de marca de nacimiento ideológica. Nada de eso apareció. Apareció otra cosa, que me robó el sueño unas cuantas noches. Cuando comparaban cómo subía y bajaba la actividad cerebral de cada persona a lo largo del video, segundo a segundo, los conservadores se parecían muchísimo entre sí. Los progresistas también se parecían muchísimo entre sí. Y los dos grupos se desencontraban justo en una zona que no se ocupa de ver ni de oír. Se ocupa de coser. Es la parte que arma un relato con lo que llega, que decide qué va primero, qué es causa, qué es detalle, quién es el villano y quién merece nuestra lástima.

Los ojos recibían la misma luz. Lo que cambiaba era el narrador.

Podría frenar acá y convertir esto en una prueba más de que el otro bando vino fallado de fábrica. Sería cómodo, y sería falso. Lo que me inquieta del hallazgo no es la diferencia entre los grupos. Es el parecido adentro de cada uno. Cada persona en esa máquina estaba sola, acostada, sin hablar con nadie, creyendo, como creemos todos, que se estaba formando su propia opinión. Y su cerebro subía y bajaba en los mismos instantes que el de desconocidos que pensaban igual, gente que nunca vio y capaz que nunca vea.

Uno cree que piensa solo. Casi nunca piensa solo.

*

Está la tentación de preguntar si esto viene de cuna o de crianza, si es herencia o ambiente. La pregunta es vieja y la respuesta decepciona a quien busca un atajo: es todo, y todo a la vez. Nacemos con un temperamento. Unos más sensibles al peligro, otros más curiosos frente a lo nuevo; unos que se achican cuando golpean la puerta, otros que salen corriendo a ver quién llegó. Eso existe y no es poca cosa. El temperamento es una inclinación, no un destino. Lo que convierte una inclinación en convicción es el uso.

El cerebro no guarda lo que es verdadero. Guarda lo que es transitado.

Un sendero de tierra en medio del campo no nace de ningún plan. Nace de pisadas. Alguien pasó una vez porque era más corto, otro pasó porque vio la marca, y en pocos meses el pasto se rindió y dejó de crecer ahí. Al año nadie se acuerda de que había otros caminos posibles; el sendero parece natural, casi una ley del paisaje, y el que camina por fuera parece perdido. Las conexiones entre nuestras neuronas siguen una lógica parecida. Lo que se recorre todos los días se vuelve ruta asfaltada, rápida, automática, sin esfuerzo. Lo que nunca se recorre vuelve a ser monte cerrado.

¿Cuántas veces, desde que te levantaste hoy, te indignaste con la misma cosa?

El video que el algoritmo te sirvió a las siete de la mañana. El audio en el grupo de la familia a las once. El titular que compartió un compañero en el almuerzo. El comentario que leíste y no contestaste, aunque sí lo contestaste por dentro, enterito, mientras te lavabas los dientes. Cada indignación es un paso más en el sendero. Y el cerebro no distingue ensayo de creencia. La misma bronca ensayada trescientas veces deja de ser reacción y pasa a ser manera de ver. Ya no necesitás pensar para enojarte: el enojo llega listo, antes del pensamiento, y el pensamiento aparece después, de traje y corbata, a firmar al pie de una decisión que ya estaba tomada.

Por eso desconfío tanto de la frase “yo ya tengo mi opinión formada”. ¿Formada por quién? ¿En cuántas clases? ¿Con qué material? ¿En un curso que elegiste vos, o en un programa que alguien armó para vos mientras scrolleabas en el baño?

Lo que repetís vota por vos. Mucho antes de la urna.

*

Hay una capa que casi nunca entra en las discusiones políticas y que, para mí, explica más que cualquier plataforma de gobierno.

Las pérdidas.

Toda posición política es, entre otras cosas, una manera de lidiar con lo que se perdió o con el pánico a perderlo. Hay quien perdió un país que recuerda: la cuadra donde los chicos jugaban hasta que oscurecía, el laburo que le daba al padre un nombre y un lugar en la cabecera de la mesa, la iglesia llena, la sensación de que el mundo tenía reglas que todos conocían y respetaban. Esa persona mira el futuro como quien vigila lo que quedó de la casa después de una tormenta. Y hay quien perdió lo que nunca llegó a tener: el puesto que no salió, el barrio que nunca asfaltaron, el respeto que nadie le dio a la abuela que se pasó la vida limpiando casas ajenas. Esa persona mira el pasado como quien mira una cuenta que sigue impaga.

Las dos están de duelo. Por cosas distintas, en tiempos verbales distintos.

Y el duelo no se discute con estadísticas. Cualquiera que intentó consolar a alguien en un velorio con un argumento sabe de qué hablo. Cuando un gráfico desmiente el miedo de alguien, esa persona no siente que recibió información; siente que le pisaron la tumba. Nuestra mente pesa la amenaza de perder mucho más que la promesa de ganar. El mismo billete, perdido en el camino, duele bastante más de lo que alegra encontrarlo en la vereda. En política, esa asimetría se vuelve combustible. El que le habla a tu miedo de perder habla más fuerte que el que le habla a tu esperanza de ganar, sea cual sea el bando, sea cual sea el año.

Hay más. Cuando atacan una idea que sostiene lo que somos, el cuerpo no sabe que se trata de una idea. Reacciona como reaccionaría ante un perro bravo en el portón: el corazón se acelera, la respiración se acorta, la mirada se angosta. En la próxima discusión política del grupo de la familia, fijate en tus manos. No estás debatiendo. Te estás defendiendo. Y nadie razona bien con la espalda contra la pared.

Está también lo que hacemos con aquello que no soportamos de nosotros mismos. Lo que me niego a reconocer en mi casa lo encuentro con una facilidad pasmosa en la casa del vecino. La incoherencia que no veo en mi candidato me salta a la vista en el candidato ajeno, nítida, innegable, casi luminosa. El adversario se vuelve una pantalla donde vuelco el pedazo de mí que prefiero no mirar. Y como la pantalla está afuera, la puedo odiar sin ninguna culpa.

Y está la familia, siempre la familia. Para mucha gente, cambiar de posición política pesa como irse de casa. No de la casa de ladrillo; de la otra, la que vive en el sótano de la memoria. El padre que votaba de una manera, la madre que rezaba por ciertas causas, el tío que era la voz de la razón en Navidad. Votar distinto que ellos puede sonar, allá abajo, donde casi nunca bajamos, a traición. Muchísimos votos son cartas de lealtad dirigidas a alguien que ya no está vivo para leerlas.

*

Acá es donde la conversación suele descarrilar, en Brasil y en más lugares de los que nos gustaría admitir. Fijate en tu propio país.

Un conservador no es un extremista. Un liberal no es un extremista. Un progresista no es un extremista.

Escrito así, parece obvio. Y aun así, países enteros desaprendieron esa distinción en los últimos años. Empezamos a llamar ultraderecha a cualquiera que sea de derecha, con una naturalidad que debería asustarnos, y, en la vereda de enfrente, a llamar ultraizquierda a cualquiera que sea de izquierda, con el mismo apuro y la misma pereza. El que quiere preservar lo que funciona pasó a ser sospechoso de autoritario. El que quiere cambiar lo que no funciona pasó a ser sospechoso de querer demolerlo todo. El que defiende la libertad de emprender pasó a ser un insensible; el que defiende la protección social pasó a ser un vivo que quiere vivir del Estado.

Conservar es un verbo hermoso. Cualquiera que haya cuidado una casa vieja sabe que no toda refacción mejora, y que tirar abajo una pared sin saber si sostiene el techo es imprudencia, no coraje. Progresar también es un verbo hermoso. Cualquiera que haya abierto la ventana de un cuarto cerrado hace años sabe que hay cosas que solo mejoran cuando entra aire. Una sociedad sana necesita de quien guarda y de quien abre. Necesita, sobre todo, la tensión entre los dos, igual que un puente depende de fuerzas que tiran para lados opuestos para seguir en pie. Un puente donde todas las fuerzas tiran para el mismo lado no es un puente. Es un derrumbe esperando fecha.

El extremismo no es un punto más allá sobre la misma línea. Es otra cosa. Empieza en el instante exacto en que el otro deja de ser alguien con quien no estoy de acuerdo y pasa a ser una amenaza que tiene que desaparecer. Eso puede brotar en cualquier punto del espectro. Y cuando confundimos al conservador con el extremista, o al progresista con el extremista, les hacemos un favor enorme a los extremistas de verdad: los escondemos a todos en medio de la multitud. Si todo el que piensa distinto es un monstruo, ya no necesito escuchar a nadie. Y, peor, dejo de darme cuenta cuando un monstruo aparece de verdad.

*

Lo que nadie dice es que estudiar más no lo resuelve.

Ojalá lo resolviera. Sería tanto más simple: alcanzaría con informar a la gente y la polarización política se disolvería como azúcar en el café. Pasa que las personas más informadas suelen ser también las más atrincheradas. Cuanto más repertorio junta alguien, más habilidad gana para defender lo que ya creía antes de juntar nada. La inteligencia, cuando trabaja para la pertenencia, se vuelve abogada, no jueza. No busca la verdad. Busca municiones.

Conozco ingenieros brillantes, médicos respetados, ejecutivos que conducen reuniones tensas con una frialdad admirable, y que, frente a una cadena de WhatsApp que confirma lo que sienten, la reenvían en segundos sin chequear nada. No por brutos. Por sed. La información que confirma a nuestro bando no llega como dato; llega como alivio. Y nadie chequea de dónde viene un alivio.

Podés ser el mayor especialista del mundo en una sola línea de pensamiento y seguir hueco como ser humano. Saber muchísimo de una sola cosa no siempre agranda el mundo; a veces lo achica hasta que entra por una rendija. El que domina un único lente empieza a ver todo a través de él y confunde eso con claridad. No es claridad. Es un túnel, por más iluminado que esté.

Desconfío de quien nunca cambió de idea sobre nada importante. Y desconfío igual de quien cambia con cualquier viento. Entre la rigidez y la flojera hay un lugar más difícil de habitar, y no tiene nada que ver con nadar entre dos aguas. Entre dos aguas nada el que se niega a elegir. Ese otro lugar es de quien elige sabiendo lo que cuesta la elección, reconociendo lo que pierde al elegir y lo que el otro bando ve mejor que él. Un camino del medio en el sentido más exigente posible: no el promedio tibio entre dos extremos, sino la capacidad de sostener dos verdades en las manos, sin soltar ninguna, mientras decidís.

Pide más músculo que cualquier fanatismo. El fanático se arregla con un solo brazo.

*

Hay otra ilusión, capaz que la más terca de todas: la de que el voto es un acto individual.

El cuarto oscuro es individual. La mano que mete el sobre es individual. El voto nunca lo fue.

Se fue armando en la mesa del domingo, en el grupo de WhatsApp, en el sermón de la misa, en la sala de profesores, en el bar después del picadito, en el miedo que tu vieja le tenía a los robos, en el orgullo que tu abuelo sentía por su primer trabajo en blanco, en el amigo que lo perdió todo, en la vecina a la que le fue mejor. Cada conversación dejó un sedimento, una capa finita sobre la anterior. Uno llega solo a la urna cargando una multitud en la espalda.

Y el voto tampoco termina en quien votó. Cae sobre el hospital donde un desconocido va a ser atendido a la madrugada, sobre la escuela del hijo de alguien que nunca vas a conocer, sobre la empresa que va a abrir o cerrar el puesto, sobre la ciudad que va a recibir o a expulsar a alguien. El individualismo es la fantasía de que decido solo y de que las consecuencias también se quedan conmigo. Ninguna de las dos mitades se sostiene.

Capaz que la gran confusión de nuestro tiempo sea creer que la realidad está terminada ahí afuera, esperando que la miren, y que el problema es solo de quien la ve mal. La vida no nos llega como es. Nos llega como la construimos. Cada uno arma, con los ladrillos de su propia historia, de sus propias pérdidas y de sus propias repeticiones, un mundo entero, y después se muda adentro como si fuera la única dirección posible. Tu cuñado del sofá no vive en un país distinto del tuyo por testarudo. Vive ahí porque levantó otro, ladrillo por ladrillo, durante décadas, con las mismas herramientas que usaste vos para levantar el tuyo.

Los hechos existen. El chico a upa existía. La gente cruzando la frontera existía. Lo que cambia es el orden en que se cosen los hechos, el peso que recibe cada uno, la pregunta que se le hace responder a cada uno. Y si la realidad que habitamos es construida, admite reconstrucción. Esa es la parte esperanzadora. Es también la parte que da trabajo, porque nadie refacciona su propia casa sin levantar polvo y sin descubrir, en plena obra, que una pared que juraba que era maestra era nada más que de adorno.

*

A quién votar, no lo digo. No tengo ese derecho, ni esas ganas. Las preguntas que más me incomodan, eso sí, no entran en ninguna boleta.

¿Qué tendría que ver para cambiar de idea? Si la respuesta honesta es “nada”, entonces lo que tengo no es una opinión. Es pertenencia. Y la pertenencia es legítima, humana, hasta conmovedora, siempre que la llamemos por su nombre.

¿Puedo explicar la postura del otro bando tan bien que alguien de ese lado la firmaría? No la caricatura que circula en mi grupo, sino su versión más inteligente, más generosa, más sólida. Si no puedo, no estoy en desacuerdo con esa postura. Estoy en desacuerdo con un muñeco que cosí yo mismo.

¿Qué pérdida está votando por mí? ¿Qué miedo? ¿Qué lealtad vieja?

¿Cuál fue la última noticia que me dio bronca de verdad, y quién ganó con esa bronca?

Cuando el otro empieza a hablar, ¿qué pasa en mi cuerpo antes de cualquier pensamiento?

Ninguna tiene respuesta rápida. Por suerte.

*

De vuelta a aquel sofá de domingo.

El video termina. La pantalla del celular se apaga sola, y por un momento nadie dice nada. Tu cuñado ya amaga con levantarse a buscar un café; vos ya estás puliendo la respuesta que le vas a dar cuando vuelva, esa frase perfecta que por fin le va a hacer ver.

Solo que, en ese segundo antes de que alguien se mueva, el vidrio negro del celular se vuelve espejo. Y en él aparecen las dos caras, una al lado de la otra, compartiendo el mismo rectángulo oscuro, en el mismo living, bajo el mismo techo, con los mismos platos esperando en la pileta.

Nadie miró.

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